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Economía

Los bancos centrales logran volver a meter la inflación en el tubo de la pasta de dientes

La inflación es uno de los fenómenos más peligrosos para una economía. Entrar en una espiral inflacionista es un riesgo que todo el mundo quiere evitar, ya que tiene muy difícil solución, y suele desembocar en periodos de crisis o recesión por las medidas que los políticos monetarios y los gobiernos se ven obligados a implementar para volver a meter en cintura al repunte de los precios. Existe una frase célebre del banquero central alemán, Karl Otto Pöhl, para ilustrar la amenaza que supone la inflación: “Es como la pasta de dientes: es muy fácil sacarla del tubo, pero casi imposible volver a meterla dentro”.

Después de la crisis del Covid-19 la inflación repuntó hasta niveles muy preocupantes, pero, casi un año después de que el avance de los precios tocase techo, los grandes bancos centrales del planeta, la Reserva Federal estadounidense, y el Banco Central Europeo, parecen haber conseguido lo que parecía imposible: devolver la inflación al tubo de dentífrico y lograrlo, además, sin hacer descarrilar la economía. Si bien es cierto que el IPC todavía sube a un ritmo más rápido de lo que pretenden los bancos centrales (buscan una inflación estable en el entorno del 2% interanual), también lo es que se ha conseguido moderar desde los máximos, que superaban el doble dígito en verano de 2022, hasta el entorno actual del 3,5% en Estados Unidos, y del 2,4% en la zona euro.

Los señores del dinero, tanto en Estados Unidos como en Europa, han logrado este hito con un movimiento arriesgado: la subida de tipos más rápida que se ha visto en la historia del BCE, y la más rápida en más de 4 décadas para la Fed estadounidense. Estos movimientos, además, se han visto acompañados por una rápida reducción del balance de activos por parte de los dos bancos centrales, otro movimiento que contribuye a endurecer las condiciones financieras para rebajar la inflación, pero que, en Europa, se ha conseguido hacer sin que se disparen las primas de riesgo de las economías más vulnerables. El BCE ya ha recortado su balance en 2,2 billones de euros, y la Fed en 1,7 billones de dólares, un 25% y 18,3% por debajo de los máximos históricos que se tocaron el 24 de junio de 2022 en Europa, y el 13 de abril de ese mismo año en Estados Unidos.

Hasta la fecha, la Fed y el BCE pueden sacar pecho por haber conseguido lo más difícil: frenar el impulso inflacionista inicial, evitando forzar a la economía a caer en una recesión, un delicado equilibrio que se ha conseguido tras la pandemia. No hay que olvidar que el repunte inicial de los precios se generó en la reapertura de las economías mundiales, justo cuando se dejaron atrás de las políticas de confinamiento. Los cuellos de botella que se sufrieron entonces debido a la demanda embolsada, y a la incapacidad de las cadenas de suministro de atender a esa demanda, fueron el motor inicial que generó las presiones inflacionistas, combinados con el aumento del consumo que se generó por los estímulos monetarios y fiscales que se inyectaron durante la pandemia.

Aunque hay economistas que apuntan a las políticas monetarias acomodaticias como el ingrediente fundamental que generó el pico de inflación en 2022, otros, como Robert Engle, premio Nobel de economía en 2003, consideran que se trató de un fenómeno más relacionado con la oferta: “Creo que la inflación se ha producido por una oferta deficiente. La ruptura de las cadenas de suministro, Estados Unidos tratando de no comprar demasiados bienes de China como lo hacía en el pasado y, en general, reducciones de la oferta”, explica el economista estadounidense.

Una vez esta situación se ha normalizado, las subidas de tipos y los recortes de balance de los bancos centrales, que han drenado liquidez del sistema, han conseguido estabilizar la situación.

La tendencia de caída en el crecimiento de la inflación es positiva y todo parece estar bien encaminado, pero la realidad es que los mercados todavía tienen un ojo puesto en el IPC como el gran peligro en este momento. La última encuesta a gestores de fondos que elabora todos los meses Bank of America lo confirma, ya que los gestores encuestados siguen destacando la “alta inflación” como el mayor peligro que amenaza a la economía. La agencia Bloomberg también ha recogido unos resultados similares en su última encuesta a clientes, quienes sitúan, igual que los gestores, a la inflación como su principal preocupación.

El pasado mes de abril fue un buen ejemplo de que los inversores todavía no deben dar por ganada la pelea contra el monstruo inflacionista, y es uno de los motivos que han llevado a los mercados a no bajar la guardia frente a un nuevo repunte de los precios. El dato de IPC que se publicó ese mes en Estados Unidos hizo saltar todas las alarmas, al volver a crecer por encima de las expectativas, llegando al 3,5% interanual en marzo, tres décimas por encima de los niveles del mes anterior.

Aunque la inflación se ha conseguido moderar desde los niveles disparados que se llegaron a tocar, muchos analistas avisan de que los bancos centrales todavía tienen un reto complicado por delante, ya que el último esfuerzo contra la inflación es el más difícil de conseguir. Nomura deja una advertencia, dentro de su optimismo, que comparten con no tan buenas perspectivas otros expertos, lo que obligará a los bancos centrales a seguir alerta para eliminar cualquier riesgo de ver una resurrección de la inflación.

Jamie Dimon, CEO de JP Morgan, es una de las voces que continúa advirtiendo del peligro de ver nuevos repuntes de los precios. “Todavía hay muchas presiones inflacionistas por delante”, ha señalado esta semana en una entrevista a la agencia Bloomberg, e insiste en que “la inflación subyacente puede no desaparecer tan rápido como la gente espera”. Para él, son especialmente preocupantes los costes que tendrá financiar la transición a la economía verde, además del proceso de militarización que se está produciendo en el mundo, que forzará a Estados Unidos a invertir más en su seguiridad. Además, hay otros factores que le llevan a poner en duda el éxito tan temprano de la Fed, como el gasto en infraestructuras que el país va a tener que acometer, o el impacto de las disputas comerciales entre Estados Unidos y China, que pueden terminar en la imposición de nuevos aranceles que aumenten los precios.

En este último caso, Julius Baer coincide, al señalar cómo “el impacto a largo plazo es temporalmente negativo, y añadirá inflación, además de limitar la competencia y la innovación”, indican.

Lo que está claro, es que los banqueros centrales no querrán cantar victoria hasta haber conseguido introducir toda la inflación en el tubo de dentífrico, a pesar de que ya estén muy cerca de conseguirlo. De hecho, con la prudencia que les caracteriza, esta semana, Loretta Mester, John Williams y Thomas Barkin, miembros del Comité Federal del Mercado Abierto de la Fed, han lanzado públicamente distintas advertencias en la misma dirección: existe la posibilidad de que se tarde más de lo previsto en alcanzar el 2%. Eso sí, a largo plazo, no dudan que lo lograrán.

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