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Encuestas, medios y percepción electoral: cómo se construye la idea de quién “va ganando”

En todo proceso electoral, las encuestas de opinión ocupan un lugar central. Se presentan como instrumentos técnicos destinados a medir las preferencias de la ciudadanía, anticipar tendencias y ofrecer una fotografía del momento político. Sin embargo, en países como el Perú, una parte importante de la población mira estos estudios con desconfianza. Esa desconfianza no nace de la nada: tiene raíces históricas, políticas y mediáticas.

Desde la década de los noventa, durante el régimen de Alberto Fujimori y la influencia oscura de Vladimiro Montesinos, quedó instalada en la memoria colectiva la sospecha de que ciertos mecanismos de información pública podían ser utilizados no solo para reflejar la realidad, sino también para moldearla. En ese contexto, muchos ciudadanos comenzaron a percibir que algunas encuestadoras y grandes medios no siempre actuaban con neutralidad, sino que podían favorecer a determinados sectores de poder.

Las encuestas no solo miden: también influyen

Una encuesta debería servir para conocer el estado de la opinión pública. Pero en la práctica también puede influir sobre esa misma opinión. Cuando durante semanas o meses se repite que determinados candidatos son los únicos “viables”, “fuertes” o “favoritos”, se va construyendo una percepción colectiva. Muchas personas, sobre todo aquellas que dependen de los medios masivos para informarse, terminan formando sus preferencias en función de esa imagen de competencia electoral.

Este fenómeno se conoce como el efecto de arrastre o de voto útil: algunos electores pueden inclinarse por quien aparece como ganador, no necesariamente porque lo represente mejor, sino porque creen que tiene más posibilidades de triunfar. Así, la encuesta deja de ser solo un termómetro y se convierte también en un actor que interviene en la disputa política.

El papel de los medios de comunicación

Las encuestas no circulan solas. Son difundidas, interpretadas y amplificadas por los grandes medios de comunicación. Allí se produce un segundo filtro. No solo importa qué dice una encuesta, sino cómo se presenta: qué dato se destaca en el titular, qué candidato aparece en portada, a quién se entrevista, qué analistas comentan los resultados y qué narrativas se repiten una y otra vez.

De esta manera, los medios pueden contribuir a instalar la idea de que ciertas candidaturas representan la “opción natural” del poder, del orden o de la gobernabilidad, mientras otras aparecen minimizadas, invisibilizadas o tratadas como fenómenos marginales, incluso cuando muestran crecimiento real en la calle.

La distancia entre las encuestas y la calle

Uno de los puntos que más debate genera en cada campaña es la diferencia entre lo que muestran las encuestas y lo que perciben los ciudadanos en movilizaciones, reuniones públicas, concentraciones y recorridos territoriales. Muchas veces, la gente se pregunta: si un candidato aparece tan abajo en las encuestas, ¿por qué convoca tanto?, ¿por qué genera tanta identificación en distintos sectores?, ¿por qué su presencia social parece mayor de lo que se informa?

Esa tensión entre la cifra publicada y la experiencia directa del ciudadano suele alimentar la sospecha de manipulación. Aunque no siempre esa diferencia significa fraude o alteración deliberada, sí revela que la realidad electoral es más compleja que un cuadro porcentual. Las encuestas son una herramienta limitada: dependen de metodología, muestra, momento, diseño de preguntas y forma de interpretación. No son una verdad absoluta.

¿Qué ocurre cuando se favorece siempre a los mismos?

Una crítica frecuente es que ciertas encuestadoras tienden a beneficiar, durante gran parte de la campaña, a candidatos vinculados con sectores conservadores, tradicionales o de derecha dura. Según esta mirada, no se trataría solamente de errores metodológicos, sino de una orientación persistente que ayuda a consolidar determinadas candidaturas y a desalentar otras.

Recién cuando se acerca la última semana de campaña, y la tendencia real ya resulta difícil de ocultar, algunas mediciones comienzan a mostrar con mayor claridad los cambios en la preferencia ciudadana. Pero para entonces ya se ha producido un efecto importante: durante semanas o meses se condicionó la conversación pública, se direccionó la atención mediática y se influyó en una parte del electorado.

Los casos de López Chau y Wolfgang Grozo

En este contexto, resulta relevante observar a los candidatos que, aunque no siempre reciben la mayor visibilidad mediática, muestran señales de crecimiento sostenido. Según diversas lecturas periodísticas y percepciones recogidas en espacios ciudadanos, uno de esos casos sería el del Dr. López Chau, cuya candidatura parecería haber ganado mayor presencia y respaldo en sectores que no se sienten representados por las opciones tradicionales.

En menor medida, también se menciona el ascenso del exmilitar Wolfgang Grozo, cuya figura estaría captando parte del descontento social y del electorado que busca alternativas distintas a las promovidas por el establishment político y mediático.

Lo importante aquí no es afirmar de manera cerrada quién ganará, sino subrayar que la dinámica electoral no siempre coincide con la narrativa dominante. A veces, candidaturas que crecen desde abajo, desde el contacto directo con la ciudadanía, tardan en ser reconocidas por el sistema mediático.

Una ciudadanía crítica e informada

Frente a este panorama, la tarea ciudadana no debe ser rechazar automáticamente toda encuesta, pero tampoco aceptarla como si fuera palabra definitiva. Lo saludable en democracia es desarrollar una lectura crítica. Eso implica preguntarse quién financia los estudios, cómo se elaboran, qué medios los difunden, qué intereses pueden estar en juego y cómo contrastan esos datos con la realidad visible en la sociedad.

Una ciudadanía madura no se deja arrastrar únicamente por cifras, titulares o encuadres mediáticos. Busca comparar fuentes, escuchar distintas voces, observar el movimiento real de la campaña y comprender que la opinión pública también puede ser objeto de disputa y construcción.

Las encuestas son herramientas útiles, pero no neutrales por naturaleza ni infalibles. En sociedades marcadas por la desigualdad informativa, la concentración mediática y la desconfianza institucional, pueden convertirse en instrumentos que no solo reflejan tendencias, sino que también orientan percepciones.

Por eso, más que preguntar únicamente quién va primero, conviene preguntarse cómo se construye esa idea de liderazgo electoral, quién la impulsa y a quién beneficia. Solo así podremos entender que, en política, no basta con mirar los números: también hay que mirar la calle, la historia y los intereses que operan detrás de la información.

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