Política

La banalización del poder y el folklore político, a propósito de la frase «No me interesa ser presidente, me interesan los 34 millones de peruanos»

En la nomenclatura política peruana han ido apareciendo personajes que ya no solo rozan el folklore, sino que caen de lleno en el ridículo. Y no por una cuestión anecdótica o superficial, sino porque encarnan una verdad mucho más grave: la decadencia del significado de los cargos públicos, especialmente de aquellos que deberían exigir la mayor preparación, responsabilidad y compromiso con el país.

Hoy, la Presidencia de la República parece haberse convertido en un objeto de deseo accesible para cualquiera que tenga ambición, recursos o cálculo político. Se ha perdido la noción de que gobernar un país no es un acto de voluntad ni una frase bien ensayada frente a un micrófono, sino el resultado de años —cuando no décadas— de preparación, estudio y comprensión profunda del Estado y de la sociedad.

No se trata de querer. Se trata de estar preparado.

Gobernar no es improvisar

Quien aspira a conducir el destino de una nación debería conocer el país más allá de los informes y los discursos. Conocerlo en sus regiones, en sus conflictos, en sus heridas abiertas. No es un “copiar y pegar” de diagnósticos ajenos. Es haber caminado el territorio, haber escuchado a la gente, haber sentido en la piel lo que significa sobrevivir sin servicios básicos, sin seguridad, sin oportunidades.

Gobernar exige entender la problemática del país, pero también sus alternativas, sus estrategias, sus límites y sus posibilidades reales. Exige información, conocimiento técnico, sensibilidad social y una ética sólida. Exige, sobre todo, comprender que se gobierna con el alma de un país entero, no con slogans.

Las frases vacías

En ese contexto, declaraciones como la de César Acuña —“No me interesa ser presidente, me interesan los 34 millones de peruanos”— no solo resultan contradictorias, sino profundamente reveladoras. Porque quien realmente entiende lo que implica gobernar, sabe que no se puede decir amar al país mientras se trivializa el cargo que podría servirlo.

Negar el interés por la Presidencia mientras se participa activamente en la contienda política no es humildad: es retórica. Y la retórica, cuando no está respaldada por trayectoria, preparación y coherencia, se convierte en ruido.

El problema no es una persona en particular. El problema es el modelo de liderazgo que se ha normalizado, donde la estabilidad se confunde con conveniencia, la gobernabilidad con acomodo, y el cálculo político con responsabilidad histórica.

Un país a la deriva

El Perú atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia republicana. Y, sin embargo, seguimos tolerando miradas ligeras, superficiales, sin profundidad técnica ni compromiso ético. Seguimos aceptando que se aspire al poder sin haber demostrado antes capacidad para ejercerlo.

Mientras tanto, millones de peruanos —sobre todo los que no encuentran ni siquiera las mínimas condiciones de sobrevivencia— siguen esperando algo más que frases hechas. Esperan liderazgo real. Esperan Estado. Esperan dignidad.

La pregunta ya no es quién quiere ser presidente.
La verdadera pregunta es: ¿quién está realmente preparado para serlo?

Y hasta que esa pregunta no sea tomada en serio, seguiremos atrapados entre el folklore político, la improvisación permanente y la frustración colectiva.

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