A seis días de las Elecciones Generales del 12 de abril, uno de cada cuatro peruanos sigue sin tomar una decisión frente a las urnas. Si sumamos a quienes declaran que no se han decidido, votarán en blanco o viciarán su cédula, las últimas encuestas publicadas antes del silencio electoral ubican ese universo entre el 35% y el 40% del electorado, según la encuestadora y el instrumento utilizado. Esto hace inútil cualquier intento de leer las encuestas como un pronóstico del resultado.
Una fotografía borrosa, no una predicción
Un error que hemos de evitar es tratar las encuestas como predicciones. No lo son. Son, en el mejor de los casos, una fotografía del momento. Y esa fotografía, en el proceso electoral peruano de 2026, llega consistentemente distorsionada por los sesgos que introduce la metodología de cada instrumento y los intereses de las empresas que encargan las encuestas.
En efecto, las encuestas por llamada telefónica llevan el sesgo del orden en que se presentan los candidatos al entrevistado, que influye directamente en la respuesta. Según estudios realizados en los recientes 5 años, quienes aparecen primero en la lista obtienen, en promedio, entre dos y cuatro puntos porcentuales adicionales respecto de los que se mencionan al final. A esto se suma el sesgo de deseabilidad social —la tendencia a dar la respuesta que el entrevistado cree que el encuestador espera—, agravado por el hecho de que tasas de que quienes contestan, no son una muestra representativa del electorado.
Mientras que las encuestas presenciales con tarjeta de candidatos corrigen parcialmente el problema de recuerdo; pero reproducen el sesgo de orden de presentación en formato visual: las candidaturas que aparecen primero en la tarjeta, reciben sistemáticamente más atención y más respuestas. Y la presencia del encuestador frente al entrevistado sigue operando: el voto no es secreto, y quien siente que su preferencia puede ser juzgada tiende a ajustar su respuesta hacia opciones percibidas como socialmente aceptables. Que en Perú distan de ser las que se perciben como «radicales».
El instrumento metodológicamente más preciso es la simulación con cédula y ánfora: el elector marca en privado una réplica de la papeleta oficial y deposita su voto sin que el encuestador lo vea, replicando las condiciones reales del sufragio. Sin embargo, en este proceso electoral ese instrumento ha sido utilizado de forma limitada.
Donde las encuestas sí ofrecen información confiable es en la identificación de tendencias: quién sube, quién baja, quién se estanca. Pues los sesgos metodológicos se mantienen constantes y permiten observar el movimiento real del electorado.
Pero el proceso peruano de 2026 ha mostrado un fenómeno: la «inflación» estadística de candidaturas. Casos más llamativos fueron los de los candidatos Spa y Grozo— que en pocas semanas escalaron a posiciones de liderazgo en los sondeos y luego desaparecieron del grupo puntero con la misma velocidad, sin que sus propuestas programáticas ni su presencia territorial justificaran ese movimiento.
El fenómeno ha generado sospechas fundadas sobre si otras candidaturas no estarían beneficiándose —o perjudicándose— de mecanismos similares de manipulación estadística orientados a moldear la voluntad de los electores. Las encuestas, cuando se difunden masivamente, no solo miden preferencias: también las construyen. Y los mecanismos por los que esto ocurre están bien documentados en la ciencia política y la psicología del comportamiento electoral.
Uno de ellos es el sesgo de silenciamiento de preferencias estigmatizadas: los electores que apoyan a candidatos percibidos como «radicales» tienden a ocultar esa preferencia ante los encuestadores. En el Perú de 2026, ese sesgo opera con particular intensidad sobre las candidaturas que el discurso mediático y político ha etiquetado como extremas.
La decisión es del elector, no de la empresa encuestadora ni sus contratantes.
En un proceso con 35 candidatos, cinco cuerpos en la cédula y un tercio del electorado aún sin decidir, ninguna encuesta puede decirle al ciudadano por quién votar. Sí puede ayudarle a entender el campo de juego. La decisión, en cambio, pertenece a la conciencia de cada elector: a sus valores, a su lectura del país y a la esperanza que quiere depositar en las urnas.
