Las elecciones parlamentarias del 27 de octubre en Israel, las primeras desde las masacres de Hamás, vuelven a estar marcadas por la figura de Benjamin Netanyahu, como ocurre desde hace más de tres décadas. El primer ministro consiguió sobrevivir a la catástrofe de seguridad de los ataques del 7 de octubre de 2023 y, si bien las encuestas lo ubican en segundo lugar, conserva opciones de seguir en el poder ante las dificultades de armar una coalición en el variopinto bloque opositor.
Desde que el mortífero ataque de Hamás en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023 hizo estallar su imagen de garante de la seguridad, Benjamin Netanyahu encaró una implacable huida hacia adelante por su supervivencia política y para evitar la rendición de cuentas.
De por sí acechado por un juicio por corrupción –dilatado hasta el cansancio– y por las protestas previas contra sus planes de reforma judicial, el primer ministro israelí se encaramó al poder a base de fuerza militar.
En el camino, Israel arrasó y ocupó gran parte de Gaza –causando una devastación y una matanza masiva que es investigada por posible genocidio y que le valió órdenes de arresto internacionales al premier y su exministro de Defensa– y el sur de Líbano, expandió su control en zonas del suroeste de Siria tras la caída de Bashar al-Assad, bombardeó ocasionalmente ese país y Yemen e inició varias rondas de enfrentamientos con Irán, la más reciente en conjunto con Estados Unidos, que ha derivado en una guerra sin resolución y que también marcará al futuro gobierno.
Una serie de victorias relativas en ese ámbito –como el asesinato de los jefes de Hamás y Hezbolá y del líder supremo de Irán, Alí Jamenei, o la expansión territorial de la presencia israelí– y la profundización de sus políticas ultranacionalistas –con el crecimiento exacerbado de asentamientos y el respaldo a la violencia de colonos en Cisjordania– le permitieron a Netanyahu mantener casi hasta el final a su coalición de extrema derecha, que solo se resquebrajó por la irresoluta cuestión del reclutamiento militar de judíos ultraortodoxos.
En una campaña marcada por el uso –y denunciado abuso– de la inteligencia artificial y mensajes proselitistas agresivos, el primer ministro que suma casi 19 años en el poder en distintos mandatos concentra, una vez más, el eje de la discusión y conserva, para sorpresa de muchos, buenas posibilidades de mantenerse en el cargo.
Uno de esos sorprendidos es Meir Margalit, historiador y escritor israelí, quien admite preguntarse «cotidianamente» por qué Netanyahu sigue siendo una opción firme de liderazgo para sus conciudadanos. Aunque admite no tener «una respuesta clara y seria», sí esboza que el pueblo parece «hipnotizado» por el premier.
«Es muy extraño que siga apoyándolo. Puede ser porque se siente tan debilucho, tan solo, tan frágil, que necesita la figura de un matón al estilo Netanyahu que le dé un poco de seguridad», afirma a France 24.
Las encuestas muestran un pronóstico incierto
En el fragmentado escenario electoral israelí, las encuestas enfrentan dificultades para reflejar a cabalidad la orientación de un voto que se divide no solo por ideologías sino también por grupos de pertenencia (los judíos ultraortodoxos eligen mayormente entre sus partidos; los palestinos con ciudadanía israelí se inclinan casi en su totalidad por formaciones árabes).
Incluso con sus variaciones, la mayoría de los sondeos llega a una conclusión similar: ninguno de los dos grandes bloques (a favor o en contra de Netanyahu) alcanzaría los 61 escaños necesarios para formar un gobierno. Solo lo conseguirían si recurren a los partidos árabes, una opción imposible para el primer ministro (que cuenta entre sus filas a supremacistas judíos) e improbable para los opositores.
También es sostenida la tendencia que muestra por delante al partido Yashar (‘recto’ en hebreo), creado en septiembre de 2025 por Gadi Eisenkot, un exgeneral y antiguo jefe del Estado Mayor que perdió a uno de sus hijos y dos sobrinos en Gaza y que ganó notoriedad por ser una voz disidente en el gabinete de guerra creado por Netanyahu, en el que participó entre 2023 y 2024 antes de renunciar por sus diferencias con el primer ministro.
De tono mesurado, Eisenkot está llamado a ser el nuevo rostro de un ‘gobierno del cambio’, como se describe a la variopinta alianza de partidos judíos liberales que se mueven mayormente en el espectro de la derecha (de moderada a dura), a excepción de Los Demócratas, que se orienta a una centro-izquierda, aunque también imbuida en el clima belicista de la sociedad israelí.
