Política

¿Hipocresía o táctica? López Aliaga critica a un gobierno que él mismo respalda

Ahora resulta que Rafael López Aliaga se levanta como “crítico del Gobierno”, señalando que el Congreso debería poner “a alguien decente” como presidente de la República. ¿De verdad? ¿Un político que forma parte de la coalición que hoy tiene secuestrado el país puede erguirse como paladín de la decencia? La respuesta, claramente, es no.

López Aliaga, líder de Renovación Popular, hizo estas declaraciones en medio de la controversia por las reuniones no registradas de Jerí con un empresario chino, y pidió que el Parlamento coloque en la presidencia a “alguien decente” que dé prioridad a la seguridad ciudadana.

Pero la política no es improvisación ni moral de feria:
¿No han sido ellos mismos parte de la mayoría legislativa que instaló este gobierno de transición? ¿No han respaldado —aunque por cálculo— a quienes copan todas las instituciones del Estado para controlarlas y someterlas? Esa es la misma coalición que toleró o fomentó la vacancia de gobiernos legítimos y permitió el ascenso de Jerí al poder, sin consulta popular ni mandato claro, salvo las negociaciones internas de poder.

López Aliaga incluso ha impulsado la recolección de firmas para una moción de censura contra Jerí, tratando de capitalizar políticamente la crisis de credibilidad del presidente. Incluso ha propuesto nombres como María del Carmen Alva para reemplazarlo, destacando su experiencia parlamentaria y perfil “limpio”.


La gran paradoja de la oposición “decente”

Lo verdaderamente paradójico es que este discurso moralizador viene de un actor político que:

  • No estuvo en la boleta presidencial ni obtuvo mandato popular para dirigir el país;

  • Forma parte del mismo bloque de poder que hoy administra las instituciones centrales del Estado;

  • Ha convertido cualquier crítica a Jerí en una oportunidad de reforzar su propia candidatura presidencial de 2026.

La propuesta de López Aliaga no pasa de ser una estrategia de repositionamiento político, más que una defensa genuina de la institucionalidad democrática. Es fácil hablar de “decencia” cuando se apunta a un presidente cuestionado por reuniones extralegales, pero ¿dónde queda la coherencia cuando se comparte bancada con quienes toleran o promueven la captura institucional?

Peor aún: parte de su discurso se basa en la idea de que un Gobierno “decente” debe estar en la calle, en la olla común, en la seguridad ciudadana. Eso suena bien como eslogan, pero no sustituye un plan de Estado ni políticas públicas reales.

La crítica de López Aliaga a Jerí no es un llamado ético — es una maniobra política calculada.
Un político no puede erigirse como guardián de la decencia cuando él mismo navega en el mismo sistema de alianzas que facilitó la crisis institucional que ahora denuncia.

Si realmente hubiera convicción democrática, la oposición no apuntaría a un presidente para reemplazarlo con otro elegido a puerta cerrada.
La verdadera decencia estaría en devolver la voz al pueblo, no en acomodar figuras de poder en Palacio con una foto distinta.

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