Con la autoridad moral que nos da haber mirado con buenos ojos la candidatura de Carlos Espá, incluso sabiendo que proviene de la derecha, es necesario decirlo sin rodeos: hay decisiones que destruyen un proyecto más rápido que cualquier ataque externo.
Espá parecía encarnar algo escaso en el Perú: una derecha nueva, no contaminada por el pasado autoritario, no atrapada por los fachosaurios que hoy dominan buena parte del escenario político, no prisionera del desprecio a los sectores populares ni del clasismo brutal que tanto daño ha hecho al país.
Pero esa expectativa se quebró.
La metida de pata que lo cambia todo
La decisión de incluir a Jorge Montoya en la lista al Senado no es un detalle menor ni un error administrativo. Es una decisión política torpe, contradictoria y profundamente dañina.
Montoya no es un personaje neutro ni simplemente “experimentado”. Es una figura rechazada por miles de peruanos, asociada a:
-
discursos despectivos hacia sectores indígenas,
-
una visión jerárquica de la ciudadanía (peruanos de primera y de segunda),
-
ataques sistemáticos a la prensa,
-
y una conducta que representa exactamente lo que se decía querer superar.
No es casual que ciudadanos en regiones como Tacna hayan borrado propaganda del partido en señal de protesta. Eso no es manipulación. Eso es mensaje político claro.
¿Qué ganaba y qué pierde?
Aquí la pregunta es brutalmente simple —y estratégicamente devastadora—:
👉 ¿Qué ganaba Carlos Espá llevando a Montoya?
👉 ¿Y cuánto pierde por mantenerlo?
Lo que ganaba:
-
un voto duro reducido,
-
una figura conocida por un sector conservador ya saturado,
-
un nombre que no suma nuevos electores.
Lo que pierde:
-
credibilidad,
-
coherencia,
-
simpatizantes que creyeron en la renovación,
-
autoridad moral para criticar al Congreso de la República,
-
y, sobre todo, la confianza de quienes esperaban algo distinto.
Cuando un candidato inteligente no sabe medir eso, no es audacia. Es ceguera política.
El error agravado: insistir
Peor aún que el error inicial es persistir en él.
Frente a una oposición nutrida —incluso dentro de su propio espacio—, Espá no tuvo el tino de rectificar. Al contrario, decidió defender la inclusión de Montoya bajo el argumento de que su partido “no le cierra la puerta a nadie”.
Ese argumento suena bien… hasta que se recuerda que no toda puerta debe permanecer abierta.
La política no es un albergue moral.
Es un ejercicio de criterio.
Renovación no es reciclaje
No se puede denunciar el despilfarro del Congreso, los bonos, los almuerzos de 80 soles y el descontrol presupuestal, mientras se incorpora a alguien que defendió esos excesos con arrogancia y desprecio, llegando incluso a burlarse del cuestionamiento periodístico.
Eso no es pluralismo.
Eso es incoherencia.
La decepción legítima
Esta crítica no nace del odio ideológico. Nace de la decepción. De haber creído —legítimamente— que era posible una derecha moderna, democrática, respetuosa, capaz de dialogar con el país real.
Decisiones como esta hacen pensar que, al final, el cálculo pudo más que el criterio, y que el miedo a perder un pequeño nicho llevó a sacrificar un proyecto mayor.
Carlos Espá no es un político torpe.
Por eso esta decisión resulta aún más grave.
Un candidato inteligente debe saber cuándo una alianza suma y cuándo contamina, cuándo un nombre aporta y cuándo arrastra, cuándo se gana con coherencia y cuándo se pierde por obstinación.
La nueva política no fracasa solo por ataques externos.
Fracasa, sobre todo, cuando decide parecerse a aquello que prometió no ser.
Y esa, hoy, es la gran decepción.
