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José Jerí: Despacho Presidencial gastó en diciembre S/270 mil en alimentos, la cifra más alta del 2025

La enfermedad del poder: cuando el cargo reemplaza a la conciencia

Las personas, cuando acceden a una cuota mínima de poder, suelen transformarse. No siempre de manera abrupta, pero sí progresiva. Primero pierden el sentido de la prudencia; luego, el respeto por la población; finalmente, rompen el vínculo moral con la opinión pública.

El poder —cuando no está contenido por formación ética sólida y control institucional real— se convierte en una enfermedad. Una que se expresa en símbolos, hábitos y excesos: vehículos oficiales como extensión del ego, celulares de alta gama, viajes innecesarios, consumo gastronómico desmedido, joyas, ropa costosa, escoltas, fanfarria y una desconexión creciente con la realidad cotidiana de la gente.

Lamentablemente, esta patología del poder abunda en nuestra realidad política, especialmente en autoridades con escasa formación ética, débil vocación de servicio y una comprensión patrimonial del Estado.

El caso José Jerí: poder, despensa y desconexión

El caso del presidente interino José Jerí es ilustrativo. De acuerdo con información oficial de transparencia del OSCE y del SEACE, el Despacho Presidencial gastó en diciembre de 2025 S/270 mil en alimentos, la cifra más alta de todo el año.

Esto equivale a más de S/8.700 diarios en comida, superando incluso los registros de la gestión de Dina Boluarte. El incremento no fue marginal: desde octubre, cuando Jerí asumió funciones, el gasto mostró una tendencia ascendente sostenida, con aumentos de hasta 60% en solo dos meses.

Mientras en Palacio de Gobierno se expandía la despensa, las Ollas Comunes recibían apenas S/2 diarios por comensal, monto insuficiente incluso para garantizar alimentación digna durante todo el mes. El contraste no es solo presupuestal: es moral.

El poder que olvida para quién gobierna

No se trata únicamente de números. Se trata del mensaje político que se transmite:
el Estado como espacio de confort para la élite gobernante, mientras la precariedad se administra con discursos de austeridad para los de abajo.

Este comportamiento revela algo más profundo: el poder deja de ser una función y pasa a ser un privilegio. El cargo ya no obliga a la contención, sino que habilita el exceso. La autoridad deja de verse como representante y empieza a verse como beneficiaria.

¿Dónde están los controles?

Por eso resulta urgente discutir mecanismos de control más severos y estructurales. No basta la transparencia ex post, cuando el daño ya está hecho. Se requieren reglas claras, simples y éticamente contundentes:

  • El consumo personal de las autoridades debe ser asumido con cargo a su propio peculio.

  • El Estado no puede financiar estilos de vida.

  • El cargo público no debe ser una plataforma de disfrute, sino un sacrificio temporal al servicio de la comunidad.

Gobernar no es comer mejor, viajar más ni vivir rodeado de privilegios. Gobernar es renunciar.

Recuperar el sentido del servicio público

Una democracia se degrada no solo cuando se capturan las instituciones, sino cuando se normaliza el abuso cotidiano del poder. Cuando el exceso ya no escandaliza. Cuando la distancia entre gobernantes y gobernados se vuelve obscena.

Si no se corrige esta cultura política —donde el poder se disfruta en vez de ejercerse con responsabilidad—, ninguna reforma institucional será suficiente. Porque el problema no está solo en las normas, sino en quiénes las aplican y con qué ética.

Y sin ética, el poder siempre termina sirviéndose a sí mismo.

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