Un invierno con un fuerte fenómeno de El Niño puede alterar la lluvia y la temperatura a escala planetaria.
La NASA señaló que “las regiones generalmente secas pueden experimentar casi el doble de lluvia durante un fuerte El Niño”, como ocurrió en 1982-1983 y 1997-1998, cuando hubo tormentas sin precedentes en California e inviernos inusualmente suaves en el noreste de Estados Unidos.
Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista científica Geophysical Research Letters evaluó si esos impactos remotos, conocidos como teleconexiones, mantendrán la misma intensidad en un planeta más cálido. A partir de 13 modelos climáticos de última generación, los investigadores concluyeron que, con el aumento de la temperatura global, incluso los episodios extremos tienden a perder parte de su “huella” característica, aunque no desaparezcan las tormentas intensas.
Los autores analizaron 13 modelos que simulan con precisión eventos intensos en el Pacífico oriental y los ejecutaron bajo distintos niveles de calentamiento global (por ejemplo, +2 °C y +3,5 °C). Luego identificaron eventos extremos asociados a lluvias torrenciales muy intensas en el Pacífico tropical oriental y promediaron los patrones superficiales y atmosféricos para inviernos con El Niño moderado y extremo en cada escenario.
El trabajo se enfocó en cómo cambian las teleconexiones: los vínculos atmosféricos que conectan el calentamiento del Pacífico tropical con alteraciones de la corriente en chorro, las lluvias y la temperatura en regiones alejadas. En el clima actual, eventos extremos como los de 1982-1983 y 1997-1998 suelen dejar señales diferenciadas frente a episodios moderados, con impactos reconocibles en América del Norte.
Las observaciones muestran que casi todos los años significativos de El Niño estuvieron entre los más calurosos registrados, una referencia relevante para el análisis: la señal clásica del fenómeno se superpone a un mundo con una temperatura de base más alta. Ese solapamiento llevó a la pregunta que guía el estudio: si el Pacífico tropical sigue calentándose por el cambio climático, ¿un El Niño extremo seguirá produciendo impactos remotos tan marcados como en el pasado?
Los resultados fueron consistentes en los escenarios evaluados: a medida que aumentan las temperaturas globales, los patrones más intensos de El Niño, dentro del sistema El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), pierden parte de su fuerza característica.
En las simulaciones, los impactos típicos de un evento extremo en América del Norte se desplazaron entre 20 y 30 grados hacia el este y se debilitaron aproximadamente en un tercio con un calentamiento de +3,5 °C. En términos operativos, ese patrón sugiere que regiones como California y Florida, asociadas históricamente a lluvias fuertes durante El Niño intensos, recibirían una cantidad considerablemente menor de las precipitaciones que antes se consideraban habituales durante episodios extremos. En paralelo, el noreste de Estados Unidos perdería gran parte del calor invernal característico.
El estudio también describió que “las teleconexiones extremas de El Niño se desplazan aún más hacia el este, se debilitan y desarrollan una respuesta negativa similar a la Oscilación del Atlántico Norte”, un cambio que los autores vincularon con la migración hacia el este de los patrones de convección tropical y de la corriente en chorro.
El hallazgo no implica que disminuya la ocurrencia de tormentas intensas. Los modelos, por el contrario, sugieren que su frecuencia se duplicará aproximadamente. El punto central es otro: su firma remota distintiva se vuelve menos diferenciable.
El estudio concluyó que “los impactos de un El Niño extremo en Norteamérica se vuelven progresivamente más parecidos a los de eventos moderados, con poca distinción más allá de los 3,5 °C”. En esa línea, los autores sostuvieron que, aunque se proyecte una mayor frecuencia de eventos extremos, su comportamiento alterado contribuye solo modestamente a los cambios generales en las teleconexiones de ENSO: el contexto climático de fondo pasa a dominar el resultado.
Estos resultados cuestionan una suposición extendida en planificación estacional: que un El Niño “extremo” garantice impactos extremos previsibles. Bajo los escenarios modelados, los planificadores ya no podrían dar por sentado que un episodio de gran magnitud derivará en lluvias récord en regiones donde ese vínculo histórico guió decisiones de gestión.
El estudio también plantea implicancias para sectores que ajustan su oferta y logística al patrón esperado del invierno. Si la distinción entre un El Niño extremo y uno moderado se reduce, los pronósticos estacionales y los planes de adaptación basados en el comportamiento histórico del fenómeno podrían requerir revisiones, con foco en cómo cambia la teleconexión, y no solo en la intensidad del calentamiento del Pacífico.
El Niño es una fase cálida de ENSO, un patrón climático recurrente del Pacífico tropical. Ocurre cada dos a siete años y se caracteriza por el calentamiento de la superficie del mar en la parte central y oriental del Pacífico ecuatorial, lo que altera vientos, lluvias y temperaturas durante meses.
Para anticipar si El Niño se desarrollará, los investigadores monitorean temperaturas del agua en la superficie y bajo ella, los vientos y el índice de oscilación austral, que mide la diferencia de presión atmosférica entre el Pacífico oriental y occidental. Cuando esos indicadores convergen, aumenta la probabilidad de evolución hacia un episodio.
En estudios previos, la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el organismo de las Naciones Unidas especializado en tiempo, clima y agua, advirtió en un informe que hay un 80% de probabilidad de que El Niño se desarrolle entre junio y agosto de 2026. Ese escenario se asoció a temperaturas más altas de lo normal en casi todo el mundo y a un mayor riesgo de extremos como sequías e inundaciones
Ese informe se alineó con el último pronóstico trimestral del Servicio Meteorológico Nacional de Argentina, que también proyectó impactos diferenciados en la región: condiciones más secas en Centroamérica, el norte de América del Sur y el Caribe, mientras que el sur del continente podría recibir lluvias superiores a lo habitual.
La secretaria general de la OMM, la científica argentina Celeste Saulo, pidió en diálogo con la agencia de noticias EFE “extremar las precauciones” y utilizar “inteligencia climática” para reducir efectos adversos en América Latina y el Caribe. También recomendó confiar en las instituciones responsables de la información meteorológica en cada país, en especial los servicios meteorológicos nacionales.
De acuerdo con esos reportes previos, Centroamérica, el norte de América del Sur y el Caribe enfrentarían condiciones más secas y cálidas, con mayor riesgo de sequías, pérdidas agrícolas y escasez de agua. La OMM también apuntó a una exposición particular del norte de Sudamérica, América Central y el noreste de Brasil a “sequías o lluvias por debajo de lo normal”.
En el sudeste de Sudamérica, que incluye el sur de Brasil, Paraguay, el norte de Argentina, el noreste de Argentina y Uruguay, se anticiparon lluvias por encima de lo normal, con riesgo de inundaciones, tormentas graves y deslizamientos de tierra.
En ese marco, el doctor en biología Juan José Neiff, magíster en ecología acuática continental e investigador principal del Conicet en Argentina, señaló en una nota a Infobae que, como todavía no se conoce con precisión la intensidad y duración de un nuevo episodio, la población debería estar alerta sin alarmarse. También recordó que episodios fuertes como 1982-1983 y 1997-1998 impactaron con inundaciones en cuencas como las de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay.
