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Cultura

Imperio Incaico y Romano: Dos visiones de poder, territorio y humanidad

La historia nos ha legado dos gigantes cuyas huellas, aunque separadas por océanos y siglos, revelan las ambiciones y contradicciones de todo imperio: los incas, señores de los Andes, y Roma, dueña del Mediterráneo. Más allá de sus conquistas, lo fascinante es descubrir cómo sus estrategias de dominio —geográficas, económicas y culturales— reflejaron dos formas radicalmente distintas de entender el mundo y a sus habitantes.

Geografía: La tierra como aliada y desafío

El Imperio Incaico nació en un paisaje hostil. Entre picos nevados y valles estrechos, los incas no solo sobrevivieron, sino que crearon un sistema capaz de unir costa, sierra y selva bajo un mismo gobierno. Cusco, su ombligo cósmico, fue emplazada lejos del mar, pero conectada por caminos que trepaban montañas como serpientes de piedra. En contraste, Roma creció en un territorio privilegiado: la península itálica, con su posición central en el Mediterráneo, le permitió dominar rutas comerciales y absorber culturas. Mientras los incas domesticaban las laderas con andenes, los romanos cortaban montañas para trazar calzadas rectas, imponiendo su geometría sobre la naturaleza.

Economía: ¿Redistribución o explotación?

Aquí surge la primera gran divergencia. Para los incas, la tierra no era propiedad individual, sino un bien común administrado por el Estado. Cada año, las parcelas se redistribuían, y el excedente de los graneros imperiales alimentaba a quienes no podían trabajar. Era un sistema que, pese a su rigidez, buscaba evitar hambrunas (Hardoy, 1978). Roma, en cambio, construyó su riqueza sobre la privatización: latifundios trabajados por esclavos, minas agotadas hasta la última pepita de oro, y provincias saqueadas para mantener el lujo de la urbe. El mito de la “pax romana” escondía una máquina extractiva implacable.

Ciudades y caminos: El arte de controlar

Ambos imperios entendieron que las rutas eran venas por donde corría el poder. El Qhapaq Ñan incaico —40,000 km de senderos— no solo transportaba ejércitos, sino también quipus con mensajes y hojas de coca para los chasquis. Sus ciudades, como Machu Picchu, se fundían con el paisaje, como si las montañas las hubieran parido. Roma, obsesionada con el orden, impuso su plano de cardo y decumanus desde Britania hasta Siria. Sus foros eran escenarios de poder: allí, entre templos y basílicas, se decidía el destino de millones. Pero mientras los incas integraban lo urbano y lo rural, Roma levantó murallas que separaban la “civilización” del “bárbaro” exterior.

Conquista: Asimilación o imposición

La manera en que ambos trataron a los pueblos conquistados delata sus prioridades. Los incas ofrecían beneficios: caminos, almacenes, protección a cambio de lealtad. Aunque su dominio era férreo, permitían que las comunidades conservaran idiomas y dioses locales, siempre que aceptaran al Sapa Inca como sombra del Sol (Schneier, 2005). Roma, en cambio, practicó un colonialismo cultural: el latín, sus dioses —a menudo copiados de otros— y hasta su arquitectura se impusieron como símbolos de superioridad. Como escribió el historiador Fletcher: “Primero conquistaban la tierra por las armas; luego, las almas por las letras”.

Legado: ¿Qué nos dicen hoy?

Roma ha sido glorificada como cuna de la civilización occidental, mientras los incas suelen reducirse a un pie de página exótico. Pero hay ironías profundas en esto: el Imperio Romano cayó fragmentado en reinos rivales, mientras el Tahuantinsuyo, pese a su colapso, dejó una herencia viva en la cultura andina. Los sistemas de riego incaicos siguen usándose; el quechua resiste como lengua; las comunidades aún practican el ayni, esa reciprocidad que desafía el individualismo moderno.

Reflexión final
Comparar estos imperios no es un mero ejercicio académico. Es recordar que el poder puede ejercerse de dos modos: como un puño que extrae hasta no dejar nada, o como una mano que —aun autoritaria— construye para perdurar. Los incas, con su economía redistributiva y su respeto pragmático por la diversidad, quizá nos ofrecen una lección inadvertida: que incluso los imperios más verticales pueden dejar semillas de solidaridad. Roma, por su parte, nos advierte sobre el costo de la hybris: cuando el expansionismo se vuelve fin en sí mismo, el colapso es solo cuestión de tiempo.

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