La revolución tecnológica mundial está elevando el valor estratégico de nuestros minerales. El Perú debe dejar de comportarse como un simple proveedor de materias primas y comenzar a negociar como un país consciente de la riqueza que posee y del futuro que puede construir con ella.
Por: Mudo Social
El mundo está cambiando a una velocidad extraordinaria. La inteligencia artificial, la robótica, la transición energética, los vehículos eléctricos, los paneles solares, los centros de datos, la industria aeroespacial y las nuevas tecnologías militares están transformando la economía mundial. Detrás de esta revolución tecnológica existe una necesidad que pocas veces ocupa el centro de las discusiones políticas: todas estas industrias requieren cantidades crecientes de minerales estratégicos.
Y aquí aparece una oportunidad histórica para el Perú.
Nuestro país es uno de los principales productores mundiales de cobre y plata, además de contar con importantes recursos de oro y otros minerales. No estamos hablando de una riqueza marginal ni de una ventaja económica pasajera. Estamos hablando de recursos que forman parte de las cadenas de suministro de las industrias que están definiendo el desarrollo tecnológico del siglo XXI.
El cobre es indispensable para la electrificación, las redes de transmisión, los motores eléctricos, los sistemas de refrigeración, los centros de datos y la infraestructura que sostiene la inteligencia artificial. La plata tiene aplicaciones fundamentales en la electrónica, los paneles fotovoltaicos y diversos componentes tecnológicos. El oro, además de su función monetaria y financiera, posee propiedades de conductividad y resistencia a la corrosión que lo hacen valioso para la electrónica y la industria de alta tecnología.
La Agencia Internacional de Energía viene advirtiendo sobre las necesidades crecientes de minerales críticos. Particularmente, el cobre enfrenta desafíos de oferta por la disminución de las leyes minerales, los largos tiempos de desarrollo de nuevos proyectos y la insuficiente inversión exploratoria.
La demanda asociada a la electrificación, las energías renovables y los centros de datos plantea una perspectiva de largo plazo.
Por tanto, el Perú tiene ante sí una oportunidad que debe ser comprendida en toda su dimensión: poseemos parte de los recursos que el mundo necesita para desarrollar las tecnologías del futuro.
La pregunta es si nuestros gobernantes, nuestras instituciones y nuestra clase dirigente están preparados para entenderlo.
SE ACABÓ EL TIEMPO DE NEGOCIAR COMO SI EL PERÚ NO TUVIERA ALTERNATIVAS
Durante décadas, nuestra economía ha mantenido una relación de dependencia con la exportación de materias primas. Extraemos minerales, los concentramos, los embarcamos y los enviamos a los grandes centros industriales del mundo.
Después compramos los productos manufacturados, los componentes electrónicos, las maquinarias y los equipos tecnológicos que se fabrican utilizando precisamente los recursos que nosotros exportamos.
Es una relación económica que merece una revisión profunda.
No estamos cuestionando la actividad minera ni la inversión privada. La minería constituye una de las principales fuentes de divisas, empleo, recaudación tributaria e inversión del Perú. El problema es que hemos terminado acostumbrándonos a desempeñar el papel de proveedores de materias primas, sin desarrollar suficientemente las capacidades industriales y tecnológicas que podrían multiplicar el valor de nuestra riqueza.
En 2025, las exportaciones mineras peruanas alcanzaron aproximadamente US$61.489 millones, equivalentes al 66,5% de las exportaciones totales del país, según la información recogida en la Memoria Institucional 2025 del Instituto de Ingenieros de Minas del Perú, sobre la base de cifras del Banco Central de Reserva.
El cobre generó alrededor de US$28.130 millones y el oro US$23.243 millones. Son cifras extraordinarias que demuestran la importancia de nuestra riqueza mineral para la economía nacional.
Sin embargo, debemos formular una pregunta que no puede seguir postergándose: ¿estamos obteniendo el máximo beneficio posible de esta riqueza?
No basta con celebrar los récords de exportación. Debemos examinar cuánto valor agregado permanece en el país, cuánto conocimiento desarrollamos, cuántos empleos industriales generamos y qué patrimonio estamos construyendo para las futuras generaciones.
Un país que posee recursos estratégicos debe aprender a negociar. No puede sentarse a una mesa de negociación como si estuviera desesperado por encontrar compradores. Debe conocer el mercado, estudiar la demanda, evaluar las alternativas comerciales y establecer condiciones que permitan obtener el mayor beneficio económico y social dentro de un marco contractual estable.
EL MERCADO INTERNACIONAL NECESITA NUESTROS MINERALES: DEBEMOS APRENDER A NEGOCIAR
Aquí se encuentra uno de los cambios de mentalidad que el Perú necesita incorporar a su política económica.
No estamos obligados a negociar nuestros recursos desde una posición de debilidad. Somos un país productor de minerales que tienen importancia estratégica para las principales economías industriales del planeta.
Estados Unidos, China, Japón, Alemania, Corea del Sur y las economías europeas necesitan asegurar el suministro de cobre, plata, oro y otros minerales fundamentales para sus industrias.
