Los partidos de derecha y conservadores en el Parlamento peruano parecen ser democráticos solo cuando los resultados electorales les favorecen o cuando la correlación de fuerzas les es cómoda. Sin embargo, cuando el escenario les resulta adverso, patean el tablero y se niegan a aceptar los resultados.
Esto es lo que ocurre con la elección del nuevo presidente encargado de la República, José María Balcázar, una figura que proviene —o estuvo vinculada— a un partido al que estos sectores califican despectivamente como de “izquierda radical”. Ese solo hecho basta para que desconozcan el resultado y, desde ya, anuncien su intención de vacarlo en el menor plazo posible.
Lo más preocupante es que este rechazo viene acompañado de un racismo y clasismo desbocados, tan evidentes que ni siquiera intentan disimularlos. No se cuestionan ideas o decisiones políticas concretas, sino el origen social, político y simbólico de la persona elegida.
La democracia, sin embargo, produce resultados que a veces gustan y otras no. Aceptar eso es parte esencial del juego democrático. A veces se gana y otras se pierde; lo importante es saber gobernar cuando se tiene mayoría y saber ser oposición cuando no.
Ser oposición no significa sabotear, sino fiscalizar, aportar, criticar con argumentos y proponer alternativas. Ese es el rol que hoy muchos sectores se niegan a asumir.
En ese contexto, resulta llamativo que Avanza País critique a Rafael López Aliaga por la elección de José María Balcázar, cuando el problema de fondo no es una persona específica, sino una cultura política que solo reconoce la democracia cuando le conviene.
