Medio Ambiente

¿Puede el cambio climático aumentar la frecuencia e intensidad de los terremotos? Las respuestas científicas

El terremoto de magnitud 7,4 que afectó a Colombia dejó víctimas, graves daños en edificaciones y se sintió en numerosas ciudades del país. Casi dos meses antes, el 24 de junio, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 estremecieron el noroeste de Venezuela, con réplicas y destrucción en zonas urbanas. Estos eventos extremos mantienen en alerta a la región andina y abren una pregunta inquietante sobre el papel de factores menos visibles en la dinámica sísmica.

Más allá de la explicación centrada en el movimiento de las placas tectónicas, surge una línea de investigación que relaciona el cambio climático con la actividad sísmica y volcánica. Los episodios de deshielo acelerado, las precipitaciones intensas o los prolongados periodos de sequía alteran el peso y la presión sobre la corteza terrestre. Estas modificaciones pueden actuar como detonantes o aceleradores de terremotos y erupciones en zonas sensibles, lo que abre un nuevo capítulo en la comprensión de los riesgos naturales y su vínculo con la crisis ambiental.

El geólogo Gustavo Ortiz explicó a Infobae que es importante distinguir entre los distintos tipos de sismos al analizar la posible influencia del cambio climático. Señaló que los terremotos tectónicos, como los ocurridos en Colombia y Venezuela, responden a procesos naturales asociados al movimiento de placas, sin evidencia científica que relacione su frecuencia o magnitud con el clima.

Remarcó que existen otros tipos de sismicidad vinculados a la acción humana, como los eventos generados por la inyección de agua en profundidad, el fracking, la minería o la extracción de hidrocarburos, donde sí pueden observarse efectos indirectos del cambio climático. También advirtió que fenómenos como el llenado de grandes embalses provocaron eventos sísmicos significativos en países como China y que, en todos estos casos, los episodios suelen ser menores y están cuidadosamente monitoreados.

Ortiz subrayó que, hasta el momento, no existe consenso científico que vincule el cambio climático con terremotos de gran magnitud. Sin embargo, identifica un importante mecanismo que se lleva a cabo a través de la pérdida de grandes masas de hielo. “Cuando los glaciares se derriten por el calentamiento, dejan de ejercer presión sobre la corteza y ese rebote elástico genera sismos, generalmente de magnitud baja”, detalló.

El profesor de geografía física y riesgos naturales en Coventry University, Matthew Blackett, realizó un análisis detallado sobre la relación entre el clima y los terremotos en un artículo publicado en The Conversation. El especialista explica que los glaciares en retroceso y los aumentos en la precipitación modifican las cargas sobre la corteza terrestre.

En regiones como el Himalaya, las lluvias monzónicas acumulan hasta cuatro metros de agua sobre la superficie, lo que añade peso y ejerce una compresión que estabiliza la corteza terrestre. Cuando termina la temporada de lluvias, que dura desde junio a septiembre, y ese peso desaparece, la corteza experimenta un “rebote”, fenómeno que la vuelve más inestable y favorece la aparición de terremotos. De acuerdo con Blackett, el 48% de los sismos en el Himalaya ocurre durante los meses secos previos al monzón (de marzo a mayo), mientras que solo el 16% se registra durante la época de lluvias.

El experto detalla que, al final de la última era de hielo, el deshielo de enormes glaciares quitó una carga gigantesca de la superficie terrestre. Esto permitió que la corteza, antes aplastada por el peso del hielo, subiera de forma brusca en un proceso llamado “rebote isostático”. Ese levantamiento repentino provocó terremotos muy potentes en lugares como Escocia y Escandinavia hace entre 11.000 y 7.000 años, algunos con una magnitud superior a 8. Según Blackett, el actual derretimiento de glaciares podría tener consecuencias parecidas en otras regiones del mundo.

Un estudio reciente de la Colorado State University (CSU) muestra que, en las Montañas Sangre de Cristo de Colorado, el retroceso rápido de los glaciares después de la última era de hielo permitió que una de las fallas principales comenzara a moverse mucho más rápido. Los investigadores calcularon que la velocidad de desplazamiento de esta falla se multiplicó por cinco en comparación con los periodos en los que la zona estaba cubierta de hielo. Esta aceleración se relaciona directamente con la pérdida de peso que ejercían los glaciares sobre la corteza, lo que facilitó los movimientos sísmicos.

