El oro, el cobre, la plata y otros metales estratégicos vienen registrando alzas sostenidas en los mercados internacionales por razones estructurales, no coyunturales. Son recursos cada vez más escasos, con una demanda industrial creciente y un rol central en la economía moderna: transición energética, electrificación, tecnologías limpias, defensa, inteligencia artificial y resguardo financiero frente a la incertidumbre global.
No es casualidad que, en un contexto de debilitamiento del dólar, aumento de la deuda estadounidense y tensiones geopolíticas persistentes, estos metales se hayan convertido en una parte clave de las reservas internacionales de los países más importantes del mundo. Los activos reales vuelven a ocupar el centro de la escena.
En ese escenario, el Perú —y algunos países vecinos— posee una ventaja que pocos tienen. Somos, para decirlo en términos simples, un país bendecido por la naturaleza. No es una frase religiosa ni retórica: es una constatación geológica y económica. Contamos con bienes no renovables de altísimo valor estratégico que el mundo necesita hoy y necesitará aún más mañana.
Y, sin embargo, hemos fallado como Estado.
El problema no es la minería, es cómo se negocia
Durante décadas, gobiernos y liderazgos con mentalidad colonial, escaso profesionalismo y nulo compromiso con el interés nacional, han entregado estas riquezas a empresas extranjeras —estadounidenses, canadienses, chinas, australianas y británicas— a precios irrisorios, con una rentabilidad marginal para el país y enormes beneficios privados.
No se trata de negar la inversión extranjera ni de promover aventuras estatistas inviables. Se trata de algo mucho más básico: defender inteligentemente los intereses del Perú.
Hoy esos minerales valen mucho más que cuando se firmaron muchos de los contratos vigentes, y todo indica que su valor seguirá aumentando. Aun así, seguimos exportando materia prima en bruto, renunciando al valor agregado, al desarrollo tecnológico, al empleo calificado y a la soberanía económica.
Revisar, ajustar y negociar mejor
Es evidente que el marco legal actual impone límites. Pero incluso dentro de esos límites, el Estado peruano puede —y debe— hacer más:
-
Revisar contratos cuando la ley lo permita
-
Exigir mayor procesamiento local y encadenamientos productivos
-
Incorporar valor agregado antes de la exportación
-
Elevar estándares tecnológicos, ambientales y laborales
-
Negociar nuevos contratos con los mejores técnicos peruanos, no con improvisados ni operadores políticos
No hacerlo no es neutralidad técnica. Es negligencia histórica.
Reservas, desarrollo y visión de largo plazo
Así como el Perú debe avanzar hacia una diversificación de sus reservas internacionales —menos dependencia del dólar y más activos reales— también debe entender que sus minerales no son solo mercancía: son palancas de desarrollo.
Estamos ante una oportunidad excepcional. Si se desperdicia, no será por falta de recursos, sino por falta de visión, coraje y profesionalismo.
El oro, la plata y el cobre ya están hablando. El mundo los está revalorizando. La pregunta es si el Perú seguirá regalándolos o, finalmente, aprenderá a usarlos para dar un salto trascendental en su desarrollo.
