Hablar de transición en Venezuela exige abandonar el terreno de los eslóganes y pisar el de la política real. No la que tranquiliza conciencias, sino la que evita tragedias. Hoy, más que una transición en marcha, lo que existe es una disputa por el modo, el ritmo y los costos del cambio, con actores internos y externos empujando en direcciones distintas.
¿Quién manda realmente?
La respuesta es incómoda, pero necesaria: el poder efectivo sigue en manos del chavismo gobernante, con control del territorio, de las Fuerzas Armadas, de las instituciones y del petróleo. Nicolás Maduro y su entorno —donde Delcy Rodríguez juega un rol central— no gobiernan solo por discurso, sino por estructura.
Ignorar ese hecho y pretender imponer una “victoria” desde afuera no es valentía democrática: es irresponsabilidad histórica.
Una oposición fracturada
Del otro lado, la oposición venezolana no es un bloque homogéneo.
Por un lado, Edmundo González, con un discurso institucional, diplomático, orientado a una salida negociada. Por otro, María Corina Machado, cuya narrativa gira en torno a la ruptura total, la revancha y la fantasía de una imposición inmediata del poder.
Aquí está uno de los nudos del problema: la política de la venganza.
No hay transición democrática posible si el horizonte es el linchamiento simbólico (o real) del adversario.
El factor internacional: pragmatismo antes que épica
Estados Unidos, bajo Donald Trump, no actúa por altruismo democrático. Actúa por intereses. Y uno de ellos es evitar que Venezuela se convierta en un epicentro de caos regional: migraciones masivas, desestabilización energética, tensiones militares y un efecto dominó en América Latina.
Trump lo sabe: incendiar Venezuela sería incendiar el continente.
Por eso, más allá de la retórica, su enfoque es pragmático:
-
estabilidad,
-
petróleo,
-
control,
-
transición sin guerra civil.
No es moral. Es geopolítica.
España y América Latina: evitar el abismo
En este escenario aparece un actor clave: España.
La decisión de Pedro Sánchez de hablar tanto con Delcy Rodríguez como con Edmundo González, con mediaciones discretas de José Luis Rodríguez Zapatero, marca una línea clara: transición pacífica, dialogada y liderada por los venezolanos.
A esto se suma un eje latinoamericano —Brasil, Colombia, México— donde Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro comparten una convicción básica: no repetir Libia, no repetir Irak, no repetir el desastre.
El fantasma de 2002
Venezuela ya vivió un ensayo de “salida rápida” en 2002, cuando por horas se anuló la Constitución, se suspendieron derechos y se persiguió a los chavistas casa por casa tras el golpe contra Hugo Chávez.
Esa película ya se vio. Y terminó fortaleciendo al chavismo y debilitando a la oposición.
Repetir ese guion, ahora con otros actores y otros discursos, sería un suicidio político y social.
La transición posible (no la perfecta)
La salida que hoy se explora —aunque nadie la proclame en voz alta— es imperfecta, pero viable:
-
garantías mínimas para el chavismo (sin purgas ni revanchas),
-
apertura económica gradual,
-
uso del petróleo como ancla de estabilización,
-
nuevas elecciones en un plazo razonable, con observación real,
-
espacio para nuevos liderazgos, no solo los de siempre.
No es justicia poética.
Es política para evitar la violencia.
La democracia no se construye sobre el odio ni sobre la humillación del adversario. Se construye sobre acuerdos incómodos, concesiones mutuas y un objetivo superior: que el país no se desangre otra vez.
Venezuela no necesita héroes mesiánicos ni vengadores tardíos.
Necesita una salida aceptable, no perfecta; estable, no épica; política, no militar.
Porque cuando la política se rinde ante la revancha, lo que llega después no es libertad: es caos.
