En este nuevo aniversario de la guerra en Ucrania, el balance para Europa es negativo y profundamente trágico. Los líderes de la Unión Europea y el liderazgo ucraniano han apostado casi exclusivamente por la vía militar, relegando la diplomacia a un plano retórico y estéril. El resultado es previsible: más armas, más muertos, más destrucción y una crisis prolongada que amenaza con extenderse más allá de Ucrania.
Desde el inicio del conflicto, Europa ha ignorado una realidad incómoda: no puede construirse una paz duradera sin considerar los intereses de seguridad de todas las partes, incluida Rusia. Negar este hecho no es una posición moral elevada; es una imprudencia estratégica. La expansión de tensiones, las líneas rojas no negociadas y el lenguaje belicista han contribuido a provocar reacciones que hoy se pagan con sangre ucraniana y con inestabilidad continental.
Las recientes declaraciones de Bruselas, asegurando que no ve “señales tangibles” de compromiso ruso con la paz tras conversaciones en Ginebra, revelan más falta de voluntad política europea que un análisis honesto del momento. La diplomacia no es un acto de fe ni una pose comunicativa: exige propuestas creíbles, concesiones recíprocas y, sobre todo, la voluntad real de evitar la guerra.
Mientras tanto, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky insiste en un discurso de resistencia total, respaldado por nuevos paquetes de ayuda militar occidental. Canadá anuncia miles de millones más; el G7 reafirma su apoyo “inquebrantable”; y Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, habla de impulsar un proceso de paz sin aclarar su contenido ni sus garantías. Todo suena a déjà vu: más dinero para la guerra, menos imaginación para la paz.
Algunos líderes europeos incluso se permiten hablar públicamente de fechas para una guerra directa entre Europa y Rusia. Esa ligereza retórica roza la irresponsabilidad histórica. Europa no tiene mandato popular ni capacidad moral para empujar al continente hacia un conflicto mayor. Jugar a los “fuertes” con presupuestos que no existen y sociedades exhaustas no es liderazgo; es temeridad.
Lo racional —y lo urgente— es reactivar el ejercicio serio de la diplomacia y trabajar en un acuerdo integral de seguridad europea, donde los intereses de todos estén garantizados y respetados. Un marco que incluya a Ucrania, Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos; que establezca límites claros, mecanismos de verificación y compromisos mutuos. Sin eso, cualquier “paz” será solo una pausa armada antes de la próxima tragedia.
Cuatro años después, el balance no admite eufemismos: Europa ha fracasado en su papel histórico de mediadora de paz. Persistir en la militarización sin horizonte político es condenar a otra generación a la guerra. La pregunta ya no es quién tiene razón en el relato, sino quién tendrá el coraje de detener esta deriva antes de que sea irreversible.
