Internacional

Rusia frente al espejo de Trump: cuando la superioridad militar no garantiza la victoria

Las declaraciones de Donald Trump sobre el general ruso que habría desviado los tanques que avanzaban hacia Kyiv revelan una forma de entender la guerra que merece ser examinada. Para el presidente estadounidense, Rusia tenía la fuerza suficiente para alcanzar la capital ucraniana en pocas horas y poner fin al conflicto en apenas un día. Si eso no ocurrió, sostiene, fue porque un general cometió un error imperdonable.

La explicación puede resultar demasiado simple para una guerra de semejante magnitud. Sin embargo, contiene una cuestión fundamental: ¿cómo pudo una potencia militar como Rusia iniciar una operación que parecía diseñada para obtener una victoria rápida y terminar atrapada en una guerra prolongada, costosa y de consecuencias imprevisibles?

La guerra relámpago que nunca llegó

Cuando las fuerzas rusas iniciaron la invasión de Ucrania en febrero de 2022, uno de los escenarios que se manejaban era el colapso rápido de la resistencia ucraniana. El avance hacia Kyiv parecía formar parte de una operación destinada a quebrar al Gobierno de Volodímir Zelenski y forzar un cambio político en el país.

Pero la realidad fue diferente. La resistencia ucraniana, los problemas logísticos rusos, las dificultades para coordinar las distintas unidades y los errores de planificación frustraron el objetivo de una victoria rápida. Las fuerzas rusas terminaron retirándose del norte de Ucrania durante la primavera de 2022.

No fue solamente una cuestión de tanques que tomaron el camino equivocado. Una operación militar depende de mucho más que la cantidad de vehículos blindados disponibles: requiere combustible, municiones, mantenimiento, comunicaciones, inteligencia, coordinación entre las fuerzas terrestres y aéreas y, sobre todo, una evaluación correcta de la capacidad de resistencia del adversario.

Una columna blindada puede avanzar muchos kilómetros sobre el mapa, pero eso no significa que pueda conquistar y controlar una capital.

El estilo estadounidense y la tentación de la victoria rápida

Trump parece juzgar aquella operación desde una concepción de la guerra asociada a la superioridad tecnológica, la concentración de fuerzas y la rapidez de la decisión. La lógica es conocida: golpear con contundencia, desorganizar al adversario, neutralizar sus centros de mando y crear una nueva realidad política antes de que el enemigo pueda reorganizarse.

Esa aproximación tiene antecedentes en distintas operaciones militares estadounidenses. Pero tampoco garantiza el éxito por sí misma. La historia reciente demuestra que destruir instalaciones, derrotar unidades militares o derribar un Gobierno no equivale necesariamente a construir un orden político estable.

La experiencia de Irak y Afganistán ofrece lecciones sobre los límites de la superioridad militar cuando no existe una estrategia política capaz de sostener los resultados obtenidos en el campo de batalla.

Por eso, la crítica de Trump a Rusia puede contener una observación válida, pero también refleja una visión de la guerra en la que la rapidez de la victoria parece más sencilla de alcanzar de lo que realmente es.

Rusia perdió algo más que una oportunidad

El fracaso del intento de tomar Kyiv tuvo consecuencias que exceden el terreno militar. Ucrania demostró que podía resistir a una potencia nuclear con fuerzas convencionales considerablemente superiores en determinados recursos. Esa resistencia fortaleció la identidad nacional ucraniana, consolidó el liderazgo de Zelenski y contribuyó a impulsar el apoyo militar y financiero occidental.

Moscú, por su parte, quedó comprometida en un conflicto que exigió enormes recursos humanos y materiales, mientras Europa reforzaba sus mecanismos de seguridad y la OTAN ampliaba su presencia política y estratégica.

Esto no significa que Rusia haya perdido toda su capacidad militar ni que Ucrania pueda imponerse automáticamente en una guerra de desgaste. Rusia conserva importantes recursos militares, industriales y humanos. Pero la distancia entre la victoria rápida que parecía esperarse y la prolongación del conflicto ha tenido un costo estratégico evidente.

También existe una dimensión menos tangible: la reputación. Cuando una potencia anuncia objetivos ambiciosos y no consigue alcanzarlos, sus adversarios adquieren confianza y sus aliados empiezan a revisar sus cálculos.

El verdadero error fue subestimar al adversario

La hipótesis de Trump sobre un general que tomó una decisión equivocada puede ser atractiva porque identifica a un responsable individual. Sin embargo, atribuir el resultado de una campaña militar a una sola persona corre el riesgo de ocultar fallas más profundas.

La pregunta relevante no es únicamente quién ordenó desviar los tanques, sino por qué el plan ruso dependía de una victoria tan rápida y por qué sus responsables no calcularon adecuadamente la capacidad de resistencia de Ucrania.

En las guerras modernas, el poder militar no se mide exclusivamente por el número de tanques, aviones o misiles. También se mide por la calidad del mando, la capacidad logística, la adaptación ante situaciones inesperadas y la comprensión política y social del territorio donde se combate.

Una potencia puede disponer de armamento sofisticado y, aun así, equivocarse al interpretar la voluntad de resistencia de una sociedad.

Una lección que también debería aprender Washington

Trump tiene motivos para señalar las contradicciones entre la imagen de una gran potencia militar y las dificultades que encuentra para transformar esa superioridad en resultados concretos. Pero Estados Unidos tampoco puede asumir que una operación rápida, un golpe contundente o la eliminación de una dirigencia garantizan por sí solos una victoria duradera.

La verdadera prueba del poder consiste en convertir la fuerza en resultados políticos sostenibles. Ganar una batalla puede ser cuestión de horas; alcanzar los objetivos estratégicos de una guerra puede exigir años, enormes recursos y decisiones que van mucho más allá del campo militar.

La experiencia de Ucrania deja una conclusión incómoda para Moscú y también para Washington: la superioridad militar puede facilitar una guerra, pero no elimina la incertidumbre ni garantiza el desenlace que espera quien la inicia.

Quizá ese sea el sentido más profundo de las palabras de Trump. No se trata solamente de burlarse de un general ruso cuya identidad no precisó, sino de reconocer que una potencia puede desperdiciar una ventaja inicial cuando confunde su capacidad para atacar con su capacidad para vencer.

Y en esa diferencia se encuentra una de las lecciones más importantes de la guerra de Ucrania.

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