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López Chau: No pisar el palito; cuando la anécdota busca reemplazar al debate político

En todo proceso electoral hay temas que emergen no por su relevancia real, sino por su utilidad para desviar la discusión pública. La reactivación de una columna escrita por Alfonso López Chau en 1989, donde relata una coincidencia juvenil con Víctor Polay en la Juventud Aprista, pertenece exactamente a ese registro: una anécdota convertida artificialmente en eje político.

López Chau no debería concederle centralidad a este episodio. No porque sea un tema prohibido, sino porque no define ni explica su proyecto político actual, ni aporta nada sustantivo al debate que hoy preocupa a los ciudadanos. En los años 80, muchos dirigentes políticos coincidieron en espacios partidarios con personajes que luego transitaron caminos radicalmente distintos. Ese hecho, por sí solo, no convierte la coincidencia en complicidad.

La historia política peruana es clara en ese punto. Alan García, en una dimensión mucho más amplia, también tuvo coincidencias generacionales y políticas con diversos actores de aquella época, sin que ello haya puesto en cuestión —al menos seriamente— su condena al terrorismo ni su lectura del fenómeno de la violencia política. Pretender que una referencia juvenil anule trayectorias posteriores es una trampa discursiva conocida.

Por eso, responder una y otra vez sobre el mismo punto solo refuerza el marco que buscan imponer ciertos sectores mediáticos y políticos: el del terruqueo como herramienta de estigmatización. No es un debate honesto; es una técnica de campaña.

La posición de López Chau ya está claramente fijada y no requiere mayor elaboración: condena absoluta al terrorismo, rechazo de toda forma de violencia política y defensa de la vía institucional. Insistir más allá de eso no suma claridad, solo amplifica el ruido.

La táctica correcta es otra: voltear el foco. Usar cada espacio mediático no para justificar una anécdota del pasado, sino para hablar del presente y del futuro: inseguridad ciudadana, corrupción estructural, crisis del Estado, descentralización real y desarrollo regional. Es ahí donde se juega la campaña y donde se mide la consistencia de los proyectos políticos.

El terruqueo no busca memoria histórica ni reflexión democrática. Busca marcar al adversario, sacarlo de su agenda y obligarlo a correr detrás de titulares diseñados para desgastar. Caer en esa lógica es aceptar un terreno que no conduce a ningún lado.

En política, como en el ajedrez, no todas las piezas deben moverse cuando el rival lo quiere. Saber qué batallas no pelear, qué temas no amplificar y cuándo cerrar una discusión es también una forma de liderazgo.

López Chau haría bien en no pisar el palito.
Cerrar el capítulo.
Y volver, con insistencia, a los temas que de verdad importan al país.

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