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Opinión

Renuncie, señora Boluarte, por Jaime Chincha

“Somos testigos de una presidenta que gobierna en bien de la familia y no del país. Casi dos millones de peruanos ha sido víctima de algún delito en lo que lleva la era Boluarte”.

La noche del viernes último, la presidenta Boluarte —junto con un petit comité ministerial— festejó la liberación de su hermano Nicanor. El cogollo palaciego ya anticipaba, descolgando especulaciones en las horas previas al veredicto judicial, que el hermano y el abogado ganarían la apelación, según testigos del ala izquierda de Palacio. Era el colofón de un largo trajín gubernamental que ha logrado, por ahora, una pírrica victoria: sacar de la sombra a los auténticos waykis.

Los hechos advierten un denodado trabajo emprendido por la señora presidenta, utilizando las herramientas que el poder aún le otorga —las del Estado peruano que usted y yo nos bancamos—, para dinamitar todo riesgo carcelario sobre Nicanor y Mateo. La jueza Sonia Torre Muñoz desbarató casi toda la tesis de la fiscal Marita Barreto y del juez Richard Concepción Carhuancho.

Cabe preguntarse cómo así la presidenta ya sabía anticipadamente lo que resolvería Torre, quien tiene una hoja de vida ribeteada de juntas que permiten sospechar razonablemente. En 2015, esta señora magistrada revocó la detención preliminar de Robinson Gonzales, exvocal supremo investigado por el caso Orellana, pese a que fue su compañero de trabajo. En su momento, Torre también levantó las prisiones preventivas de Keiko Fujimori y Félix Moreno, además de estar asociada a ‘Los Cuellos Blancos del Puerto’. Era previsible entonces un fallo favorable a ‘Los Waykis’.

La presidenta Dina Boluarte no solo se ha dedicado a gobernar los retoques en su rostro. En las últimas semanas, su prioridad se ha convertido en despachar en bien de su hermano y su defensor legal. En efecto, Mateo Castañeda trató de doblar al coronel Harvey Colchado en una cebichería, mientras la presidenta quiso hacer lo mismo con Franco Moreno en Palacio de Gobierno. Obstrucciones a la justicia abundan si, además, constatamos la desactivación del equipo policial anticorrupción a cargo de la señora Marita Barreto.

Uno de sus operadores funcionales fue el exministro Walter Ortiz. Informantes certeros coinciden en que Ortiz se cansó de aplacar ciertos destemples presidenciales plasmados en la sanción a Colchado, por citar otra obstrucción desde el poder. Los mismos confidentes refrendan a una jefa de Estado abocada a salvar a la familia, antes que ocuparse de la delincuencia irremediable y de la pobreza galopante.

De hecho, el pasado 8 de mayo, en medio de los líos que se le venían a Nicanor, la presidenta le pidió al jefe del INEI no publicar las cifras de pobreza. “Esas son malas noticias”, comentan testigos presenciales que fue la expresión de una irritada Dina Boluarte. El señor Peter Abad no sabía si suspender o posponer el reporte que ya estaba comprometido en lanzar dos días después. Malas noticias quizá eran las que ella quiso evitar para su hermano mayor, pero el extravío presidencial pudo más. El país parece írsele como arena entre sus dedos. Es así que la mañana del sábado 11 de mayo, con Nicanor y Mateo presos, quiso atarantar el allanamiento a las oficinas del estudio Castañeda sin éxito alguno. Una torpeza, o una evidencia más, que queda en los legajos de las diligencias preliminares que lleva adelante el fiscal de la Nación, Juan Carlos Villena. Y todo apunta a que Villena acusará constitucionalmente a la señora Boluarte.

Somos testigos de una presidenta que gobierna en bien de la familia y no del país. Hay casi dos millones de peruanos que no pueden cubrir el mínimo para comer. Casi un tercio del país ha sido víctima de algún delito en lo que lleva la era Boluarte. Su gobierno no solo es incapaz y sin horizonte. Lo suyo se ha convertido en salvar el pellejo, a costa del erario y de una institucionalidad en cuidados intensivos, ante una denuncia fiscal demoledora que se le viene próximamente. Ante estos hechos, que constituyen un crítico teaser que alterará aún más nuestro día a día, es la clase política y no la calle quien debe tomar las riendas del futuro inmediato.

Somos una patria colmada de momentos al límite. Lleva razón el politólogo Alberto Vergara cuando sostiene que podríamos estar peor que en 1990. Por más ceros que dilapidaron por entonces nuestros bolsillos, y por más muertes que nos dejó el terrorismo maldito, el Perú tuvo en esos años objetivos coincidentes y definitivos: acabar con esos dos males. Hoy todo es una anomia porque ni siquiera hemos procesado ese enorme panteón nacional que dejó la pandemia. Pero la calle no es la salida porque allá afuera solo están Antauro y el vandalismo. La ausencia de líderes es lo más desolador que enfrentamos en todo lo que va de la república.

Paradójicamente, hay 30 partidos inscritos al día de hoy. Quiere decir que una treintena de agrupaciones políticas se disputan el liderazgo de este país sin ley. Una solución cargada de realismo es la renuncia de la señora Boluarte. Si esos 30 partidos están pensando en el país, lo que les toca es entregarnos una salida. Porque esos 30 partidos pretenden gobernar. Pero un país así no llega al 2026 con una presidenta con tantos problemas y probables delitos.

Den la talla, partidos, y ofrézcannos una solución. Miéntannos al menos y no parezcan eso que dicen de ustedes, partidos; que son solo vientres de alquiler, mercados persa a costa de una tajada estatal para farrear. Siéntense, carajo, y escriban una hoja de ruta. Con la renuncia de Boluarte, el acuñismo tendría el poder desde la Mesa Directiva. Pero, en ese escenario, Alejandro Soto Reyes debe dimitir. Y buscar, entre los 130 congresistas, un Paniagua, un Suárez, un líder. Un presidente o una presidenta de transición convocaría a elecciones y esos 30 partidos se la juegan. Con ello, tendríamos elecciones en abril del 2025. Esos 30 partidos ya inscritos deben establecer alianzas, convergencias, coaliciones que no sean más de cuatro bloques políticos. La lección del nefasto Castillo, con la atomización partidaria, debe haberse aprendido. Demuestren que lo suyo es la política y no la prebenda, partidos.

No queda mucho tiempo. Con Dina Boluarte en el Gobierno, Antauro sigue acumulando razones para derrumbarlo todo y refundar estas tierras como si de una chacra se tratase. El Acuerdo Nacional, hoy lleno de telarañas y planillas vegetativas, debe convocar a los partidos y a los gremios. Salgamos de este marasmo. El reloj avanza y no sabe de letanías. Tic, tac.

Fuente: La República

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