Caminar por casi cualquier ciudad hoy en día revela un cambio silencioso pero inconfundible: menús, carteles y anuncios generados por inteligencia artificial han invadido el paisaje urbano. Lo que antes requería contratar a un diseñador y una inversión considerable ahora se obtiene en segundos, pero hay un precio que no aparece en la factura: todo empieza a parecerse demasiado. Las mismas tonalidades, estilos similares, una estética genérica que el ojo ya reconoce al instante. Esa uniformidad es lo que en el sector empiezan a llamar «slop»: contenido producido en masa, rápido y barato, pero sin voz propia ni distinción.
Ante este escenario, la empresa española Magnific ha presentado Magnific One, una herramienta que plantea una propuesta singular: que la IA no solo genere imágenes, sino que tome también decisiones sobre composición, iluminación, cámara y estilo bajo un criterio definido. Joaquín Cuenca, su fundador, lo resume así: durante 16 años el buen gusto ha sido responsabilidad de los creativos; ahora llevan ese mismo criterio a la inteligencia artificial como un estándar propio. La idea no es sustituir al creador, sino ofrecerle una brújula que eleve la calidad de lo que la máquina produce, devolviendo cierta personalidad a lo que de otro modo tiende a ser intercambiable.
Lo que está ocurriendo trasciende a una sola compañía. Silicon Valley ha convertido el «buen gusto» en su nuevo campo de batalla. Si cualquiera puede crear contenido con IA, la diferencia ya no será poder hacerlo, sino saber hacerlo bien. Por eso empresas de distinto perfil están reivindicando el estilo, el refinamiento y la distinción como valor añadido. Es una estrategia que recuerda a lo que el sociólogo Pierre Bourdieu describió décadas atrás: el gusto no es algo natural, sino algo que se aprende y que muchas veces funciona como frontera entre quienes tienen acceso a ciertos referentes y quienes no. Que ahora sean las grandes empresas tecnológicas quienes definan qué es «buen gusto» abre una pregunta inquietante: ¿quién establece esas normas y con qué propósito?
Algunos ven en esta tendencia una división clara del mercado: por un lado, lo generado de forma automática y económica, destinado a cumplir una función sin más pretensiones estéticas; por otro, el trabajo curado, artesanal y con firma humana, que se convierte en un artículo de lujo. Un menú impreso en segundos por una IA puede comunicar funcionalidad y precio, pero uno diseñado a mano sigue diciendo algo sobre la identidad del local. Y esa distinción, señalan, es algo que la tecnología por sí sola no termina de replicar.
Magnific One no aspira a cambiar los menús de las esquinas de un día para otro; su enfoque está en los profesionales que buscan mejores resultados de sus herramientas creativas. Pero el reto que plantea es más amplio: si la IA puede imitar casi cualquier cosa, lo que nos quedará para distinguir lo valioso de lo genérico será, precisamente, tener buen gusto. Y eso, advierten, no se descarga todavía en ningún modelo.
