El gobierno de Dina Boluarte sigue mostrando que carece de horizonte. Los recientes ajustes en el Gabinete Arana no revelan objetivos trascendentales ni una orientación renovada, sino simples reemplazos de figuras políticas, sin mayor trascendencia.
El regreso de Juan José Santiváñez al Ejecutivo, esta vez como ministro de Justicia, es la muestra más clara: un funcionario que fue censurado por su “manifiesta incapacidad” frente a la inseguridad ciudadana, vuelve ahora en otro sector clave, en lo que parece un movimiento más de conveniencia que de convicción.
A su lado, Fanny Montellanos pasó del Ministerio de la Mujer al MIDIS y Ana Peña Cardoza asumió la cartera de la Mujer. El resto del Gabinete se mantiene prácticamente inalterado, sin señales de giro político ni de voluntad de cambio real.
Cambios de forma, no de fondo
Lo que el país esperaba eran definiciones estratégicas: un rumbo frente a la crisis económica, un liderazgo claro frente a la inseguridad, una política social que vaya más allá de la improvisación. Sin embargo, el Gobierno optó por la rotación de ministros, una práctica que transmite más fragilidad que fortaleza.
El Gabinete Arana se mantiene como una fotografía congelada de la inercia política: nombres nuevos, problemas viejos y ninguna apuesta por reformas o iniciativas que generen confianza.
Un país en espera
Mientras el Congreso se consume en cálculos partidarios y el Ejecutivo en parches ministeriales, el Perú sigue sin dirección. La población enfrenta el alza del costo de vida, el deterioro de los servicios públicos y la violencia creciente, mientras la clase política se limita a jugar a las sillas musicales.
El mensaje es claro: los cambios en el Gabinete no modifican la orientación ni los énfasis del Gobierno, porque no existen objetivos trascendentales que los justifiquen. No hay plan, no hay visión, y cada juramentación se convierte en un acto de trámite más que en una señal de renovación.
El país necesita decisiones de fondo y un liderazgo con norte. Lo que tenemos, en cambio, es un Ejecutivo atrapado en su propia debilidad, que reemplaza ministros como si cambiara piezas desgastadas en un engranaje que ya no funciona. Un gobierno sin rumbo no solo pierde legitimidad, sino que condena al Perú a seguir navegando a la deriva.
