Cuando en muchas conversaciones se habla del potencial de la Inteligencia Artificial (IA) para transformar el mundo y, por ejemplo, acabar con el empleo tal y como se lo conoce, siempre aparece alguna voz escéptica que señala que el techo de esta ‘revolución’ será material. Con sus matices, no mienten. El desarrollo de la IA, con las velocidades que está cogiendo, requiere una financiación y un acceso prácticamente ilimitado a recursos naturales no tan fáciles de obtener. El mejor ejemplo está en los famosos centros de datos, el ‘cuerpo físico’ que permite existir a la IA. Las necesidades de estas grandes instalaciones son tales, que solo cuantificarlas respecto a otras medidas permite hacerse una idea de lo ‘hambriento’ que está este gigante cabalgado por pesos pesados como Alphabet (Google), AmazonMetaOracle Microsoft.

Las comparativas con el ingente uso de energía y recursos como el agua que requiere toda esta infraestructura han sido frecuentes en los recurrentes informes de los analistas. Buscando aportar ejemplos aún más ilustrativos, los estrategas de inversión de Bank of America (BofA) se han puesto manos a la obra y han elaborado un completo informe cuya síntesis causa impacto: al ritmo actual de desarrollo, en menos de cinco años, los centros de datos consumirán más electricidad que Japón al año, todo el agua que se consume anualmente en Nueva York y representarán hasta el 6% de la demanda mundial de metales críticos.

«El número de centros de datos se ha disparado, con más de 11.200 en todo el mundo en la actualidad, mientras que se prevé que la capacidad se duplique hasta alcanzar los 200 GW en 2030. Por otra parte, la capacidad dedicada específicamente a la IA se ha triplicado en tan solo 18 meses. Se trata de una crisis de recursos propia de una era de transición, que atraerá siete billones de dólares en inversiones para 2030, consumirá más electricidad que Japón al año, consumirá todo el agua que se consume anualmente en Nueva York y representará hasta el 6% de la demanda mundial de metales críticos», presentan en el informe los estrategas Menka Bajaj y Haim Israel.

La interminable ‘barrita’ de energía

Entrando al detalle con la colosal demanda de energía, otra comparativa interesante y más minuciosa sirve de referencia: una sola consulta a ChatGPT consume tanta energía como una bombilla LED encendida durante una hora y media, señala Benoit Harge, gestor de carteras de materias primas de J. Safra Sarasin Sustainable AM en una nota para clientes.

Los números más recientes son ya de por sí reveladores: el consumo eléctrico de los centros de datos aumentó un 17% en 2025, lo que elevó el consumo anual a casi 500 teravatios-hora (TWh) -más del 1,5% de la demanda mundial-, mientras que los centros de datos dedicados a la inteligencia artificial crecieron aún más rápido, con un aumento del 50%. «Para 2030, los centros de datos podrían superar el 3% del consumo eléctrico mundial, lo que supondrá una carga cada vez mayor para las redes, ya que la demanda de energía de las GPU aumenta alrededor de un 30% al año y la electricidad representa hasta el 40% de los costes operativos en las instalaciones avanzadas», detallan Bajaj e Israel echando mano de las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que prevé que el consumo se duplique hasta alcanzar unos 950 TWh en menos de cinco años. Según las previsiones recogidas por J. Safra Sarasin, este porcentaje podría alcanzar el 4% en 2035.

La AIE prevé que los centros de datos representen más del 20% del crecimiento de la demanda eléctrica en las economías avanzadas para 2030. En EEUU, el Departamento de Energía y el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estiman que el consumo de los centros de datos podría aumentar de unos 176 TWh en 2023 a entre 325 y 580 TWh en 2028, lo que equivale a entre el 7% y el 12% de la demanda eléctrica total del país. En Europa, basándose en los nuevos anuncios de 2026, los analistas de utilities de la UE de BofA prevén que los centros de datos aumenten el consumo total de electricidad en aproximadamente un 5,7%. Si se llevaran a cabo todos los proyectos, estiman que la demanda de energía se duplicaría con creces, pasando de unos 83 TWh estimados en 2025 a unos 331 TWh en 2030, con aproximadamente el 75% del crecimiento concentrado en el Reino Unido, Francia, Alemania, España e Italia.

