Las sequías dejan señales conocidas en los anillos de crecimiento de los árboles, pero sus efectos pueden ir más allá de la madera. Un experimento con álamos temblones comprobó que la falta de agua modifica la química de las hojas que el árbol produce al año siguiente, cuando el período seco ya terminó. Hasta ahora se sabía poco sobre cómo un árbol de hoja caduca podía conservar la huella del estrés hídrico si su follaje se renueva cada temporada.
Un estudio publicado en la revista New Phytologist halló que los álamos temblones con sequía el año anterior acumularon más glicósidos fenólicos salicinoides, compuestos que ayudan a disuadir a los herbívoros, es decir, a los animales que se alimentan de plantas. El trabajo también vinculó esa huella química con menor daño en la copa y con cambios en los hongos que habitan las hojas.
Los resultados no establecen que esas variaciones mejoren la recuperación de los árboles, pero muestran que la sequía puede seguir condicionando las defensas del follaje y sus relaciones con otros organismos durante la temporada siguiente.
El equipo de la Universidad de Utah cultivó álamos temblones (Populus tremuloides) durante tres años en un jardín experimental. El método, denominado jardín común, reúne plantas de procedencias distintas bajo las mismas condiciones para comparar sus respuestas al agua. Los investigadores redujeron el riego en distintos períodos entre 2021 y 2023, con lo cual recrearon varias historias de sequía.
Al analizar las hojas al final del verano, encontraron que los árboles con un año seco previo mostraron un aumento de 1,46 puntos porcentuales en los glicósidos fenólicos salicinoides, equivalente a un incremento del 11 % frente a los ejemplares regados con normalidad. En 2023 el patrón se repitió: quienes habían atravesado sequía previa registraron un 8 % más de estas sustancias.
Tales cambios persistieron pese a que el follaje directamente afectado por la falta de agua ya se había caído. Por eso los autores hablan de una memoria funcional de la sequía, que no alude a un recuerdo consciente, sino a una respuesta capaz de dejar una marca medible en las hojas que brotan después.
La falta de agua también se asoció con una reducción de los taninos condensados, otro grupo de sustancias defensivas. A diferencia de los glicósidos, que aumentaron tras el año seco, los taninos bajaron después de períodos prolongados o repetidos de estrés hídrico. Según se detalla en el estudio, ambas clases de compuestos variaron en sentidos opuestos, una pauta compatible con un cambio en la distribución de recursos dentro de la hoja.
Los glicósidos que producen los álamos cumplen una función central: proteger al árbol de insectos y otros herbívoros. De acuerdo con los resultados, cada aumento de un 1 % del peso seco de la hoja en estos compuestos se asoció con una reducción estimada del 1,8 % en el daño de la copa, un vínculo que apareció en los distintos tratamientos de riego.
Además, el equipo no encontró pruebas de que el incremento en la producción de estas sustancias redujera el crecimiento de los árboles, observación relevante porque fabricar compuestos protectores requiere recursos que la planta podría destinar a otras funciones. No obstante, el trabajo aclara que la relación entre los glicósidos y el crecimiento fue sensible a un dato extremo y varió según la historia de sequía de cada ejemplar.
“Queríamos entender la sequía no simplemente como un estrés agudo, sino como un evento que puede remodelar la manera en que los árboles interactúan con su entorno biótico mucho después de que los suelos vuelven a humedecerse”, afirmó Talia Karasov, profesora asistente de Biología y coautora del estudio, según el comunicado de la Universidad de Utah.
Las hojas albergan comunidades de hongos cuyas funciones van desde causar enfermedades hasta convivir de forma neutra o incluso beneficiosa con el árbol. En el experimento, la proporción de hongos con capacidad patógena (capaces de provocar infecciones) aumentó bajo sequía actual y descendió a medida que crecían los niveles de glicósidos.
Las respuestas variaron según el grupo fúngico. Cladosporium, un género que incluye organismos capaces de vivir dentro de las plantas o de alimentarse de materia en descomposición, fue el principal aporte al aumento registrado bajo sequía. Aun así, el estudio no halló una relación clara entre su abundancia y el deterioro del follaje, por lo que no permite atribuirle un efecto directo sobre la salud del álamo.
“Las defensas contra plagas y patógenos probablemente importen mucho para que los álamos puedan sobrevivir a las sequías y también a las condiciones normales”, sostuvo William Anderegg, profesor de Biología y coautor del trabajo, según el comunicado de la universidad. “Y este estudio llena un vacío clave en la comprensión de cómo la sequía y la producción de defensas cambian durante y después de los períodos de falta de agua”.
