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Arturo Ramírez: El Tribunal Constitucional y la canonización del fujimorismo

El Tribunal Constitucional ha consumado lo que durante años fue su misión silenciosa, ejecutada con paciencia y cálculo: limpiar el camino judicial de la familia Fujimori. Lo que hoy presenciamos con el caso Cócteles no es justicia, es la coronación de la impunidad.

Desde el momento en que se eligieron a sus actuales integrantes, en medio de acuerdos políticos opacos, era evidente cuál sería su destino. No fueron elegidos para defender la Constitución, sino para torcerla cuando fuera necesario. Y hoy, cumpliendo ese guion, han decidido que los delitos ya no son delitos, que las pruebas ya no son pruebas, y que la justicia puede volverse un acto de gratitud.

El fallo que anula la acusación fiscal contra Keiko Fujimori por lavado de activos y organización criminal no es un hecho jurídico: es un mensaje. Un mensaje que dice que en el Perú, si tienes poder, tus errores se vuelven “malentendidos legales”; tus delitos, “figuras atípicas”; y tus juicios, “plazos irrazonables”.

Mientras tanto, miles de peruanos sin abogados influyentes, sin padrinos, sin apellido político, se pudren en los pasillos del sistema judicial esperando justicia. Nadie invoca por ellos el “plazo razonable”. Nadie los declara víctimas del exceso procesal. El tiempo solo corre a favor de los poderosos.

Los magistrados del Tribunal Constitucional han decidido poner la toga al servicio del agradecimiento político. Han convertido el Derecho en un disfraz, y la ley en un espejo roto que refleja los intereses de quienes los designaron. No hay ética, ni pudor, ni dignidad institucional en esta sentencia. Lo que hay es complicidad.

Pero lo más grave no es solo que Keiko Fujimori quede libre de toda acusación. Lo verdaderamente grave es el daño que esta decisión causa a la fe pública, a la idea de que alguna vez podríamos tener un país donde la justicia no se arrodille ante la política. Este fallo no libera solo a una persona; libera al sistema entero de su vergüenza.

El Perú no puede seguir normalizando la impunidad. No podemos aceptar que el poder político manipule las instituciones como si fueran piezas de ajedrez que se cambian según convenga al momento. No podemos seguir viendo cómo la corrupción se recicla, se disfraza, y termina premiada con cargos, votos o absoluciones.

Porque mientras ellos celebran su victoria en los pasillos del poder, allá afuera —en las calles, en los colegios, en los hospitales— millones de jóvenes miran al país y se preguntan: ¿para qué estudiar, para qué esforzarse, si los que mandan siempre ganan, aunque roben, mientan o traicionen?

Esa es la verdadera tragedia nacional: no solo la corrupción, sino la resignación. Nos están robando la esperanza.

Pero no todo está perdido. Si algo ha demostrado nuestra historia, es que los pueblos despiertan cuando ya no queda nada que perder. Y hoy, lo que está en juego no es un caso judicial, sino el alma del país.
Que cada peruano lo entienda: si dejamos pasar esto en silencio, mañana la Constitución será un papel sin valor, y el Tribunal Constitucional, apenas un altar más donde se canoniza la impunidad.

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