La competencia por garantizar cadenas de abastecimiento seguras está modificando las relaciones comerciales internacionales. Los minerales han dejado de ser solamente mercancías para convertirse también en instrumentos de seguridad económica y tecnológica.
En consecuencia, el Perú debe desarrollar una política comercial minera mucho más sofisticada.
Necesitamos equipos negociadores de primer nivel, integrados por economistas, especialistas en mercados internacionales, ingenieros de minas, expertos en tecnología, abogados especializados en contratos y profesionales con experiencia en comercio de minerales.
Pero hay una condición indispensable: esos equipos deben actuar con solvencia técnica, independencia, integridad moral y absoluta transparencia.
No pueden responder a intereses empresariales particulares, compromisos políticos ni relaciones que comprometan su independencia. Su mandato debe ser defender el interés nacional.
Tenemos que conocer cuánto valen nuestros minerales, cuáles son sus perspectivas de demanda, qué países están dispuestos a pagar mejores condiciones, qué oportunidades existen para procesarlos industrialmente y qué beneficios adicionales podemos obtener mediante contratos de largo plazo.
No se trata de imponer condiciones arbitrarias ni de desconocer los compromisos asumidos. Se trata de dejar de negociar a ciegas.
NO PODEMOS SEGUIR EXPORTANDO RIQUEZA Y COMPRANDO DESARROLLO
Uno de los mayores desafíos del Perú es avanzar desde la extracción minera hacia una verdadera industrialización de nuestros recursos.
¿Por qué no desarrollar una industria nacional de transformación del cobre? ¿Por qué no ampliar nuestras capacidades de refinación y producción de cátodos, alambrón, conductores eléctricos y componentes industriales?
¿Por qué no desarrollar una industria vinculada a la plata, aprovechando su utilización en tecnologías fotovoltaicas, electrónica y aplicaciones especializadas?
¿Por qué no construir cadenas productivas que aprovechen los minerales para fabricar componentes, equipos y materiales que hoy importamos?
No estamos planteando que mañana el Perú pueda fabricar semiconductores de última generación o competir inmediatamente con las grandes potencias tecnológicas. Estamos proponiendo construir capacidades industriales progresivas, con inversiones, transferencia tecnológica, investigación universitaria y asociaciones con empresas internacionales.
El objetivo debe ser que una proporción cada vez mayor del valor generado por nuestros recursos permanezca en el territorio nacional.
Para ello necesitamos energía competitiva, infraestructura logística, puertos modernos, parques industriales, centros de investigación y una política de formación de técnicos e ingenieros.
La minería debe convertirse en el punto de partida de una transformación productiva mucho más amplia.
LOS RECURSOS MINERALES NO SON INAGOTABLES: HAY QUE ADMINISTRARLOS PENSANDO EN EL FUTURO
Existe otro asunto que nuestros gobernantes parecen olvidar: los recursos minerales son finitos.
El cobre, la plata y el oro que extraemos hoy no estarán disponibles indefinidamente. Cada tonelada que sale del subsuelo representa una parte de un patrimonio natural que no podrá recuperarse en las mismas condiciones.
Por eso, la política minera no puede reducirse a producir cada vez más toneladas y exportarlas cuanto antes.
Necesitamos una planificación estratégica de la explotación, considerando las reservas disponibles, las perspectivas de demanda, los precios internacionales, la capacidad de procesamiento nacional y las necesidades de las futuras generaciones.
Esto no significa paralizar la minería ni imponer restricciones improvisadas. Significa aprovechar racionalmente los recursos, evitar el desperdicio, impulsar la exploración responsable y establecer una estrategia de producción que concilie rentabilidad, sostenibilidad y desarrollo nacional.
También debemos fortalecer el reciclaje de metales. La recuperación del cobre, la plata y otros materiales provenientes de equipos electrónicos, vehículos, baterías e instalaciones industriales será cada vez más importante para la seguridad de los suministros.
La riqueza minera debe administrarse con una visión intergeneracional. No podemos permitir que una generación consuma el patrimonio natural sin construir, al mismo tiempo, nuevas fuentes de riqueza para las que vienen después.
EL DINERO DE LA MINERÍA DEBE CONVERTIRSE EN DESARROLLO NACIONAL
La minería genera enormes ingresos, pero el verdadero éxito de una política económica no debe medirse únicamente por los montos exportados o los impuestos recaudados.
Debe medirse por la transformación que esos recursos producen en la vida de los ciudadanos.
En 2025, las transferencias a los departamentos por concepto de canon minero, regalías y derecho de vigencia y penalidad superaron los S/10.045 millones, según el Ministerio de Energía y Minas.
Es una cantidad considerable. Sin embargo, el desafío consiste en convertir esos ingresos en obras, servicios y capacidades productivas que permanezcan en el tiempo.
El país necesita una estrategia nacional que oriente los recursos provenientes de la minería hacia:
- Infraestructura: carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos, redes eléctricas y conectividad digital.
- Salud: hospitales modernos, centros de atención primaria, equipamiento médico y formación de profesionales.
- Educación: colegios de calidad, universidades públicas fortalecidas, institutos tecnológicos y centros de investigación.
