No fue una sorpresa.
Fue la confirmación de lo que muchos sospechábamos desde el primer día en que se eligió a esta Junta Nacional de Justicia.
Desde entonces se intuía con claridad cuál era su verdadero fin, cuáles eran sus tareas reales y a quiénes debía servir. Hoy ya no hay dudas: están cumpliendo el encargo mejor de lo que quienes los pusieron ahí pudieron imaginar.
La no ratificación del fiscal supremo Pablo Sánchez no es un hecho aislado ni técnico. Es un acto político, cuidadosamente ejecutado, dentro de una estrategia mayor de captura del sistema de justicia.
Había que sacarlo
Pablo Sánchez es una figura incómoda.
Respetable.
Con trayectoria.
Y, sobre todo, no sometida a los designios de la coalición que hoy gobierna de facto el Estado peruano.
Por eso tenía que salir.
Primero intentaron retirarlo de manera burda, apresurada, demasiado evidente. El costo político era alto, el escándalo inminente. Entonces esperaron. Congelaron el movimiento. Apostaron por el desgaste y por el trámite administrativo.
Y ahora, bajo el ropaje de una supuesta “evaluación técnica”, ejecutan el golpe.
Dicen, sin rubor alguno, que no reúne idoneidad ni integridad.
¿De verdad?
¿Quiénes hablan de idoneidad?
La pregunta es inevitable:
¿con qué autoridad moral habla hoy la JNJ de idoneidad?
¿qué nivel de legitimidad real tiene frente a la ciudadanía?
¿quién evalúa a los evaluadores?
Mientras fiscales y jueces incómodos son retirados, otros —con prontuarios conocidos, decisiones cuestionables y obediencias convenientes— pasan sin problemas los filtros “meritocráticos”.
No se trata de mejorar la justicia.
Se trata de alinearla.
Un mensaje disciplinador
La salida de Pablo Sánchez no es solo contra él. Es un mensaje dirigido a todo el sistema:
“El que no se somete, se va.”
Así se limpia el camino.
Así se vacían las instituciones desde dentro.
Así se construye un Estado dócil, funcional al poder político y económico que hoy manda sin haber ganado elecciones.
Y todo con comunicados pulcros, lenguaje burocrático y conferencias solemnes.
Advertencia final
Lo que está en juego no es una ratificación.
Es la independencia del Ministerio Público, es la posibilidad de que aún existan magistrados que no bajen la cabeza.
Hoy fue Pablo Sánchez.
Mañana será cualquier otro que no acepte órdenes disfrazadas de evaluaciones.
La JNJ ya eligió su lugar en la historia.
No como garante de la justicia, sino como instrumento del poder.
Y cuando la justicia cae,
la democracia cae detrás.
