No es caos, es estrategia. Detrás de la inestabilidad recurrente hay intereses internos y externos que han encontrado en un Estado débil y en gobiernos efímeros la fórmula ideal para el saqueo sistemático de recursos y el control geopolítico.
Decir que el Perú atraviesa una crisis política se ha vuelto un lugar común, casi un estribillo cansino que repiten los noticieros cada seis meses. Pero hay una pregunta que casi nunca se formulan con honestidad: ¿y si esta crisis no fuera un accidente, ni fruto de la incompetencia generalizada, sino una condición inducida, diseñada y mantenida intencionalmente?
La hipótesis es incómoda, pero cada vez gana más terreno en el análisis político serio: al Perú le conviene estar mal a ciertos actores internos y externos. Porque un país en crisis permanente es un país débil. Y un país débil es presa fácil.
Crisis inducida: el negocio del desorden
Cuando un gobierno dura poco, cuando los presidentes se suceden en medio de vacancias, disoluciones congresales o renuncias forzadas, el Ejecutivo llega a cada nueva gestión con las manos atadas. No hay tiempo para planificar a largo plazo, no hay legitimidad suficiente para emprender reformas estructurales, y la urgencia por obtener recursos rápidos para atender la creciente demanda social obliga a ceder en lo único que le queda: las concesiones a los grandes inversionistas, mayoritariamente extranjeros.
¿El resultado? Contratos mineros y energéticos firmados en condiciones desventajosas para el país, estándares ambientales rebajados, estabilidad jurídica a perpetuidad para el capital trasnacional, y una recaudación fiscal que sigue siendo una de las más bajas de la región en relación al PBI minero extraído.
En esa ecuación, hay dos países que históricamente han visto con buenos ojos —por decir lo menos— la inestabilidad peruana. Estados Unidos valora tener en la región un socio predeciblemente dócil, que no cuestione el orden neoliberal ni se alinee con bloques alternativos como el BRICS o la nueva izquierda sudamericana. Y Chile, por razones geopolíticas más directas: un Perú fuerte, con personalidad propia y con capacidad de renegociar el laudo de La Haya o de competir seriamente en puertos y espacios logísticos, no le conviene.
Así, la crisis perpetua convierte al Perú en un peón díscolo pero funcional: sin norte propio, sin identidad estratégica, y siempre disponible para alinearse con quien ofrezca migajas de estabilidad inmediata.
La ingeniería criolla que sí funciona
Pero toda crisis inducida necesita ejecutores locales. Y aquí aparece lo más notable del fenómeno peruano: la inteligencia política criolla que, durante años, ha modificado silenciosamente las reglas del juego para garantizarse el control del Estado sin necesidad de ganar elecciones por mayoría.
El plan ha sido meticuloso. No nació ayer. Comenzó con modificaciones clave a las leyes electorales y constitucionales, aprovechando mayorías circunstanciales en el Congreso. Los actores principales han sido dos partidos que, pese a su reciente enfrentamiento aparente, funcionan como gemelos ideológicos: Fuerza Popular (FP) y Renovación Popular (RP).
¿Qué lograron con paciencia quirúrgica?
1. Copar todos los estamentos del Estado. No se trata solo del Congreso. Han colocado afines en el Tribunal Constitucional, en la Junta Nacional de Justicia, en la Defensoría del Pueblo, en el Ministerio Público (Fiscalía de la Nación). Y en los últimos meses han avanzado hacia la toma de la Oficina de la Ombudsman y, próximamente, del Jurado Nacional de Elecciones y del Poder Judicial.
¿El resultado? Un Estado secuestrado desde adentro, donde los frenos y contrapesos ya no funcionan porque quienes deberían controlar son los mismos que aprueban las jugadas.
2. Reforma congresal a la medida. Eliminaron el Congreso unicameral —que ya era poco representativo— y crearon un sistema bicameral con un Senado diseñado para ser inexpugnable. Ese Senado, con poderes omnímodos, es prácticamente imposible de cerrar o fiscalizar. En la práctica, han blindado una cámara de por vida para sus intereses.
3. Eliminación de las elecciones primarias. Este movimiento es maestro. Sin primarias, los partidos tradicionales evitan el desgaste interno y, sobre todo, impiden que surjan liderazgos alternativos o candidatos ciudadanos. El voto se dispersa entre decenas de candidatos independientes y movimientos regionales. Y en ese mar de fragmentación, quienes tienen un voto duro del 8% o 10% —como FP y RP— pasan fácilmente a segunda vuelta.
Ya lo aprendieron en elecciones pasadas. Con ese piso mínimo, y con la oposición dividida en 15 o 20 candidatos, logran colarse en el balotaje aunque la mayoría del país los rechace. Y una vez en segunda vuelta, la polarización y el miedo al «otro» hacen el resto.
El síntoma más reciente: el Congreso más poderoso de la historia
Hoy, el Congreso peruano (con sus dos cámaras) concentra un poder que ningún otro poder del Estado puede contrarrestar. Puede vacar presidentes, censurar ministros, modificar leyes a voluntad, designar y destituir autoridades clave, y controlar el presupuesto público sin contrapeso efectivo.
El Ejecutivo, entretanto, ha quedado reducido a una gerencia administrativa de corto plazo, con escasa capacidad de iniciativa y permanentemente amenazado por una vacancia o una cuestión de confianza.
Este no es un sistema democrático funcional. Es una democradura: una fachada democrática con mecanismos autoritarios operando desde la legalidad.
¿Hacia dónde va esto?
Si la estrategia se consuma —y todo indica que va por buen camino—, el Perú tendrá un Senado cooptado de por vida, un JNE controlado, un Tribunal Constitucional alineado, un Ministerio Público sin independencia, y un Poder Judicial que fallará a favor de quienes lo nombraron.
El objetivo final es claro: impedir a toda costa que un gobierno progresista o de izquierda radical llegue al poder y, si llegara, hacerlo ingobernable desde el primer día.
Ya lo ensayaron con Pedro Castillo —con vacancia, asedio judicial y presión mediática sistemática—. El modelo aprendido se perfecciona ahora para el próximo ciclo electoral.
Conclusión: no es crisis, es régimen
Lo que vive el Perú no es una crisis. Una crisis, por definición, es algo temporal y resoluble. Lo que hay es un régimen de inestabilidad controlada, mantenida desde la ingeniería legislativa, la captura de instituciones y la complicidad de factores externos que prefieren un Perú sin rumbo antes que un Perú soberano.
El gran drama es que la ciudadanía aún no ha comprendido la magnitud de esta operación. Sigue creyendo en el «mal menor», en la «gobernabilidad a cualquier precio», en que «todos son iguales». Pero no lo son. Unos han jugado el ajedrez de fondo; otros apenas mueven fichas sobre un tablero ya decidido.