- Industrialización: parques industriales, plantas de procesamiento, cadenas de proveedores nacionales y producción manufacturera.
- Ciencia y tecnología: investigación aplicada, inteligencia artificial, automatización, robótica y desarrollo de nuevos materiales.
- Agricultura y desarrollo productivo: irrigación, tecnología agrícola, cadenas agroindustriales y acceso a mercados.
- Capital humano: formación técnica y profesional para que los peruanos puedan participar en las industrias de mayor valor agregado.
Necesitamos superar la práctica de utilizar la riqueza minera como un ingreso coyuntural para financiar obras dispersas, muchas veces sin articulación con una estrategia de desarrollo.
El Perú debe construir un patrimonio productivo que continúe generando riqueza cuando los minerales se hayan agotado.
UNA POLÍTICA MINERA DE ESTADO, NO DE CADA GOBIERNO
Una transformación de esta naturaleza no puede depender de la voluntad de un presidente, de un ministro o de una administración gubernamental.
Debe convertirse en una política de Estado, respaldada por acuerdos nacionales y compromisos institucionales de largo plazo.
La Constitución, en su artículo 66, establece que los recursos naturales renovables y no renovables son patrimonio de la Nación y que el Estado es soberano en su aprovechamiento.
Este principio debe traducirse en una política pública concreta.
Proponemos abrir un debate nacional para construir una nueva estrategia de aprovechamiento de los recursos minerales, con los siguientes componentes:
1. Una política nacional de minerales estratégicos.
Identificar los recursos fundamentales para las tecnologías actuales y futuras, estudiar sus mercados y establecer objetivos nacionales de aprovechamiento.
2. Un sistema profesional de negociación internacional.
Conformar equipos técnicos independientes, seleccionados por méritos y sujetos a reglas estrictas de transparencia, incompatibilidades y rendición de cuentas.
3. Una revisión integral de los contratos mineros.
Evaluar las condiciones económicas, tributarias, ambientales y de inversión, identificando oportunidades de mejora mediante los mecanismos legales y contractuales correspondientes.
4. Industrialización progresiva y obligatoria como objetivo de política pública.
Establecer metas, incentivos y programas para ampliar el procesamiento nacional y desarrollar cadenas industriales. Debe abrirse un debate sobre las reformas legales necesarias para evitar que el modelo exportador de minerales en bruto o con escaso procesamiento siga siendo el único horizonte de nuestra economía.
5. Un fondo de desarrollo intergeneracional.
Evaluar la creación de un mecanismo de ahorro e inversión de largo plazo que permita destinar una parte de los ingresos extraordinarios provenientes de los recursos no renovables a infraestructura, educación, ciencia, tecnología y diversificación productiva.
6. Transparencia absoluta en los ingresos y su utilización.
La ciudadanía debe conocer cuánto recibe el Estado, cuánto se distribuye a las regiones, cómo se utilizan esos recursos y qué resultados concretos se obtienen.
7. Una estrategia de desarrollo territorial.
Las regiones productoras deben participar de manera efectiva en los beneficios de la minería, con servicios públicos de calidad, oportunidades laborales, infraestructura y actividades económicas alternativas.
EL PERÚ DEBE APRENDER A VALORAR LO QUE TIENE
La revolución tecnológica mundial no solamente está transformando las industrias. También está modificando el valor estratégico de los recursos naturales.
Los países que comprendan este cambio y sepan administrar sus ventajas tendrán mayores posibilidades de construir economías sólidas y competitivas.
El Perú tiene una oportunidad extraordinaria. Posee cobre, plata, oro y otros minerales que forman parte de las cadenas productivas del futuro. Pero esa riqueza no se convertirá automáticamente en desarrollo. Se necesita inteligencia económica, capacidad negociadora, instituciones sólidas, planificación y una clase dirigente que comprenda que los recursos naturales pertenecen a la Nación.
No podemos continuar comportándonos como un país que necesita vender rápidamente lo que extrae para después comprar, a precios mucho mayores, los productos industriales y tecnológicos elaborados con esos mismos recursos.
Tenemos que cambiar esa lógica.
No estamos para suplicar que nos compren nuestros minerales. Estamos para conocer su valor estratégico, evaluar nuestros mercados, negociar con inteligencia y establecer las mejores condiciones posibles para el país.
No se trata de cerrar las puertas a los inversionistas. Se trata de construir una relación en la que la inversión privada obtenga una rentabilidad legítima y el Perú consiga también desarrollo industrial, transferencia tecnológica, empleo de calidad y una participación justa en la riqueza que genera.
El cobre, la plata y el oro no deben ser solamente cifras de exportación. Deben convertirse en carreteras, hospitales, universidades, industrias, tecnología y mejores oportunidades para los peruanos.
Porque el verdadero desarrollo no consiste en extraer más minerales, sino en construir un país más próspero con la riqueza que esos minerales nos ofrecen.
La riqueza del subsuelo tiene que convertirse en riqueza para la sociedad. Y esa debe ser una política que todos los peruanos, sin distinción política, tengamos la responsabilidad de defender.