A primera vista, pueden parecer unos porcentajes ‘manejables’ teniendo en cuenta que se habla a escala global. Pero hay que afinar más el tiro. Lo importante, reseñan Bajaj e Israel en medio de esta maraña de cifras, es cómo se distribuye la demanda de los centros de datos en el sistema. «La carga llega en grandes bloques discretos, concentrados en nodos específicos de la red, con escasa diversificación geográfica. Como resultado, un sector que sigue representando una pequeña parte del total mundial ya puede provocar una perturbación a nivel de red en los mercados locales», explican.

Irlanda supone un caso bastante ilustrativo. Los centros de datos representaron alrededor del 22% del consumo de electricidad medido en 2024, frente al 5% en 2015. Una vez concentrada dentro de una red limitada, la infraestructura digital pasó a ser sistémicamente importante en menos de una década. «Esta concentración es importante no solo para la planificación de la capacidad, sino también para la fiabilidad. Los fallos relacionados con la energía son la principal causa de las interrupciones de servicio en los centros de datos con mayor impacto, representando alrededor del 54% de los casos, según el Uptime Institute. Por lo tanto, la electricidad no es meramente un coste o una limitación de ubicación; es el riesgo operativo dominante una vez que los sistemas se ven sometidos a estrés», pormenorizan los analistas de BofA.

A modo de reflexión general sobre la ‘sed’ de energía, Bajaj e Israel trasladan que la IA se suele presentar como una revolución del software y la informática cuando, en realidad, se trata de una «revolución eléctrica». «Los centros de datos ya no se limitan a aumentar la demanda de electricidad, sino que ponen de manifiesto un profundo desajuste entre el ritmo del crecimiento digital y las limitaciones físicas del suministro del sistema eléctrico», escriben. El cambio clave no es de baja a alta energía, sino de una energía abundante en términos agregados a una escasez de energía firme, entregable y controlable, agregan. «Como resultado, los activos que están siendo reevaluados estructuralmente no son solo los generadores, sino también el acceso a la red, el almacenamiento, la calidad de la energía, la refrigeración, la interconexión de terrenos industriales abandonados y el suministro firme y limpio», remachan, denunciando que esta transición sigue estando «considerablemente infravalorada» por los mercados.

Esto entronca con un importante interrogante que plantean ambos analistas, y es el de quién paga esto. Finlandia es en este caso uno de los países que muestra mejor cómo se desarrolla este debate incluso en mercados eléctricos estructuralmente competitivos. Los centros de datos representan actualmente alrededor del 2% de la demanda nacional de electricidad, cifra que aumentaría hasta el 4-5% según las hipótesis de crecimiento más ‘agresivas’. Un escenario «pesimista» encargado por el Gobierno, que supone una carga inflexible de 2,5 GW para los centros de datos, estimó un aumento de alrededor del 10% en los precios de la electricidad, algo significativo, pero no sistémicamente disruptivo. La cuestión más controvertida realmente ha sido quién paga las redes, las subestaciones y la capacidad de respaldo. Ese debate sustenta la medida de Finlandia, a partir del 1 de julio de 2026, de trasladar a los centros de datos de una categoría fiscal de electricidad industrial más baja a la tarifa estándar, reduciendo así la ventaja histórica del país en materia de costes. Sigue en debate un mecanismo compensatorio que podría incluir descuentos vinculados a la eficiencia energética, y se espera que influya en las decisiones finales de inversión.

Agua, por favor

No solo se trata de energía. La siguiente gran necesidad que aborda el informe de BofA es la del agua, necesaria para ‘sofocar’ tanta actividad frenética. Para muestra, un botón: una solicitud de IA de 100 palabras consume medio litro de agua. «Se prevé que la demanda mundial de agua de los centros de datos se duplique con creces para 2030, y más de un tercio de la capacidad de las hiperescaladoras ya se encuentra en regiones que sufren un grave estrés hídrico. El déficit de 58.000 millones de dólares en infraestructuras hídricas en EEUU se está convirtiendo en un cuello de botella crítico. Además, más de la mitad de las partes interesadas del sector del agua aún no han tenido en cuenta la capacidad de la IA y la fabricación avanzada en su planificación de recursos», introducen en este particular Bajaj e Israel.

Si se extrapola la cifra del medio litro, los centros de datos de tamaño medio consumen entre uno y dos millones de litros al día, calculan en BofA. Para 2030, el consumo anual de agua de los centros de datos podría alcanzar los 1,2 billones de litros, lo que equivale al consumo anual total de agua de la ciudad de Nueva York, amplían la mira. La realidad es que la IA está convirtiendo a los centros de datos en algunos de los usuarios industriales de agua con mayor crecimiento del mundo.

