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Carlos Espá: una opción que se diluyó por soberbia

Durante varios meses, Carlos Espá empezó a perfilarse como una alternativa interesante dentro del disperso abanico de candidatos de la derecha. Joven, preparado, sin antecedentes de corrupción y con un discurso que, al menos en apariencia, buscaba diferenciarse del desgaste de la política tradicional, Espá lograba captar la atención de un electorado cansado de los mismos nombres y de los mismos vicios.

Su crecimiento no era casual. En un escenario saturado de improvisación, su perfil técnico y su ausencia de escándalos le permitían destacarse. Sin embargo, cuando todo parecía indicar que podía consolidarse como una opción competitiva, cometió un error político elemental: rodearse mal y, peor aún, defender obstinadamente esa mala decisión.

La inclusión del congresista Jorge Montoya en su lista parlamentaria fue una señal de alarma inmediata para muchos de sus simpatizantes. No se trata solo de diferencias ideológicas, sino de la carga política y el fuerte rechazo ciudadano que arrastra Montoya. En un contexto donde la desconfianza hacia el Congreso es profunda, sumar a una figura tan cuestionada era, como mínimo, una torpeza; como máximo, una señal preocupante sobre el criterio del candidato.

Frente a las advertencias, Espá optó por la obstinación. No escuchó. No corrigió. No entendió que en política la coherencia entre discurso y alianzas es tan importante como las propuestas. El resultado fue inmediato: un retiro silencioso pero sostenido de simpatizantes y una caída que lo devolvió al grupo de los candidatos menores, esos que se diluyen en la categoría de “otros”.

Hoy, Espá atribuye su descenso a una supuesta “campaña pérfida” impulsada por un rival que —según él— buscó frenar su crecimiento en las encuestas. Es una explicación cómoda, pero insuficiente. Las campañas negativas existen, sin duda, pero rara vez son eficaces si no encuentran un flanco abierto. Y en este caso, el flanco lo abrió el propio candidato con una decisión política indefendible.

Más aún, el intento de justificar la presencia de Montoya apelando únicamente a la ausencia de denuncias formales por corrupción revela una visión reducida del problema. La política no se mide solo por expedientes judiciales, sino también por legitimidad, representatividad y conexión con el sentir ciudadano. Ignorar eso es no entender el momento que vive el país.

A ello se suma un programa que propone la eliminación de instituciones como la ATU y la Sunedu, sin ofrecer mayores certezas sobre qué vendría después. En un contexto de desorden estructural, prometer “borrón y cuenta nueva” sin claridad puede sonar atractivo para algunos, pero refuerza la percepción de improvisación para muchos otros.

Carlos Espá tenía la oportunidad de consolidarse como una opción distinta dentro de la derecha. Tenía capital político inicial, atención mediática y un perfil relativamente limpio. Pero en política, las oportunidades no se pierden solo por ataques externos, sino —sobre todo— por errores propios. Y este fue uno grave.

El electorado no solo evalúa discursos, sino decisiones. Y cuando un candidato demuestra que no sabe elegir a sus aliados ni rectificar a tiempo, la confianza se evapora. No por una campaña “pérfida”, sino por una soberbia mal administrada.

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