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Salud

Mentir (mucho) puede afectar a tu autoestima

Difundir falsedades provoca un aumento de la ansiedad, en especial cuando se perpetra de manera sistemática y con intenciones egoístas

RODRIGO SANTODOMINGO

En 2020, tres investigadoras de la Universidad de Twente (Países Bajos) se preguntaron cómo afecta mentir a nuestra autoestima para arrojar luz sobre una cuestión repleta de interrogantes. ¿Impacta la falsedad deliberada sobre esas valoraciones que todos hacemos de nosotros mismos? ¿Provoca que nos sintamos peores personas? ¿Nos deja indiferentes? “Nos pareció interesante y paradójico que, siendo un comportamiento que la mayoría juzgamos como inmoral, se dé con tanta frecuencia”, relata Marielle Stell, coautora de una serie de cuatro estudios publicada el pasado diciembre por la Sociedad Psicológica Británica con el nombre de Los costes de mentir.

La investigación vincula deshonestidad y autopercepción en una variedad de contextos, diseccionando mentiras piadosas y malignas, graves e insignificantes, actuales y pretéritas. Sus participantes recordaron episodios típicos donde suele aflorar el engaño, como en una entrevista de trabajo, un amigo que nos pide opinión sobre su nuevo corte de pelo. Trajeron a su memoria situaciones personales con alto peso emotivo en las que fueron confrontados al dilema de decir o no la verdad. Los 200 individuos de la muestra también registraron por escrito las mentiras comunicadas durante su día a día.

Tras toda esta amalgama de escenarios, los datos se revelaron concluyentes: mentir conlleva, en promedio, caídas significativas de la autoestima, medida según el famoso test —aún de uso común— ideado en la década de 1960 por el sociólogo estadounidense Morris Rosenberg.

El hallazgo de Los costes de mentir va en consonancia con otros descubrimientos similares. “Existe una evidencia bastante sólida de que la mentira está asociada a una peor salud mental”, apunta Christian Hart, coautor de Grandes mentirosos (Big liars, editado por la Asociación Psicológica Americana, sin versión en castellano) y director del Laboratorio del Engaño Humano de la Universidad de la Mujer de Texas (EE UU).

Tras años entrevistando a miles de individuos, Hart y sus colaboradores han concluido que esquivar la verdad redunda, sobre todo, en un aumento de la ansiedad. En especial cuando la falsedad se ejerce de manera sistemática y con intenciones egoístas. “Vivir así obliga a hacer cálculos constantes, cubriendo la mentira inicial con otras posteriores, evaluando qué sabe o no la otra persona. Esto supone una enorme carga cognitiva que dispara nuestros niveles de estrés”, explica Hart.

La mentira como estilo de vida

Un metaanálisis dado a conocer en 2015 por investigadoras de las universidades de Harvard y Berkeley (ambas en EE UU) sintetizó los efectos de la mentira sobre nuestro cuerpo. Esta produce claros incrementos del ritmo cardíaco y en la liberación de cortisol (la llamada hormona del estrés), según el estudio. En sentido opuesto, la honestidad tiende a generar niveles más elevados de oxitocina, una hormona vinculada a sensaciones de bienestar y relajación.

“Mucha gente me escribe desesperada confesando que sus mentiras le están destrozando la vida”
Christian Hart, director del Laboratorio del Engaño Humano de la Universidad de la Mujer de Texas

En otro estudio de 2012 liderado por Anita Kelly, de la Universidad de Notre Dame (EE UU), se pidió a un grupo de personas que no mintieran durante 10 semanas. La prohibición se tradujo, para muchos, en no exagerar logros cotidianos o no poner falsas excusas ante pequeñas faltas, como llegar tarde a una cita. En comparación con el grupo de control, que no recibió instrucciones, los no mentirosos reportaron al final del experimento significativamente menos tensión, melancolía y otras emociones negativas.

