La renuncia de Phillip Butters a la militancia de Avanza País y, con ello, a su precandidatura presidencial para las Elecciones Generales de 2026, no es un hecho sorpresivo. Su salida es el desenlace previsible de una candidatura que venía deteriorándose desde varios frentes políticos, sociales y partidarios.
El punto de quiebre fue su rechazo contundente en Puno, donde sus declaraciones ofensivas contra la población movilizada en defensa del gobierno de Pedro Castillo y en rechazo al golpe parlamentario generaron una respuesta social inmediata. Ese episodio no solo evidenció la profunda desconexión de su discurso con amplios sectores del país, sino que anticipó el aislamiento político que acompañó su fallida postulación.
Desde entonces, la candidatura de Butters comenzó a venirse abajo. A ello se sumaron presiones internas y externas por concentrar el voto de la derecha, así como las evidentes contradicciones al interior de Avanza País, un partido sin estructura sólida, sin presencia territorial efectiva y con profundas pugnas internas.
La carta notarial enviada al presidente del partido, Aldo Borrero, confirma esta precariedad. Butters reconoce explícitamente que no se lograron implementar “aspectos mínimos de organización, control, financiamiento y desarrollo político”, elementos básicos para cualquier proyecto presidencial serio. En términos simples: no había partido, solo una apuesta mediática.
Su renuncia, calificada como “irrevocable”, también desnuda una realidad más amplia del sistema político peruano: la facilidad con la que algunos partidos buscan candidatos mediáticos sin construir previamente un proyecto programático, institucional y territorial. La política entendida como espectáculo termina chocando, inevitablemente, con la realidad.
Las contradicciones dentro de Avanza País no hicieron más que facilitar el colapso de una candidatura en ciernes, incapaz de sostenerse frente al rechazo ciudadano, la falta de organización y la ausencia de consensos internos. El episodio deja una lección clara de cara a 2026: sin partido, sin país y sin respeto al Perú profundo, no hay candidatura que sobreviva.
