Opinión

:E.UU: Hegemonía y prepotencia; cuando el liderazgo se confunde con intimidación

A lo largo del siglo XX y buena parte del XXI, Estados Unidos ha ejercido un liderazgo indiscutible en el escenario internacional. Ese liderazgo, más allá de simpatías o críticas, se construyó sobre una combinación de poder económico, influencia política, capacidad militar y, sobre todo, una diplomacia que sabía actuar con inteligencia estratégica. Incluso en los momentos más intensos de su hegemonía, Washington rara vez recurría a un lenguaje abiertamente intimidatorio. Prefería la sutileza, la negociación, la presión indirecta o las operaciones discretas cuya existencia difícilmente podía probarse en tiempo real.

Hoy, sin embargo, parece emerger un estilo diferente.

Las recientes declaraciones del secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien advirtió que Washington está dispuesto a lanzar ofensivas militares contra carteles del narcotráfico en América Latina incluso sin autorización de los gobiernos de la región, reflejan un tono que recuerda más al “matón del barrio” que al líder de una potencia global. La idea de actuar unilateralmente en territorios ajenos, bajo el argumento de combatir el narcotráfico, introduce un lenguaje de presión y amenaza que rompe con la tradición diplomática más sofisticada que históricamente caracterizó a Estados Unidos.

Esta postura se enmarca en la política impulsada por el presidente Donald Trump, quien ha prometido recuperar la hegemonía estadounidense a través de una estrategia más directa y confrontacional. El problema es que el liderazgo internacional difícilmente se fortalece mediante la intimidación. La hegemonía, cuando se sostiene solo en la fuerza, termina generando resistencias, recelos y fracturas en lugar de alianzas.

Sin embargo, detrás del discurso hay una realidad que no puede ignorarse: el narcotráfico y las organizaciones criminales se han convertido en poderes paralelos en varios países de América Latina. En algunos casos han penetrado gobiernos, fuerzas armadas, policías e instituciones judiciales. Esa realidad exige respuestas firmes y coordinadas. Pero también obliga a hacerse una pregunta fundamental: ¿dónde comienza realmente el problema?

Las grandes organizaciones del narcotráfico existen porque hay un mercado gigantesco que consume sus productos. Ese mercado está, en gran medida, en Estados Unidos. Sin esa demanda, el negocio simplemente no sería viable. Del mismo modo, muchas de las armas sofisticadas que utilizan los carteles provienen del norte, circulan a través de redes ilegales que operan dentro de territorio estadounidense o pasan por sus mercados. Y el sistema financiero internacional —donde el papel de Estados Unidos es central— sigue siendo el lugar donde finalmente se blanquean enormes cantidades de dinero provenientes de estas economías criminales.

Por ello, si la intención real es enfrentar a estas organizaciones con eficacia, la ofensiva debe empezar también dentro de Estados Unidos. Combatir el consumo masivo de drogas, cerrar los circuitos financieros del lavado de dinero y controlar el tráfico ilegal de armas sería una forma mucho más efectiva de debilitar a los carteles que amenazar con intervenciones militares en países vecinos.

La lógica es simple: sin mercado, el negocio se derrumba; sin financiamiento, las organizaciones criminales pierden su poder.

Solo después de asumir con seriedad esa responsabilidad interna, Estados Unidos tendría la autoridad moral necesaria para exigir a los países latinoamericanos que limpien sus gobiernos, sus instituciones militares y sus fuerzas policiales de la influencia del narcotráfico. Y entonces sí, la cooperación regional podría convertirse en una verdadera alianza para enfrentar un problema que es compartido.

El desafío del narcotráfico no es solo militar ni exclusivamente policial. Es político, económico y social. Requiere inteligencia estratégica, coordinación internacional y una profunda voluntad de reforma institucional en todos los países involucrados.

El liderazgo verdadero no se impone con amenazas. Se construye con legitimidad, coherencia y responsabilidad compartida. Si Estados Unidos aspira a recuperar su papel como referente global, quizá debería recordar que la autoridad internacional nace menos de la fuerza que de la credibilidad.

Por: Tribuno

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