El domingo 7 de junio, el conteo rápido daba la victoria en las elecciones presidenciales a Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú. El domingo 12 de junio, el conteo lento proyectaba a Keiko Fujimori, de Fuerza Popular. Ante la incertidumbre con respecto a quién hemos elegido para la presidencia de la República, más de una persona ha optado por esperar los resultados definitivos con el pensamiento de que “no me interesa quién gane, porque vivo de mi trabajo”. Quienes afirman esto son personas cuyos ingresos provienen del ámbito privado, es decir, de la venta de bienes o servicios a personas o empresas ajenas al Estado.
¿Es esto realmente así?
Veamos: Si únicamente consideramos las propuestas de las dos candidaturas que quedaron en la segunda vuelta, tenemos que en seguridad, de un lado podríamos tener una policía depurada y cercana a la comunidad y de otro, una presencia militarizada con cámaras en cada esquina. Y esto impactará en cómo viviremos e incluso en si gastaremos más o menos en seguridad privada.
Y si atendemos a sus propuestas en política económica, si bien ambos han garantizado la estabilidad monetaria, de un lado tendríamos más incentivos al crecimiento o generación de micro y pequeñas empresas, con créditos a bajo interés del Banco de la Nación, y de otro, menos regulación y menos impuestos a empresas que reinviertan sus utilidades, que suelen ser las medianas y grandes. El impacto variará según el tamaño de la empresa con la que estemos más relacionados.
Ojo que no todo en la vida de una persona que no trabaja para o con el Estado, es comprar y vender.Un aspecto donde las políticas impactan nuestro día a día de manera dramática es el de la salud, en sus múltiples dimensiones. Por ejemplo, en la salud preventiva alimentaria, atender o no el tipo de pesticidas que se agregan a los alimentos que comemos, puede determinar nuestra salud personal. Y atender o no la calidad de la atención en los establecimientos de atención primaria puede impactar mucho en nuestra economía familiar y la de nuestros colegas o eventuales clientes. Hacer polladas para pagar los gastos de salud de familiares o los propios es algo que podría reducirse si desde la política se tomaran medidas adecuadas.
Ni qué decir lo que nos impacta tener o no carreteras en buen estado, o agricultores más o menos productivos, o fiscales con capacidad de actuar ante estafas y extorsiones, o jueces que resuelvan más rápido controversias sobre contratos de cualquier tipo. No se necesita ser servidor público para sentir que la inseguridad cierra negocios, que la corrupción encarece los insumos o que la inestabilidad política no alienta la inversión.
Pero no sólo se trata de nosotros. Nuestra humanidad nos lleva a preocuparnos también por los otros. Coincidentemente, el Evangelio que se leyó el domingo 12 de junio en los templos católicos, mostró un pasaje que nos recordó la compasión: “En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9,36). Por más que vivamos de nuestro trabajo, nos debe importar lo que pase con los ingresos y las vidas de los demás.
Finalmente, decir «no me interesa quién gane» olvida que no se trata de que «alguien gane» como si los candidatos fueran equipos que únicamente observamos. Somos nosotros quienes estamos decidiendo. Las elecciones son mecanismos con los que las sociedades distribuyen el poder. Y ese poder impacta en las condiciones en las que vivimos, trabajamos, vendemos y compramos. Quien gane manejará el aparato que regula nuestras actividades, nos cobra impuestos, garantiza (o no) nuestros contratos, mantiene o destruye la confianza de quienes compran o venden. Ignorar esto es un lujo vano, una evasión de una responsabilidad, con nosotros y los otros.
