Economía

Puerto de Chancay, soberanía y desarrollo: el Perú no debe elegir bandos

El Puerto de Chancay es, sin exagerar, una de las obras de infraestructura más importantes del Perú en las últimas décadas. Su impacto no solo será económico y logístico, sino también geopolítico, al posicionar al país como un eje clave del comercio en el Pacífico sudamericano. Por ello, resulta comprensible —aunque preocupante— que esta megaobra se haya convertido en objeto de disputas y cuestionamientos que van más allá de lo técnico o legal.

En los últimos meses se ha hecho evidente una campaña proveniente del norte, motivada por intereses geopolíticos, que busca desacreditar el proyecto y sembrar dudas sobre la participación china en su desarrollo. A través de ciertos liderazgos locales, más alineados con intereses externos que con una visión nacional, se intenta hostilizar a China y poner en cuestión la continuidad de sus inversiones en el Perú.

Los peruanos debemos tener claro algo fundamental: no podemos pasar de una dependencia a otra. La historia nos ha enseñado que alinearnos ciegamente con una sola potencia nunca ha sido beneficioso. El camino correcto es otro: mantener una política pragmática, abierta y soberana, que nos permita hacer negocios con todos los países del mundo, sin exclusiones ni subordinaciones.

En ese sentido, así como se defiende el Puerto de Chancay, también debe impulsarse el desarrollo de otros proyectos estratégicos como el Puerto de Corío, donde existen inversiones y capitales de origen norteamericano. Y si estos proyectos no avanzan, el Perú no debe cerrarse a alternativas: India, Turquía u otros países pueden convertirse en socios válidos para el desarrollo nacional. Lo importante no es el origen del capital, sino que las inversiones respeten la ley, generen empleo y aporten al crecimiento del país.

Lo que sí sería un grave error es permitir que los cuestionamientos políticos deriven en parálisis, interferencias institucionales o judicializaciones que frenen obras clave. El reciente debate en torno a las competencias de Ositrán ha sido utilizado como argumento geopolítico, cuando en realidad debería resolverse con serenidad, pensando primero en el interés nacional.

Las declaraciones de Estados Unidos, advirtiendo que la inversión china “cuesta soberanía”, y la respuesta firme de China, rechazando dichas acusaciones, reflejan una disputa mayor que no es peruana, pero que se libra en territorio peruano. Frente a ello, el Estado debe actuar con inteligencia y equilibrio.

Más que enfrascarnos en disputas ideológicas o geopolíticas ajenas, el Perú debería concentrarse en lo verdaderamente urgente: atraer inversiones para trenes de alta velocidad de norte a sur, nuevos aeropuertos, más puertos y, en general, infraestructura moderna que garantice desarrollo, competitividad y bienestar para las próximas generaciones.

El Puerto de Chancay no debe ser un campo de batalla entre potencias. Debe ser, más bien, un símbolo de un Perú que sabe defender su soberanía, diversificar sus alianzas y pensar en su futuro con visión propia.

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