El viejo partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre atraviesa hoy una de las encrucijadas más dramáticas de su historia. No se trata solo de una disputa electoral ni de un problema administrativo ante los órganos electorales. Lo que está en juego es la posibilidad misma de que el APRA vuelva a existir como proyecto político con sentido histórico, o termine de disolverse como un cascarón dominado por rencillas internas y resentimientos acumulados.
El Partido Aprista Peruano vive una crisis que coincide —no por casualidad— con un intento de relanzamiento empujado por nuevas generaciones que vieron cómo el partido tradicional peruano se derrumbó cuando olvidó sus orígenes, abandonó sus banderas y abdicó de su compromiso con los trabajadores manuales e intelectuales.
El APRA dejó de hablarle al pueblo cuando empezó a sentirse cómodo defendiendo a los grupos de poder, a los mismos con los que muchos de sus dirigentes convivieron sin pudor, incluso cuando la corrupción comenzó a carcomer la credibilidad moral del partido.
El romanticismo del retorno y el primer gran escollo
La nueva generación aprista —con todas sus limitaciones— tiene algo que el partido había perdido: romanticismo político. La convicción de que el APRA puede volver a ser un instrumento de transformación social, recuperando sus intactas banderas de Pan con Libertad, lema histórico que hoy suena casi subversivo en un país resignado al pragmatismo cínico.
Sin embargo, este intento de reverdecer encuentra su primer gran obstáculo no en los adversarios políticos, sino dentro del propio partido: las viejas guardias que no aceptan la derrota histórica del aprismo tradicional y que, paradójicamente, prefieren ver al APRA derrotado antes que aceptar que pueda renacer sin ellos como eje de poder.
La lista en suspenso: síntoma de un problema más profundo
Las disputas internas que mantienen en pausa la inscripción de la lista de diputados del APRA por Lima Metropolitana ante el Jurado Electoral Especial Lima Oeste 3 son solo la expresión visible de un conflicto más hondo.
Las impugnaciones, los cuestionamientos a la democracia interna y las denuncias por presunto desconocimiento de los resultados de las primarias revelan una lucha por el control del partido, no una preocupación genuina por su fortalecimiento.
Que figuras históricas como Mauricio Mulder o César Zumaeta encabecen reclamos internos no es anecdótico: simboliza la resistencia de un aparato que se niega a ceder paso, aun cuando ese inmovilismo ya demostró su fracaso ante el país.
¿Democracia interna o veto político?
Formalmente, el debate gira en torno a porcentajes de designación directa, orden de candidatos y respeto a las primarias. Políticamente, el fondo es otro: quién controla el futuro del APRA.
El propio candidato presidencial aprista, Enrique Valderrama, ha reconocido las observaciones y la espera de una decisión del órgano electoral. Pero el problema ya no está solo en el expediente: está en la voluntad de permitir —o impedir— que el partido se reconstruya desde otras manos y otras miradas.
El dilema final del aprismo
El APRA enfrenta hoy un dilema histórico:
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O permite que nuevas generaciones intenten rescatar su esencia popular, latinoamericanista y ética,
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O se aferra a una lógica de control interno que solo garantiza una derrota más digna para quienes ya fracasaron.
Las viejas guardias deben decidir si quieren ser guardianes de una tumba política o puentes hacia una renovación inevitable. Porque si el APRA vuelve a caer, no será por culpa de sus jóvenes, sino por la negativa de sus mayores a aceptar que los tiempos cambiaron y el partido ya no les pertenece.
Si el partido de la estrella no logra despojarse de sus ataduras internas, no habrá resurrección posible. Y entonces, Haya de la Torre no habrá sido traicionado por sus enemigos históricos, sino por sus propios herederos políticos, incapaces de entender que ninguna causa sobrevive cuando se antepone el ego al proyecto colectivo.