«Cada ciclo de la GPU genera calor; cada vatio de energía requiere refrigeración, y la refrigeración requiere agua. No se trata de un problema futuro: en 2024, los centros de datos de Google en Iowa consumieron 1.400 millones de galones de agua (5.300 millones de litros), el equivalente al suministro diario total de la ciudad de Nueva York. Este crecimiento se está produciendo justo cuando dos tercios de la población mundial se enfrentan a la escasez de agua, lo que sitúa la expansión de la IA en una trayectoria de colisión con los límites de los recursos. El agua es ahora una restricción física determinante para el crecimiento de la IA, y se está agotando más rápido que la disponibilidad de energía», exponen los dos analistas.

Toda la cadena de valor de la IA está consumiendo cada vez más agua. Aunque la atención suele centrarse en la refrigeración de los centros de datos, la mayor parte del agua no se utiliza in situ, sino en otros puntos del sistema. En un centro de datos típico, solo alrededor de una cuarta parte del consumo total de agua es directo: torres de refrigeración, humidificación y otros sistemas térmicos visibles. La mayor parte del agua se utiliza fuera de las instalaciones, repartida entre la generación de electricidad -en particular, las centrales eléctricas de combustibles fósiles y nucleares y la fabricación de hardware en fases previas, incluida la fabricación de semiconductores y chips, explica el informe de BofA. En conjunto, el consumo de agua fuera de las instalaciones puede representar el 75% de la huella hídrica total de un centro de datos.

Según estudios académicos, se calcula que, para 2030, las empresas de utilities estadounidenses podrían necesitar entre 697 millones y 1.450 millones de galones diarios adicionales (entre 2.640 y 5.490 millones de litros al día) de capacidad máxima de suministro de agua para satisfacer las necesidades de refrigeración de los centros de datos impulsados. La inversión necesaria para ampliar la infraestructura hídrica se estima entre 10.000 y 58.000 millones de dólares, dependiendo del ritmo y la concentración del crecimiento de los centros de datos.

Esta realidad se suma a un suministro insuficiente o ‘poco preparado’ para el desafío, por así decirlo. Solo el 14% de los encuestados de un sondeo recopilado por el informe señala que tiene constancia de la demanda directa de agua de los centros de datos en sus áreas de servicio, a pesar de que el desarrollo se está extendiendo a regiones secundarias y rurales. Lo cierto es que la planificación hídrica va a la zaga del crecimiento de las infraestructuras: el 54% de los encuestados no ha incorporado las necesidades hídricas de los centros de datos y la fabricación avanzada en la planificación de recursos, mientras que solo el 13% lo ha hecho.

Otro problema es que se están construyendo centros de datos donde no hay agua. Cada vez se reconoce más que la disponibilidad de agua es un factor limitante a la hora de decidir dónde ubicar los recursos informáticos para la IA. Sin embargo, en la práctica, las tendencias de construcción van en la dirección opuesta, ya que la nueva capacidad de los centros de datos se concentra en regiones con estrés hídrico, donde el acceso a la energía eléctrica, la disponibilidad de terrenos y una normativa permisiva son los factores que determinan las decisiones de ubicación.

Desde 2022, alrededor de dos tercios de los nuevos centros de datos de EEUU se han construido en zonas clasificadas como de estrés hídrico alto o extremadamente alto, según informa BloombergEsta concentración está muy sesgada: cinco estados -California, Arizona, Texas, Illinois y Virginia- representan aproximadamente el 72% de todo el desarrollo de nuevos centros de datos en ubicaciones con estrés hídrico.

La tendencia es global. Regiones hiperáridas como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos están ampliando rápidamente su presencia en materia de centros de datos. Se prevé que la capacidad en el Golfo se triplique para 2030, a pesar de que estos países se encuentran entre los que sufren mayor estrés hídrico a nivel mundial y dependen en gran medida de la desalinización, un proceso que consume mucha energía, para aumentar el suministro. Además, se da el agravante de que conflictos como el que se desarrolla ahora mismo en Oriente Medio ha supuesto una amenaza directa de ataques a algunas de estas plantas desaladoras.

Hay algo de paradoja en esto: las regiones con los precios de la electricidad más favorables no son necesariamente aquellas con agua suficiente. Una descoordinación que ahora está provocando retrasos en la concesión de permisos, un mayor riesgo de incumplimiento normativo y una creciente preocupación, lamentan desde BofA.

