La ola de calor que esta semana saturó Europa y llevó a Francia a su jornada más tórrida desde 1947 reabrió una pregunta en Argentina: si un episodio de este tipo puede repetirse en el verano local, en un contexto de temperaturas globales en aumento y eventos extremos cada vez más frecuentes.
La respuesta corta es sí, pero con matices. Marcelo Madelón, meteorólogo en el Aeropuerto de Córdoba, dijo a Infobae: “En Argentina todos los veranos tenemos olas de calor. Depende el año a veces son más y otros años menor cantidad. Suele haber por verano entre 4 a 10 olas de calor».
Por su parte, Mauricio Saldívar meteorólogo y doctor en Geografía planteó que es lógico que las olas de calor del verano europeo puedan replicarse en el verano argentino, aunque con diferencias de intensidad y de contexto atmosférico.
Saldívar sostuvo que Argentina atraviesa episodios más frecuentes y prolongados, aunque sin alcanzar la magnitud observada en Europa o en Estados Unidos. Entre las razones mencionó tanto factores hemisféricos como otros locales, incluido el efecto de isla de calor urbano.
Horacio Sarochar, otro de los meteorólogos consultados por Infobae, puso el foco en la próxima temporada estival. “El Servicio Meteorológico elabora pronósticos trimestrales en base a la climatología pero estos llegan hasta agosto, falta mucho para nuestro verano. Sin embargo y en combinación con el fenómeno de El Niño que se dará, es muy probable que haya más olas de calor, con temperaturas medias algo superiores a las normales y lluvias también por encima de lo normal”.
Saldívar siguió: “Si bien el marco que impone el calentamiento global hace que en todo el planeta la temperatura media global haya aumentado poco más de 1,3 °C si la comparamos con las temperaturas de la era preindustrial, ese calentamiento no es igual en todo el planeta: el Ártico se calienta casi 4 veces más rápido que el resto del mundo, le sigue Europa a prácticamente el doble y en tercer lugar la Antártida».
Según Saldívar, el hemisferio norte se calienta y se enfría más rápido que el sur por su mayor continentalidad. Agregó: “Aquí la superficie de los océanos funciona como un termoregulador, haciendo que los extremos no sean tan marcados”.
El especialista también vinculó las olas de calor europeas con cambios en los patrones meteorológicos del hemisferio norte y con la cercanía al Ártico, que favorece situaciones de bloqueo atmosférico. “Por el calentamiento global, se alteran las corrientes en chorro sobre el Ártico, lo que potencia esos bloqueos haciendo que Europa se transforme en una aspiradora del calor del norte de África y del desierto del Sahara”, afirmó.
Madelón explicó además cómo se define el fenómeno: “Hay que recordar que se entiende por ola de calor cuando durante tres días consecutivos tanto mínimas como máximas son lo suficientemente elevadas como para decretar esa ola de calor”. También señaló que los veranos muy lluviosos, por la nubosidad, suelen inhibir estos episodios, mientras que los períodos prolongados de sequía favorecen su aparición porque elevan mucho las temperaturas máximas.
Gerardo Barrera, meteorólogo por la UBA, resumió esa diferencia con una frase breve: “Las situaciones estacionales siempre pueden ocurrir. Nuestras olas de calor son de origen distinto, pero cuando ocurren también son importantes”.
Una ola de calor se define como un período excesivamente cálido en el que las temperaturas máximas y mínimas superan, durante al menos tres días consecutivos y de forma simultánea, umbrales que varían según cada localidad. El sistema de alertas tempranas por olas de calor y salud del Servicio Meteorológico Nacional busca anticipar esas situaciones y sus posibles efectos sanitarios.
Según los datos del SMN, en Buenos Aires hubo más de 60 olas de calor entre 1965 y principios de 2026. La más extensa duró nueve días, entre el 22 y el 30 de diciembre de 2013, con una temperatura máxima absoluta de 39 °C.
Un trasfondo de estos episodios es el cambio climático. Según la Organización de las Naciones Unidas, la acumulación de gases de efecto invernadero proviene de la quema masiva de combustibles fósiles, la deforestación, la producción industrial, el transporte basado en petróleo y sus derivados y la producción de alimentos.
Un estudio publicado en Nature Climate Change indicó que los episodios de calor extremo aumentaron en frecuencia e intensidad en todas las regiones del planeta. Desde los años setenta, las temperaturas máximas crecieron en promedio 0,27 °C por década y las mínimas nocturnas 0,32 °C por década.
El trabajo también señaló que en Europa los días con estrés térmico severo ocurren hoy 2,5 veces más que en los años setenta. Las llamadas noches tropicales, cuando la mínima no baja de 20 °C, también se volvieron más frecuentes y dificultan la recuperación del cuerpo después del calor diurno.
Ese estudio agregó otro dato de alcance global: en los años setenta, el 55% de la población mundial vivía al menos 90 días al año bajo estrés térmico fuerte; hoy esa proporción llega al 70%. La expansión geográfica del fenómeno alcanzó regiones que antes no experimentaban estos extremos.
La exposición al calor afecta de manera especial a personas mayores, niños, pacientes con enfermedades crónicas, trabajadores al aire libre y quienes viven en viviendas mal acondicionadas. La Organización Mundial de la Salud advirtió que el calor extremo puede causar agotamiento, golpes de calor, deshidratación severa y complicaciones fatales en personas con patologías preexistentes.
En Francia, la media nacional llegó a 29,7 °C y en algunos puntos se superaron los 43 °C, mientras el episodio seguirá al menos hasta el jueves y recién el viernes se espera un descenso progresivo desde la fachada atlántica. En el resto de Europa también hubo efectos concretos: España alcanzó 44 °C, en Bélgica se cancelaron trenes en horas pico para evitar averías, y en Alemania tormentas severas interrumpieron la final del Berlin Open.
El fenómeno que especialistas vinculan con este episodio es un domo de calor: una zona amplia y persistente de alta presión en las capas altas de la atmósfera que favorece la acumulación de aire caliente durante varios días o más tiempo. La Real Sociedad Meteorológica, en Reading, Inglaterra, lo compara con la tapa de una olla, porque impide que el aire ascienda, reduce la formación de nubes y permite que la radiación solar caliente el suelo de manera continua.
De acuerdo con Météo-France, estos sistemas persistentes de alta presión también bloquean o desvían frentes meteorológicos, lo que deja escasa nubosidad y pocas precipitaciones. Esa combinación ayuda a que el calor se mantenga y se intensifique.
