Donald Trump está atacando sin complejos la independencia de la Reserva Federal. El presidente estadounidense quiere romper con el histórico respeto a la autonomía del banco central del país, con presiones continuas a su presidente, Jerome Powell, para que baje los tipos de interés, y finalmente, con el despido, justificado, o no, de Lisa Cook, miembro de la Junta de Gobernadores de la Fed, para intentar sustituirla con alguien de su cuerda. Además, el nombramiento de Stephen Miran tras la dimisión de Adriana Kugler, y el apoyo que tiene Trump entre algunos miembros de la Fed, como Christopher Waller, amenazan la independencia del organismo. Esto, más allá del riesgo político que implica, puede tener consecuencias económicas en el corto plazo, y los inversores se están preparando para ellas.
Si Lisa Cook fue o no una elección justa para la Junta de Gobernadores de la Fed, después de conocerse unas supuestas prácticas corruptas a la hora de pedir varias hipotecas, y de que se hayan expuesto supuestas mentiras en el currículum con el que se justificó su incorporación al banco central, es un debate que tendrán que cerrar los jueces con una sentencia. Detrás de su despido y, posiblemente, de su nombramiento, lo que subyace es una práctica peligrosa para el futuro de la política monetaria en Estados Unidos: el deterioro de la independencia de la Fed.
Donald Trump puede argumentar que fue la administración Biden quien empezó esta injerencia en el banco central, pero la realidad es que el presidente republicano amenazó la independencia de la Fed desde su primer mandato, antes de que Cook formase parte de la Junta de Gobernadores de la Fed.
Los intentos de alinear a la Fed con los intereses del Gobierno, sin embargo, no son un invento de Trump: hubo varios precedentes, como el Herbert Hoover en los años 20, el de Harry Truman en 1951, (que terminó con un acuerdo entre el Tesoro y la Fed para reafirmar la independencia del banco central), el de Lyndon Johnson, en 1965, el de Richard Nixon, en 1972, el de Ronald Reagan, en los años 80, o el de George Bush padre, antes de las elecciones de 1992.
Salvo el caso de Hoover, que quiso tipos altos para evitar un recalentamiento del mercado financiero, todos los restantes tenían el mismo objetivo que Trump, una meta que suele encajar con los intentos de los presidentes del Gobierno de crear un ambiente económico de bonanza para poder colgarse la medalla de cara a unas elecciones: una bajada de los tipos de interés.
La bajada de tipos facilita a las empresas y a las familias pedir préstamos con condiciones más atractivas, algo que impulsa al consumo y la actividad económica. Sin embargo, estas políticas nunca salen gratis: a cambio, los ciudadanos suelen tener que pagar la cuenta con el impuesto silencioso más conocido que existe, la inflación.
