El reciente pronunciamiento del Departamento de Justicia de Estados Unidos marca un punto de quiebre en uno de los relatos más repetidos —y menos cuestionados— sobre Venezuela en los últimos años. Según una investigación revelada por The New York Times, el llamado Cártel de los Soles ya no es descrito por las autoridades estadounidenses como una organización real de narcotráfico internacional, sino como un “sistema clientelar” inserto en una cultura de corrupción.
Dicho de otro modo: el mito se desinfla.
Cuando esta rectificación proviene de las propias autoridades de Estados Unidos, cabría esperar —por un mínimo de seriedad intelectual— una reacción autocrítica de tantos líderes, dirigentes y opinólogos que durante años repitieron, como loros, el libreto dictado desde Washington. Pero no. El silencio, la evasión o el ridículo negacionismo vuelven a imponerse.
La actitud de estos gobernantes genuflexos resulta no solo vergonzosa, sino reveladora: jamás analizaron los hechos, jamás exigieron pruebas, jamás pensaron por cuenta propia. Se limitaron a amplificar un discurso funcional a intereses ajenos, aun cuando hoy queda claro que no podía sostenerse en un tribunal.
El problema de fondo con Venezuela nunca fue la democracia ni los derechos humanos. Quien aún crea eso, o es ingenuo o finge serlo. El verdadero conflicto es geopolítico y económico: el petróleo, los recursos naturales estratégicos —cada vez más escasos y valiosos— y, sobre todo, el desafío que implica que un país productor no se subordine al dólar como moneda obligatoria de transacción.
Venezuela puede vender su petróleo a quien quiera. Lo que no puede —según la lógica imperial— es hacerlo al margen del sistema financiero dominado por Estados Unidos. Ese es el pecado imperdonable.
Durante el gobierno de Donald Trump, esta narrativa alcanzó su clímax. Se llegó incluso a justificar la captura del presidente Nicolás Maduro como si se tratara del jefe de un cartel global comparable a los grandes emporios del narcotráfico. Hoy, esa construcción se cae por su propio peso.
El propio reportaje del New York Times señala que la acusación de 2020 mencionaba al “Cártel de los Soles” más de treinta veces, mientras que la actual apenas lo hace en dos ocasiones, y sin describirlo como una organización criminal estructurada. Expertos en crimen organizado ya lo habían advertido hace años: el término nació como una etiqueta mediática, no como una entidad real con jerarquías, logística y mando verificable.
Lo más grave no es el error original de Washington —las potencias también mienten—, sino la sumisión intelectual local, la incapacidad de tantos actores políticos y mediáticos para decir hoy, con un mínimo de decoro: nos equivocamos.
Porque cuando ni siquiera la potencia que inventó el relato puede sostenerlo, seguir repitiéndolo no es ideología: es indignidad.
