Marisol Pérez Tello es, sin duda, una de las candidatas presidenciales mejor preparadas del actual proceso electoral. Su trayectoria pública, marcada por la solvencia técnica y una conducta personal poco cuestionada, la coloca en un lugar singular dentro de un escenario político saturado de improvisación y descrédito.
Sin embargo, su camino hacia la candidatura no ha sido sencillo. El primer proyecto político que intentó construir —junto a un grupo valioso y honesto— al que denominaron Lo Justo, no logró consolidarse. Los plazos electorales, siempre implacables, terminaron por cerrar esa posibilidad y obligaron a la exministra a buscar alianzas con organizaciones que compartieran coincidencias programáticas y éticas mínimas.
Así llegó a Primero La Gente, un partido joven que también atravesaba sus propias tensiones internas. El proceso no estuvo exento de fricciones: sectores de su dirigencia arrastraban cuestionamientos públicos que encendieron alertas legítimas. Con el tiempo, y tras varias “escaramuzas” internas, se logró afirmar una conducción más transparente, lo que permitió consolidar la candidatura presidencial de Pérez Tello.
Pero en política peruana, como dice el viejo refrán, “la gallina que come huevo, aunque le quemen el pico”. Y fue Miguel Del Castillo Reyes quien volvió a colocar a la agrupación —y por arrastre a la candidata— en el centro de una controversia ética innecesaria.
Del Castillo, candidato número uno a diputado por Lima Metropolitana, se vio involucrado en cuestionamientos por el presunto direccionamiento de recursos de la franja electoral hacia Nativa Televisión, medio con el que mantenía vínculos. El hecho no solo generó ruido mediático, sino que golpeó directamente el discurso de integridad que Marisol Pérez Tello ha intentado sostener como eje de su propuesta política.
La situación obligó a la candidata a desviar tiempo, energía y capital político para enfrentar un entuerto que no había provocado, pero que debía resolver. El desenlace fue claro: Miguel Del Castillo presentó su renuncia a la candidatura, la misma que fue aceptada por el Jurado Electoral Especial de Lima Oeste 3, mediante la Resolución N.° 00256-2026-JEE-LIO3/JNE, emitida el 3 de febrero de 2026.
Más allá de los argumentos formales —“motivos estrictamente personales”, según el documento—, lo cierto es que la renuncia se da en medio de una crisis interna que llevó incluso a evaluar su expulsión del partido. La propia Pérez Tello fue enfática: Del Castillo ya no es candidato, no ocupa cargos dirigenciales y el partido no hará uso de ningún contrato con medios vinculados directa o indirectamente a militantes cuya conducta no avalan.
“No hay nada más difícil que actuar correctamente frente a personas cercanas”, afirmó. Y esa frase resume bien el momento.
El episodio deja varias lecciones. La primera, que en el Perú la coherencia ética sigue teniendo un costo alto, especialmente cuando se intenta hacer política sin atajos. La segunda, que las alianzas apresuradas —aunque necesarias— siempre implican riesgos. Y la tercera, quizá la más importante, es que la ciudadanía observa con lupa no solo los discursos, sino las decisiones concretas frente a la crisis.
Marisol Pérez Tello ha optado por cortar por lo sano. Falta ver si el electorado valora ese gesto en un país donde, demasiadas veces, lo correcto llega tarde o no llega nunca.
