La política peruana vuelve a demostrar que, cuando la presión ciudadana aprieta, incluso los acuerdos más sólidos del poder terminan resquebrajándose. Los partidos que conforman el cogollo gobernante del Congreso —y que además ejercen influencia directa sobre el Ejecutivo— se han visto obligados a respaldar la convocatoria de un pleno extraordinario para debatir la censura del presidente del Congreso, José Jerí. No por convicción, sino por necesidad.
Durante semanas, estos grupos intentaron contener el daño político, minimizar las denuncias y ganar tiempo. Sin embargo, el cerco de la opinión pública, amplificado por los medios y el creciente malestar ciudadano, los dejó sin margen de maniobra. Hoy, sumarse a la convocatoria del pleno no es un acto de valentía política, sino una jugada defensiva para no quedar del lado equivocado de la historia.
El caso de José Jerí no es menor. A las reuniones extraoficiales con empresarios chinos se suman serios cuestionamientos por presuntas contrataciones irregulares, hechos que comprometen no solo su imagen personal, sino la ya debilitada legitimidad del Congreso. En un contexto preelectoral, sostenerlo en el cargo se volvió políticamente insostenible.
El respaldo de Alianza para el Progreso y Podemos Perú permite a la oposición alcanzar las 78 firmas necesarias para convocar a una sesión plenaria de emergencia. Este dato es clave: sin ese apoyo, el proceso habría quedado entrampado. Con él, el escenario cambia radicalmente y abre la puerta a una censura que, hasta hace poco, parecía improbable.
Fuerza Popular, por su parte, ha optado por resistirse. Su argumento —la supuesta inestabilidad política a puertas de las Elecciones Generales del 12 de abril— resulta poco convincente para una ciudadanía que percibe, más bien, que la verdadera fuente de inestabilidad es la impunidad y el blindaje político. La negativa a firmar el pedido los va aislando progresivamente y los coloca bajo el foco de la crítica pública.
Si la presión social se mantiene, los mismos partidos que hoy aceptan debatir la censura podrían verse forzados a dar un paso más y votar a favor de la salida de Jerí. En política, el instinto de supervivencia suele pesar más que la lealtad interna, y este caso no parece ser la excepción.
Lo que está en juego no es solo la permanencia de un presidente del Congreso, sino el mensaje que el Parlamento envía al país: o se somete al escrutinio ciudadano y asume responsabilidades, o confirma, una vez más, que solo reacciona cuando ya no tiene escapatoria.
