¿Por qué los partidos políticos en el Perú no logran ser coherentes? ¿Por qué la militancia, entendida como convicción, identidad y compromiso, parece casi inexistente? La respuesta es incómoda, pero evidente: en nuestra política se ha normalizado el cambio de camiseta, el oportunismo y la ausencia total de lealtad ideológica.
En el Perú, ser “militante” muchas veces no significa creer en un proyecto político, sino estar disponible para el mejor postor electoral. Hoy se pertenece a un partido, mañana a otro, y pasado mañana a uno completamente distinto, sin explicación ni pudor. Esta práctica no solo degrada la política, sino que vacía de contenido a los partidos, que dejan de ser organizaciones programáticas para convertirse en simples vehículos electorales.
Un ejemplo ilustrativo de esta incoherencia es la conformación de equipos técnicos y listas que parecen más un sancochado político que un proyecto con identidad clara. En la gastronomía peruana, el sancochado es una virtud: mezcla carnes, verduras y fideos para producir un plato sabroso y equilibrado. En política, en cambio, mezclar sin criterio ni visión común suele terminar en caos.
Cuando se juntan personas con trayectorias, discursos y valores profundamente distintos —e incluso contradictorios—, lo que se obtiene no es pluralidad, sino una torre de Babel: múltiples lenguajes, múltiples agendas y ninguna dirección clara. Cada quien empuja para su lado, y el supuesto proyecto colectivo se diluye apenas se enfrenta al ejercicio real del poder.
El caso del entorno político de Rafael López Aliaga refleja este problema. La incorporación de figuras provenientes de espacios tan disímiles —exfujimoristas, exministros de gobiernos ideológicamente opuestos y técnicos sin una línea común visible— plantea una pregunta inevitable: ¿cuál es el hilo conductor de este proyecto político?
Ante este tipo de configuraciones, surge otra interrogante clave: ¿basta la fuerza del líder para ordenar y cohesionar a una militancia tan heterogénea? La experiencia peruana demuestra que el liderazgo personal puede imponer disciplina temporal, pero no reemplaza la falta de identidad partidaria. Sin principios compartidos, la cohesión depende únicamente del poder del líder; cuando este se debilita, el proyecto se fragmenta.
La democracia necesita partidos sólidos, con ideas claras, cuadros formados y militantes comprometidos. Sin ello, seguiremos atrapados en organizaciones improvisadas, armadas para la coyuntura electoral, que una vez en el poder reproducen el desorden, la incoherencia y la inestabilidad que dicen combatir.
Mientras no exijamos coherencia, mientras sigamos tolerando el transfuguismo como una práctica normal y mientras premiemos el oportunismo con votos, la política peruana seguirá siendo un mercado de lealtades temporales, y no un espacio de construcción colectiva.
La pregunta final no es solo por qué los partidos no son coherentes, sino por qué como ciudadanía seguimos aceptando que no lo sean.
