Fue una semana brutal en Estados Unidos y no soy la única que se pregunta si el país podrá salir de esta espiral de odio y violencia.
Tras uno de los asesinatos más perturbadores de la historia del país norteamericano, el gobernador de Utah instó a los estadounidenses a «bajar la temperatura política».
Pero casi nadie con quien hablé desde el asesinato de Charlie Kirk el pasado 10 de septiembre cree que esto sucederá en un futuro próximo.
La historia reciente está llena de ejemplos de cómo Estados Unidos optó por no unirse tras una tragedia.No ocurrió hace 14 años, cuando una congresista demócrata recibió un disparo en la cabeza en Arizona. Ni hace ocho años, cuando un congresista republicano recibió un disparo durante un entrenamiento de béisbol.
Los estadounidenses ni siquiera se unieron ante una pandemia. De hecho, la covid-19 agravó las divisiones.
La razón es simple, pero difícil de cambiar. Los incentivos que impulsan la vida política estadounidense recompensan a las personas y plataformas que aumentan la tensión, no a quienes la reducen.
En todo el país, es más probable que te elijan para un cargo político si te presentas con una retórica que atraiga a tu base ideológica, en lugar de a la clase media (es la deprimente consecuencia de la manipulación de los distritos electorales, el pecado original detrás de la política disfuncional y dividida de Estados Unidos).
De igual manera, en los medios de comunicación, quienes opinan sobre política son recompensados por ser más extremistas y avivar la indignación; esa es la manera de atraer más atención y, en última instancia, más dinero para publicidad.
Esta estructura de incentivos es lo que convierte al gobernador de Utah, Spencer Cox, en una especie de excepción estadounidense.