Si Yashar asoma en las encuestas a la cabeza con entre 23 y 26 escaños, el bloque en su totalidad ronda entre 53 y 56 asientos, dependiendo del sondeo. El Likud de Netanyahu se ubica segundo, con entre 19 y 22 lugares, y su coalición con partidos nacionalistas y ultrarreligiosos merodea entre 49 y 52 bancas.
Los espacios restantes se reparten entre agrupaciones no alineadas, principalmente las dos formaciones árabes, que podrían alcanzar, en conjunto, unos 14 escaños, lo que las posicionaría como la llave para destrabar la formación del gobierno.
Sin embargo, el sistema electoral israelí hace más difícil estimar el reparto, que se podría ver alterado por dos aspectos: cuántos partidos cruzan el umbral mínimo del 3,25% de los votos y cuál es el nivel de participación.
La diferencia entre sumar o no el piso requerido de sufragios es sustancial: atravesarlo garantiza cuatro escaños y no hacerlo causa que esas papeletas no tengan valor y que la división de asientos se ajuste entre los partidos que sí superaron el 3,25%.
En ese límite están, según los sondeos, al menos cuatro formaciones: mientras Sionismo Religioso, del actual ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, y Ra’am (Lista Árabe Unida, de Mansour Abbas) han aparecido sostenidamente por encima del umbral, el ultraderechista Pueblo de Israel –potencial aliado de Netanyahu– y el conservador Los Reservistas contarán votos hasta el último minuto para definir sus opciones.
Para todos ellos, una alta participación, como se prevé que ocurra, podría traducirse en una dificultad extra para alcanzar el mínimo requerido de votos.
El voto árabe, vilipendiado y clave
Precisamente, uno de los factores a tener en cuenta será la participación de los palestinos con ciudadanía israelí, que históricamente han acudido de forma reducida a las urnas (en general, rozando el 50% de los votantes habilitados), resignados a ser tratados como ciudadanos de segunda por los gobiernos de la mayoría judía.
No obstante, Thair Abu Ras, politólogo del Instituto Van Leer de Jerusalén, advierte que «por primera vez, existe un debate real en la comunidad árabe sobre cómo organizar la relación con la mayoría judía en Israel» y señala que una participación de ese grupo «en torno al 65%, quizás el 70%» podría «modificar totalmente los cálculos políticos».
Para Abu Ras, una de las razones que motivaría una presencia más alta en las urnas es el rechazo y «el temor de que esta tendencia de extrema derecha continúe», luego de cuatro años de gobierno de Netanyahu.
En este período, los palestinos con ciudadanía israelí sufrieron una mayor persecución y señalamientos, sobre todo después del 7 de octubre, y una ola de violencia del crimen organizado que apenas fue combatida por la policía israelí, a cargo del ministro ultranacionalista y supremacista Itamar Ben-Gvir.
También pesa, según el politólogo, la presencia de una nueva generación de votantes árabes –posiblemente menos influenciados por el trauma de la Nakba, «catástrofe» en árabe, la expulsión masiva de palestinos durante la creación del Estado de Israel entre 1947 y 1949– que «básicamente buscan beneficios políticos como retorno» a un eventual apoyo a un futuro gobierno.
Entre los ciudadanos árabes, explica Abu Ras, «existe ahora un consenso de que no deberíamos ir de inmediato a la oposición» luego de ser electos.
Y ambos partidos de mayoría árabe –la Lista Conjunta, que reúne a judíos comunistas y palestinos nacionalistas; y Ra’am, que tiene como número dos a Yoav Segalovitz, un excomandante de policía y primer candidato judío en la historia del partido– se han mostrado dispuestos a colaborar con una coalición liderada por Eisenkot, sea como parte del gobierno o incluso mediante una abstención que permitiera la formación de un ejecutivo en minoría para desbancar a Netanyahu.
Si bien esto sitúa en una mejor posición a Eisenkot, la cooperación dependerá de concesiones a las formaciones árabes –que pueden ir desde puestos ministeriales hasta partidas presupuestarias– que no todos dentro del ‘bloque del cambio’ estarían dispuestos a aceptar. Más aún si se tiene en cuenta que varios de sus referentes han afeado la posibilidad de integrar a los partidos árabes, algo que ocurrió solo una vez, durante el tambaleante gobierno de Naftali Bennett y Yair Lapid (hoy juntos en la lista de Yahad) en 2020 y 2021, con escasos resultados.
Sin embargo, Abu Ras considera que «hay una posibilidad de que puedan cooperar hasta cierto punto».