El equipo de la CSU calculó el peso que tenían los antiguos glaciares sobre la montaña y determinó que, cuando el hielo se derritió, esa presión dejó de “atar” la falla, lo que permitió que la tierra se moviera con mayor facilidad. Cece Hurtado, autora principal del estudio, afirmó: “Este trabajo demuestra que a medida que el cambio climático altera las cargas de hielo y agua, las zonas tectónicamente activas pueden experimentar más terremotos”. Los especialistas consideran que estos resultados obligan a tener en cuenta los efectos del agua y el hielo en el análisis del riesgo sísmico y en la reconstrucción de la historia de los terremotos en distintas regiones.

Un estudio publicado en Earth and Planetary Science Letters analizó quince años de registros sísmicos en el macizo de Mont Blanc, entre Francia e Italia, y detectó que desde 2015 la zona experimenta más terremotos y de manera regular cada año. El trabajo se centró en el sector de Grandes Jorasses y concluyó que, cuando llega el deshielo, el agua se filtra a través de las fracturas profundas de la montaña. Esta infiltración cambia la presión en el subsuelo y sobre la superficie, lo que puede hacer que fallas que estaban inactivas vuelvan a moverse.

El equipo utilizó modelos que simulan cómo se mueve el agua bajo tierra y datos obtenidos en el túnel de Mont Blanc. Descubrieron que los picos de actividad sísmica coinciden con la llegada del agua de deshielo, sobre todo en otoño, y que las olas de calor recientes y el retroceso de glaciares y permafrost cambiaron las rutas por las que el agua se infiltra. Esto hace que aumente el riesgo de terremotos en las zonas de montaña.

Por otro lado, Blackett expone que en Islandia, la retirada de los glaciares también incrementó la actividad volcánica. El peso del hielo funciona como una tapa que impide la formación de magma. Cuando el hielo desaparece, la corteza se aligera y permite que se genere más magma, lo que eleva el peligro de erupciones. El impacto del agua sobre la corteza no se limita a los glaciares: grandes embalses, lluvias intensas o cambios abruptos en lagos y ríos también pueden modificar la actividad sísmica, como se vio en la Falla de San Andrés en California y en zonas de Japón.

En el Sistema del Rift de África Oriental, una extensa fractura geológica que atraviesa el este del continente y que se caracteriza por la formación de profundas fallas, volcanes y grandes lagos, el vínculo entre el clima y los movimientos de la corteza también es objeto de estudio. Este sistema marca la separación gradual de placas tectónicas y genera una de las zonas sísmicas y volcánicas más activas del mundo.

Una investigación publicada en Scientific Reports analizó cómo la transición hacia un clima más seco tras el Período Húmedo Africano, que se extendió hace aproximadamente entre 9.600 y 5.300 años, generó una caída del nivel del Lago Turkana de entre 100 y 150 metros. Esta reducción del peso sobre la corteza incidió directamente en el aumento de la actividad de fallas en la región.

El estudio comprobó que las fallas en la zona empezaron a moverse más rápido: en promedio, el desplazamiento aumentó 0,17 milímetros por año en 27 fallas analizadas. Los investigadores identificaron dos causas principales. Por un lado, al reducirse la cantidad de agua en el lago, la corteza perdió peso y se volvió más propensa a fracturarse.

Por otro, la menor presión permitió que se formara más magma en las cámaras subterráneas, lo que también favoreció el movimiento de las fallas. El equipo destacó: “Ofrecemos la primera evidencia empírica de que los cambios en el clima inducen mayor actividad en fallas por variaciones en los niveles de los lagos”.

Estas conclusiones coinciden con observaciones históricas y modelizaciones en otras regiones, donde la descarga de grandes masas de agua o hielo, o la acumulación repentina de sedimentos, alteran el estado de esfuerzos en la corteza y modifican la periodicidad y la magnitud esperable de los terremotos.

 

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