Surgen en el horizonte las trabas políticas, se podrían calificar así. La oposición local a este voraz consumo de agua aumenta y los casos prácticos regionales cobran ahora importancia. En EEUU, las medidas son locales más que federales: el sur de Nevada ha prohibido la refrigeración por evaporación en las nuevas promociones inmobiliarias debido a la grave escasez de agua que sufre el estado, mientras que el proyecto de ley AB 93 de California vincularía la divulgación de datos sobre el consumo de agua y energía -y, posiblemente, los requisitos de eficiencia- a la concesión de licencias comerciales. Florida ya ha debatido públicamente el consumo de agua de los centros de datos de IA, citando instalaciones que consumen hasta 500.000 galones (1,89 millones de litros) al día y promoviendo una nueva legislación sobre gestión del agua, una señal de que la supervisión regulatoria se endurecerá a partir de ahora, coligen desde el departamento de inversión del banco estadounidense.

En Europa, la reacción de la comunidad ya ha paralizado proyectos, con los Países Bajos imponiendo prohibiciones temporales y Francia avanzando hacia la divulgación obligatoria. En el Viejo Continente, la notificación obligatoria de la eficiencia en el uso del agua (WUE) en virtud del Reglamento Delegado (UE) nº 2024/1364 está sentando las bases para las normas mínimas de eficiencia de recursos previstas a partir de 2026 en virtud de la Directiva sobre eficiencia energética.

Compañeros del metal

Mucho de lo expuesto anteriormente opera para los metales. A medida que la IA transforma la arquitectura de los centros de datos, los metales están pasando de ser meros componentes secundarios de la construcción a convertirse en factores estratégicos que facilitan la implementación. «El aumento de la densidad de cálculo, las arquitecturas de refrigeración avanzadas y los estándares más estrictos de tiempo de actividad y redundancia hacen que la demanda de metales venga ahora determinada por las limitaciones de ingeniería y la fiabilidad del sistema, y no por el espacio físico ni por el gasto de capital total», resumen Bajaj e Israel.

El cobre, el aluminio, el acero y los materiales especiales se incorporan en las primeras fases del ciclo de construcción, integrándose en los equipos de suministro de energía, los sistemas de gestión térmica, los soportes estructurales y la infraestructura de resiliencia mucho antes de que se instale la capacidad de computación. «La mayor intensidad energética y las cargas térmicas están aumentando la dependencia de los sistemas de energía y refrigeración con alto contenido de cobre y aluminio, ampliando la exposición a materiales especiales como el galio y el carburo de silicio en la electrónica avanzada, y aumentando la dependencia de las tecnologías de iones de litio para la energía de respaldo», diagnostican desde BofA.

De media, cada megavatio se capacidad de potencia eléctrica instalada requiere alrededor de 27 a 33 toneladas de cobre, según la AIE. Por ejemplo, para la construcción del centro de datos de Microsoft en Chicago, valorado en 500 millones USD, fueron necesarias 2.177 toneladas de cobre recoge Harge, de J. Safra Sarasin, en su análisis.

Esto replantea cómo debe entenderse la exposición a los metales. «En lugar de encajar en una narrativa estrecha de electrificación o de inversión de capital cíclica, la cadena de suministro de los centros de datos de IA se asemeja más a una infraestructura a largo plazo. Los metales representan una pequeña parte del coste total del proyecto, lo que hace que la demanda sea relativamente inelástica en cuanto al precio. La variable determinante es el tiempo: los retrasos en componentes que requieren un uso intensivo de metales, como transformadores, aparatos de conmutación y conjuntos de refrigeración, pueden paralizar la capacidad, posponer la utilización y erosionar los rendimientos, incluso cuando la demanda de computación es fuerte. Los metales, en este contexto, representan un riesgo de implementación más que un problema de asequibilidad», detallan los dos analistas.

Aunque los servidores acaparan la atención, la mayor parte de los metales de los centros de datos se encuentra fuera de la sala de servidores, integrada en la infraestructura de suministro eléctrico, redundancia y refrigeración. Cada megavatio adicional de capacidad incorpora aproximadamente entre 60 y 75 toneladas de metales, y los sistemas de alimentación y refrigeración representan conjuntamente entre el 55% y el 75% de la intensidad total de metales, recoge el trabajo de BofA. El cobre sigue siendo fundamental para el cableado, los transformadores y los equipos de conmutación, mientras que el aluminio se utiliza en barras colectoras y conductores de alta corriente, donde el peso, la disipación del calor y la rentabilidad son factores importantes.

Fuente: El Economista.es