Margalit coincide en que «no está descartado para nada» y que, «llegado el momento, cuando se enfrenten a los números», los opositores «indudablemente negociarán con los partidos árabes».
Consciente de esto, Netanyahu ha intentado explotar la idea de que la oposición solo podría gobernar bajo esa alianza como si fuera algo malo; mientras que en el arco opositor, esa opción intenta evitarse a toda costa y, al menos en campaña, nadie quiere asumir un compromiso con esas agrupaciones.
Detrás de este razonamiento, añade Margalit, «hay una postura profundamente racista». «Decir que los árabes, que son el 20 por ciento de la población, no son personas dignas de entrar en la coalición gubernamental responde a una visión racista que ya está muy impregnada en la piel del israelí, y es uno de los motivos por los cuales no podemos salir de este pantano», sentenció.
El trauma del 7 de octubre, presente en una elección «personalista»
Para Margalit, «el 7 de octubre influye obviamente en la agenda hoy por hoy, pero de fondo, tanto unos como otros son derechistas». «El bloque de Netanyahu representa un derechismo más grosero, más violento; y el grupo de Eisenkot, un derechismo un poco más moderado», detalla.
Esto se enmarca, según el historiador israelí, en una «fascistización» de la sociedad israelí, que «tiene que ver con el miedo» que «se lleva en la sangre desde siempre con la historia del Holocausto» y que «el 7 de octubre indudablemente agravó».
En este contexto, el también exconcejal de Jerusalén por el partido pacifista Meretz afirma que «las diferencias son cosméticas» entre los dos grandes bloques y que los comicios son «muy personalistas», sin que existan «grandes divergencias en las agendas de cada partido».
De todos modos, los matices existen y uno de los principales pasa por la rendición de cuentas de los fallos de seguridad que llevaron a que los ataques de Hamás sorprendieran con la guardia baja a Israel.
Mientras Netanyahu ha evitado la formación de una comisión independiente de investigación y ha resistido señalamientos recientes en la prensa sobre posibles advertencias tempranas ignoradas, el bloque opositor tiene a la creación de ese comité investigador como una de sus prioridades, si consigue formar un gobierno.
En cierta manera, del 7 de octubre y los múltiples frentes que abrió Israel después se desprende otro de los asuntos divisivos: la exención histórica del servicio militar para los judíos ultraortodoxos.
Pese a un fallo vigente de la Corte Suprema que exige aprobar una nueva ley de reclutamiento de este grupo poblacional, el gobierno de Netanyahu ha estirado lo más posible esa discusión y, si encara un nuevo mandato, enfrentará otra vez la presión de sus aliados haredíes para evitar un enrolamiento a gran escala.
«A Eisenkot, en cambio, le va a resultar muy fácil exigir el reclutamiento porque los ultraortodoxos no serán parte de su coalición», indica Margalit.
Lo mismo ocurre con las leyes de la reforma judicial aprobadas por la mayoría gubernamental en el Parlamento y que el ‘bloque del cambio’ apuesta por remover. Si Netanyahu es reelegido, por su parte, «va a ir hasta las últimas consecuencias» porque «en gran medida su futuro personal depende de esta reforma judicial», añade el historiador israelí.
Pero ante todo, sigue Margalit, si asume como primer ministro, Eisenkot «primero tendrá que enfrentar un serio problema económico». «Hace ya tres años que el gobierno está recortando presupuestos para financiar esta guerra y Eisenkot va a tener que encontrar la forma de cubrir esos recortes sin afectar a la población civil, que ya lo está sufriendo, pero sufrirá mucho más», vaticina.
Para los palestinos, pocas perspectivas de cambio
Donde las diferencias se difuminan es en el vínculo con los palestinos. Ninguno de los partidos judíos cuestiona el accionar del Ejército israelí en Gaza ni tiene apuro en una retirada de más del 60% del enclave bajo ocupación militar. También defienden la proliferación de asentamientos en Cisjordania ocupada, que son ilegales bajo el derecho internacional. Y bajo ningún concepto se plantean la posibilidad de negociaciones sobre la creación de un Estado palestino, cada vez más irreal ante un escenario de anexión israelí de facto en los territorios ocupados.
De hecho, esa opción solo ha aparecido en la campaña para agitar fantasmas. Mientras el Likud de Netanyahu clama en carteles de propaganda que el 27 de octubre la disyuntiva es «Derecha o Palestina», Eisenkot se jacta en un spot de nunca haber apoyado un Estado palestino y apela al archivo en el que el primer ministro, forzado por el presidente estadounidense Barack Obama, esbozó en 2015 un tímido respaldo a la ‘solución de dos Estados’.
