La próxima visita del presidente electo de Chile, José Antonio Kast, al Perú no debería leerse solo como un gesto protocolar ni como una señal ideológica. Se trata, ante todo, de un acto de responsabilidad política básica entre países vecinos que comparten historia, fronteras, flujos humanos y desafíos comunes.
El Perú y Chile no pueden darse el lujo de una relación distante o tensionada por afinidades partidarias. Somos países vecinos, con problemas que se cruzan todos los días: migración, seguridad fronteriza, comercio, tránsito, integración productiva y cooperación policial. En ese contexto, que José Jerí reciba al mandatario electo chileno en Lima es no solo natural, sino necesario.
Gobernar es coordinar
Más allá de las diferencias de ideas o de orientación ideológica, los gobernantes están obligados —como mínimo— a coordinar. Eso no implica renunciar a principios ni uniformizar visiones, sino entender que la política exterior responsable se construye sobre intereses compartidos y realidades concretas, no sobre consignas.
La agenda anunciada por la Cancillería peruana —seguridad fronteriza, migración irregular y cooperación policial— refleja problemas reales que no se resuelven con discursos duros ni con decisiones unilaterales. Requieren diálogo, información compartida y mecanismos binacionales estables.
Integración o fragmentación inducida
Sudamérica atraviesa un momento delicado. Por intereses ajenos a la región, nuestros países son permanentemente estimulados a dividirse, a desconfiar unos de otros y a romper los pocos espacios de integración que existen. Esa fragmentación no es casual: beneficia a quienes prefieren mercados débiles, economías aisladas y Estados negociando solos frente al gran capital global.
Perú y Chile, como países hermanos del Pacífico sur, deberían ir en la dirección contraria:
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fortalecer los mercados regionales,
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profundizar la complementariedad productiva,
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mejorar la infraestructura compartida (caminos, pasos fronterizos, logística),
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facilitar el comercio, el tránsito y la movilidad económica cotidiana,
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y avanzar hacia una integración práctica, que se sienta en la vida diaria de la gente.
Zonas como Tacna y Arica son ejemplos claros de cómo la cooperación —o su ausencia— impacta directamente en economías locales, empleo y convivencia social.
La ideología no puede fracturar lo esencial
Las ideologías pasan. Los países quedan. Convertir las diferencias políticas en muros diplomáticos es una receta conocida para el fracaso regional. La historia sudamericana demuestra que cuando nos alejamos entre nosotros, otros deciden por nosotros: reglas comerciales, flujos financieros, precios, inversiones y condiciones.
La integración no significa pensar igual, sino defender juntos lo esencial: soberanía económica, desarrollo con justicia social y capacidad de decisión propia frente a las imposiciones externas.
Una oportunidad que no debe desperdiciarse
La visita de José Antonio Kast al Perú abre una ventana. Puede limitarse a una agenda securitaria de corto plazo o puede convertirse en el punto de partida para reordenar la relación bilateral con visión estratégica. Todo dependerá de la madurez política de ambos gobiernos.
En tiempos de incertidumbre regional, más integración y menos confrontación no es una consigna ingenua: es una necesidad histórica. Perú y Chile tienen la oportunidad —y la obligación— de demostrar que la vecindad puede pesar más que la ideología, y que la cooperación puede ser más fuerte que la división inducida.
