En un escenario político saturado de oportunismo, reciclajes ideológicos y discursos vacíos, la figura de Indira Huilca reaparece en el debate público no por ambigüedades, sino por definiciones políticas claras. Su declaración sobre haber votado por Pedro Castillo en 2021 —y hacerlo nuevamente solo en ese mismo contexto electoral— ha sido colocada como eje narrativo por algunos medios. Sin embargo, ese énfasis dice más del enfoque periodístico que de la posición política de la exlegisladora.
Huilca no idealiza ni absuelve al gobierno de Castillo. Lo ha dicho con claridad: no fue un buen gobierno y abandonó las banderas populares con las que fue elegido. Ese reconocimiento no es un acto defensivo, sino una afirmación política que parte de un principio básico: en democracia, las decisiones electorales se explican por contextos concretos y opciones reales de poder, no por lealtades ciegas ni relatos morales construidos a posteriori.
El núcleo de su planteamiento político está en otro lugar. Huilca pone el foco donde hoy el Estado peruano evita mirar: la relación directa entre inseguridad ciudadana y corrupción estructural. Su tesis es incómoda para el poder, pero consistente: no se puede combatir el crimen organizado mientras las instituciones estén capturadas por redes corruptas que operan en la Policía, el Ministerio Público y el Poder Judicial.
Frente al populismo penal y al discurso del “mano dura” como consigna vacía, Huilca plantea una agenda más compleja y, precisamente por eso, más eficaz: desmontar la corrupción como condición previa para cualquier política de seguridad real. No hay orden posible si el propio Estado funciona como facilitador de la impunidad.
Desde una perspectiva democrática y popular, su trayectoria se ha construido sin renunciar a principios ni acomodarse al mercado electoral. No hay en su discurso nostalgia autoritaria ni pragmatismo cínico. Hay una defensa sostenida de las libertades políticas, del control del poder y de una representación que no se subasta al mejor postor.
El diálogo con el partido Ahora Nación, de cara a las elecciones del 2026, se inscribe en esa lógica. No es una adhesión automática ni una mudanza ideológica, sino una evaluación programática en un contexto excepcional, donde la crisis institucional exige claridad, no maquillaje político.
Indira Huilca no aparece como una figura a justificar ni a explicar eternamente por una elección pasada. Aparece como lo que es: una dirigente que afirma sus tesis, reconoce límites, y propone una salida política basada en integridad, lucha anticorrupción y seguridad ciudadana con enfoque democrático.
En tiempos donde la política peruana se debate entre el miedo y el negocio, sostener una línea coherente también es una forma de resistencia.
