La edición de junio de 2026 de la conocida lista TOP500, referencia mundial para evaluar la capacidad de cálculo de las infraestructuras más avanzadas del planeta, ha puesto fin a una década de liderazgo ininterrumpido de Estados Unidos al situar al sistema chino LineShine, instalado en el Centro Nacional de Supercomputación de Shenzhen, en el primer puesto con un rendimiento registrado de 2,198 exaflops en la prueba estándar de medición, superando en casi un veinte por ciento al supercomputador estadounidense El Capitan, que se mantenía en la cima desde hacía años y alcanza los 1,809 exaflops; se trata de la primera vez desde el año 2017 que una máquina desarrollada en China ocupa esta posición, y lo hace con una arquitectura totalmente distinta a la habitual, ya que prescinde por completo de las unidades de procesamiento gráfico que fabrican empresas extranjeras y que utilizan prácticamente todos sus competidores, basando toda su potencia en procesadores propios modelo LX2 —atribuidos a la empresa Huawei— que cuentan con arquitectura ARMv9, más de trece millones de núcleos de cálculo distribuidos por todo el sistema y la capacidad de resolver operaciones complejas de forma totalmente autónoma, un diseño que surge directamente como respuesta a los vetos y restricciones comerciales internacionales que limitan la entrada de componentes extranjeros al país y que ha sido posible llevar a cabo sin recurrir a financiación pública, contando únicamente con inversión procedente del sector privado.
Los expertos en computación de altas prestaciones señalan además que esta clasificación, aunque muy prestigiosa, no refleja la totalidad de la potencia informática disponible hoy en día, ya que deja fuera los grandes conjuntos de servidores que construyen las mayores empresas tecnológicas del mundo para dar servicio a sus modelos de inteligencia artificial, sistemas que en teoría alcanzarían registros muy superiores si participaran en la lista pero que responden a objetivos y diseños totalmente diferentes que no permiten una comparación directa: mientras que los supercomputadores tradicionales como LineShine o El Capitan están obligados a trabajar con una precisión matemática absoluta de sesenta y cuatro bits para realizar simulaciones científicas, estudios climáticos o cálculos de ingeniería donde el más mínimo error de redondeo puede cambiar por completo el resultado final, las infraestructuras dedicadas a la inteligencia artificial aceptan de forma deliberada aproximaciones y niveles de precisión mucho más bajos para poder procesar mayor cantidad de información en menos tiempo, lo que les da una velocidad muy superior aunque no puedan reemplazar a estas máquinas en tareas que exijan exactitud total.
