Opinión

“Muerte a los caviares”: la guerra por ahora de palabras de los fachosaurios

En el Perú de hoy, los sectores ultra conservadores de la derecha radical han decidido abandonar el debate democrático para instalar una lógica de confrontación permanente. El grito, cada vez más explícito, de “hay que acabar con los caviares” no es un exceso verbal ni una simple provocación: es una consigna política que busca señalar enemigos internos, deslegitimar la crítica y preparar el terreno para una exclusión simbólica de quienes no se alinean con una visión autoritaria del país.

Este discurso no surge desde los márgenes, sino desde espacios de poder económico y mediático. Figuras empresariales como Erasmo Wong y Jimmy Pflücker, principal accionista del nuevo Panamericana Televisión, representan un fenómeno que debería preocupar a cualquier demócrata: la conversión de plataformas de comunicación masiva en trincheras ideológicas, donde el insulto reemplaza al argumento y la polarización sustituye al análisis.

Pero ¿qué significa realmente “caviar” en el Perú político? Hoy, prácticamente nada y todo a la vez. El término ha sido vaciado de contenido y convertido en una etiqueta útil para meter en el mismo saco a defensores de los derechos humanos, periodistas críticos, académicos, técnicos del Estado, liberales democráticos o simplemente ciudadanos informados. No describe una ideología ni una práctica concreta; funciona, más bien, como un mecanismo de deshumanización. Al llamar “caviar” al otro, se evita discutir ideas y se justifica el desprecio.

Frente a este enemigo difuso aparece su contracara natural: los llamados fachosaurios. Personajes anclados en ideas conservadoras del pasado, con una nostalgia evidente por el orden autoritario y una profunda desconfianza hacia la democracia cuando esta no les resulta funcional. Los fachosaurios no discuten datos ni contrastan evidencia; operan desde el miedo, el dogma y la descalificación. Su problema central no es cultural, sino político: ya no logran convencer a una ciudadanía cada vez más informada, con acceso a datos, memoria histórica y múltiples fuentes de información.

Por eso el grito contra los “caviares” no nace del pueblo. Nace desde arriba, desde sectores empresariales, mediáticos y políticos que han perdido hegemonía cultural. Cuando el poder económico no logra sostener su influencia a través de ideas, intenta recuperarla mediante la intimidación simbólica. La estigmatización se convierte así en una herramienta para disciplinar el debate público y reducirlo a una lógica amigo-enemigo.

En este contexto, hablar de una “guerra” entre caviares y fachosaurios solo es pertinente si se entiende con claridad que no se trata de una guerra armada, sino de una disputa simbólica, cultural y discursiva. Es un conflicto entre democracia y autoritarismo, entre datos y dogmas, entre derechos y miedo. Quienes apelan al exterminio simbólico del adversario lo hacen porque han perdido la capacidad de ganar en el terreno de la razón pública.

Cada vez que la derecha extrema radicaliza su lenguaje, comete el mismo error histórico: se aleja del centro político, se aísla socialmente y deja al descubierto su desprecio por el pluralismo democrático. Los “caviares”, reales o imaginarios, no son el problema de fondo. El verdadero problema es una élite que ya no logra imponer su verdad como verdad única y que reacciona con furia ante una sociedad que piensa, pregunta y desconfía.

El grito “hay que acabar con los caviares” no expresa fuerza ni seguridad. Expresa pánico. Pánico a perder privilegios, pánico a la memoria, pánico a una ciudadanía que ya no acepta relatos sin sustento ni salvadores autoritarios. La historia lo demuestra una y otra vez: cuando se acaban los argumentos, empiezan los insultos. Y cuando empiezan los insultos, el poder ya está en crisis.

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