Para Mairav Zonszein, analista israelí del International Crisis Group, «cualquier tipo de proceso político con los palestinos, cualquier mención a una ‘solución de dos Estados’ está totalmente fuera de la mesa». «Ya lo estaba mucho antes del 7 de octubre, pero después del 7 de octubre, es un tema tóxico, así que nadie está hablando de eso«, subraya.
En el panorama político israelí, añade Zonszein, hoy «tiene más representación la expulsión de los palestinos de Gaza» –como plantean los ultranacionalistas, incluidos los actuales ministros Smotrich y Ben-Gvir– «que un proceso de paz», lo que es resultado de «no solo el 7 de octubre, sino de 20 años» de negociaciones fallidas y una comunidad internacional que «le ha dado a Israel la impunidad de actuar una y otra vez».
«Así, los israelíes se han sentido envalentonados y, en cierto modo, aislados de las consecuencias de sus actos. Y esto también ha llevado a que el cuerpo político israelí se desplace cada vez más hacia la derecha y sienta que puede hacer lo que le plazca«, reflexiona.
En este contexto, los analistas coinciden en que los palestinos solo podrían esperar algunos alivios puntuales si asume un gobierno encabezado por Eisenkot, únicamente con el objetivo de frenar el creciente deterioro de la imagen de Israel en el panorama internacional.
En el caso de Gaza, Zonszein ve probable que «tanto en un gobierno de Eisenkot como en uno de Netanyahu continúen los bombardeos», que son casi diarios pese al cese al fuego nominal en el enclave. Igual, vaticina que el bloque opositor estaría «mucho más interesado en adoptar por completo el plan de 20 puntos de Donald Trump, algo que Netanyahu no ha hecho realmente», pero que eso «dependerá de la Administración Trump y de cuánto pueda presionar la Junta de Paz» a cualquier gobierno que asuma tras las elecciones.
Margalit concuerda en que «esto depende de la presión internacional, más que de Eisenkot y su coalición». «Si el mundo se va a poner duro, entonces tendrá que permitirle tanto al cuerpo de tecnócratas (palestinos) como a fuerzas internacionales que entren y que comience la reconstrucción de Gaza», subraya.
En cuanto a Cisjordania ocupada, Zonszein recuerda que «como hombre militar, Eisenkot quiere calma, lo que no significa necesariamente que vaya a hacer mucho por los derechos de los palestinos». «Esperaría que tal vez suavice los checkpoints, que permita a los palestinos volver a trabajar en Israel, pero pienso que hará lo mínimo, que es simplemente poner freno a los actos más flagrantes de violencia de los colonos«, remarca.
En ese sentido, cabría esperar, según la analista israelí, que un gobierno del bloque opositor «evacúe las colonias precarias que son consideradas ilegales por Israel en las áreas A y B» de Cisjordania ocupada y que «retome las órdenes de detención administrativa para terroristas judíos, que fueron removidas por el ministro de Defensa, Israel Katz«.
Si bien la violencia de colonos israelíes ha existido bajo distintos gobiernos en Israel, desde el 7 de octubre de 2023 y al amparo del gobierno de Netanyahu, ha alcanzado una escala nunca vista, afectando recientemente ya no solo a palestinos, sino a periodistas y delegaciones diplomáticas extranjeras.
Por eso, Thair Abu Ras ve probable que, a diferencia del «apoyo» que brinda la coalición de Netanyahu, un Ejecutivo liderado por Eisenkot o incluso si Netanyahu pudiera formar uno sin los partidos ultranacionalistas, se podrían adoptar medidas para mitigar la violencia de colonos porque «existe la sensación general de que esto puede dañar todavía más la imagen de Israel, deteriorada en los últimos años».
«No es porque a alguien le importen realmente los Derechos Humanos de los palestinos en los territorios ocupados, sino principalmente porque la imagen de Israel sufriría un nuevo golpe a consecuencia de ello», concluye.
En un contexto de división, violencia, traumas persistentes y radicalización, Israel enfrenta el desafío de conseguir un gobierno estable, que evite otro período turbulento como el registrado entre 2019 y 2022, con cinco elecciones en tres años.
Para los israelíes, que todavía conviven con frentes de conflicto abiertos más allá de precarios acuerdos que solo han traído calma a sus poblaciones, un futuro Ejecutivo tendrá que, de alguna manera, cerrar las heridas. Los palestinos, en cambio, deshumanizados por los israelíes y desamparados por la comunidad internacional, parecen condenados a esperar más de lo mismo, o incluso peor.
