Medio Ambiente

Las colonias de pingüinos Adelia de la Antártida dejan una señal visible desde el espacio: extensas manchas de guano sobre los afloramientos rocosos donde anidan. Ahora, investigadores comprobaron que el color de esos depósitos permite reconstruir, a gran escala y durante décadas, qué comieron estas aves y cómo varió su alimentación con las condiciones del entorno.

El interrogante era cómo seguir la dieta de una especie distribuida por un continente remoto, con colonias que pueden reunir a cientos de miles de ejemplares y cuyos recursos alimentarios se encuentran bajo la superficie del océano. Las campañas de campo permiten obtener datos directos, pero resultan difíciles de sostener en todos los sitios y a lo largo del tiempo.

La investigación, publicada en la revista Current Biology, analizó cerca de 4.000 imágenes de los satélites Landsat de la NASA tomadas entre 1984 y 2013. El equipo identificó que los pingüinos Adelia consumían una mayor proporción de peces pequeños cuando había más hielo marino cerca de sus colonias, mientras que dependían más del krill en períodos o áreas con menor presencia de hielo.

Esta colonia vive en el océano Austral y se reproduce en sectores rocosos de la Antártida. Aunque encuentran su alimento en el mar, la acumulación de sus heces en tierra hace posible detectar las colonias desde satélites. Esa característica, conocida desde hace tiempo para localizar grupos de aves, se convirtió en una herramienta para indagar qué recursos consumen.

La clave estuvo en el krill, pequeños crustáceos parecidos a camarones que poseen un exoesqueleto rosado. Los pingüinos no lo digieren por completo y ese pigmento modifica el color del guano. En cambio, una dieta con más peces produce una señal distinta en las imágenes. El estudio utilizó las propiedades espectrales, que son la forma en que el material refleja la luz visible e infrarroja, para distinguir esas variaciones de color de manera cuantitativa.

Para establecer el vínculo entre el tono observado desde el espacio y la alimentación real de las aves, el grupo recogió muestras de guano en distintas colonias antárticas. Luego midió su color con un espectrómetro, un instrumento que registra cómo un objeto refleja la luz según cada longitud de onda, y analizó su composición mediante técnicas de química ambiental.

También recurrió al análisis de isótopos estables, una metodología que estudia variantes de los elementos químicos presentes en una muestra y permite inferir el lugar que ocupa un organismo dentro de una red trófica. Con esos resultados, los investigadores construyeron un modelo estadístico capaz de asociar el color del guano con la proporción de krill y peces en la dieta.

El modelo se aplicó después a las imágenes de Landsat. Según se detalla en el estudio, esta estrategia permitió reconstruir la alimentación de los pingüinos Adelia a lo largo de casi toda su distribución global durante 30 años. El trabajo indica que se trata del primer uso de observaciones satelitales para registrar la dinámica de una red trófica animal a escala continental y durante varias décadas.

Los datos mostraron diferencias marcadas entre las regiones de la Antártida, pero también cambios de un año a otro y según la época. En las zonas y períodos con una mayor extensión de hielo marino, las dietas tendieron a incluir más peces. Cuando esa cobertura disminuía, la proporción de krill aumentaba.

Además, la investigación encontró una asociación entre el tipo de alimentación y las tendencias poblacionales a largo plazo. Las colonias con dietas más basadas en krill tenían una mayor probabilidad de disminuir, mientras que aquellas donde el pescado tuvo más presencia tendían a mantenerse estables o a crecer. El estudio no presenta esa relación como una prueba de causalidad única, aunque la vincula con los cambios ambientales y alimentarios registrados en el continente.

El hielo marino cumple una función que supera la de cubrir una parte del océano durante el invierno. Forma parte de las condiciones que sostienen la red trófica antártica, es decir, el conjunto de relaciones alimentarias entre organismos. Los peces pequeños y el krill son recursos centrales para numerosas especies, incluidos los pingüinos Adelia.

Desde la década de 2010, el hielo marino antártico disminuyó de forma pronunciada y registró varios mínimos históricos, según el comunicado de la Universidad de Clemson. La investigación asoció esa reducción con un cambio en la dieta de los pingüinos: menos hielo se correspondió con una mayor dependencia del krill y una menor presencia de peces pequeños.

Esta variación importa porque las fuentes provistas señalan que los polluelos suelen pesar más cuando reciben peces que cuando se alimentan principalmente de krill. A su vez, un mayor peso se asocia con mejores posibilidades de llegar a la adultez. De este modo, los cambios en la disponibilidad de alimento pueden trasladarse desde el océano hasta la supervivencia de las crías y la evolución de las colonias.

La presión sobre esos recursos tampoco proviene únicamente de la pérdida de hielo. En la península Antártica, las poblaciones de ballenas barbadas que se alimentan sobre todo de krill se recuperaron desde el final de la caza comercial. Al mismo tiempo, los pingüinos papúa extendieron su distribución hacia el sur a medida que el clima se calentó, lo que incrementó el número de depredadores que buscan alimento en las mismas aguas.

La pesca también puede influir en ese escenario. Los arrastreros capturan grandes cantidades de krill para producir alimento destinado a peces y suplementos dietéticos para personas, una actividad que puede sumar competencia por un recurso del que dependen los pingüinos Adelia.

El comunicado de la Universidad de Clemson advierte que se prevé una continuidad de la disminución a gran escala del hielo marino. En ese contexto, el método desarrollado permite observar regiones que exigen una logística compleja para el trabajo de campo y seguir, con imágenes obtenidas durante años, la relación entre el cambio ambiental, el alimento disponible y las poblaciones de aves antárticas.

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