Para Christian Miller, director del Proyecto Honestidad en la Universidad Wake Forest (EE UU) y autor de obras en las que aborda las repercusiones psicológicas de la mentira (y de otros actos deshonestos como robar o hacer trampas), solo cabe detectar un daño notable en las personas que maltratan la verdad de forma habitual. “Son aproximadamente el 5% de la población”, afirma. Para el mentiroso patológico, explica Miller, “está permanentemente en juego su reputación, la confianza que otras personas depositan en él, el miedo a que le pillen. Esto puede desencadenar y perpetuar graves cuadros de ansiedad”. Como una madeja de embustes in crescendo que, a la larga, convierte a la verdad en una amenaza constante.

Se puede dar también, a tenor de una investigación publicada en 2017 en la revista Nature, el fenómeno inverso: la reducción paulatina del estrés asociado a la mentira. En el estudio, realizado por investigadores de la University College London, se observó un descenso en la actividad de la amígdala —la parte del cerebro que envía información sobre el miedo a nuestro sistema nervioso— a medida que aumentaba el número y alcance de falsedades pronunciadas por los participantes. Stell advierte sobre las limitaciones de las investigaciones que, como esta, se llevan a cabo en laboratorio, bajo control, recreando de forma ficticia situaciones reales. “La gente puede tomárselo como un juego y reaccionar de forma muy distinta a como lo harían en su vida normal”, subraya.

En cualquier caso, Hart sí ve una lógica tras lo que denomina “habituación a la mentira”. Y traza una analogía con las terapias de exposición, utilizadas para que el paciente con trastornos de ansiedad o fóbicos afronte sus temores. “Si alguien tiene miedo a las alturas y se expone a ellas, al principio su corazón se acelera, suda… Pero, poco a poco, la sensación de peligro disminuye”, afirma. Algo parecido ocurre, en su opinión, con algunos mentirosos reincidentes: “El miedo a que le descubran y al daño reputacional que esto podría acarrearle se atenúa cuando el sujeto va comprobando que se está saliendo con la suya”.

Miedo al abandono

Otra fuente de inquietud para el deshonesto se sitúa en los intrincados dominios de la culpa. “Es de esperar una condena moral del propio comportamiento”, estima Miller. Hart, por su parte, no está tan seguro. “A muchísima gente, quizá a la mayoría, se le da genial justificar sus mentiras. Retuercen sus actos deshonestos para que queden, ante sí mismos, como buenas personas”, sostiene. Este investigador ejemplifica dicha dinámica con el caso de un hombre infiel al que trató hace tiempo. “Tenía un montón de razonamientos para defenderse: la verdad haría daño a mi mujer, no merece la pena, la otra relación no es importante… Me vino a decir que mentía a su esposa por su propio bien”.

Más allá de supuestas mentiras piadosas que aplacan la culpa, hay individuos ante los que no valen consideraciones morales al uso. Aquellos con rasgos psicopáticos son, de alguna forma, inmunes al perjuicio emocional de la mentira. No padecen angustia o vergüenza a causa de su deshonestidad. Hart anima a no confundir al mentiroso patológico con el psicópata que miente habitualmente. “El primero conserva la capacidad de empatía y remordimiento, aunque en distinto grado”. Busca, continúa Hart, “atención inventando sucesos heroicos en los que ha participado o afirmando que es amigo de algún famoso”. Pero puede, a diferencia del psicópata, sufrir sobremanera por la inmensa farsa que ha ido construyendo a su alrededor. “Mucha gente me escribe desesperada confesando que sus mentiras le están destrozando la vida”, dice Hart.

Según el psicoterapeuta Ángel Rull, mentira y culpa pueden, en ocasiones, retroalimentarse. Rull menciona a pacientes suyos con “heridas emocionales por episodios de abandono que, en su momento, activaron en ellos la culpa”. Esto les ha hecho ser más propensos “a mentir con el objetivo de no ser de nuevo abandonados”. Lo cual reactiva, precisamente, “la culpa que sintieron tras el abandono”. Como un círculo vicioso en el que un teórico mecanismo de autoprotección no hace sino empeorar las cosas dando, así, más vigor aún al carrusel de la mentira y el malestar.

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