Hay un nuevo dialecto circulando en la industria tecnológica, uno que solo comprenden quienes trabajan de forma continua junto a agentes de inteligencia artificial. Frases como «Tienes razón al oponerte. Mi error no fue periférico; fue fundacional» ilustran ese tono rebuscado, grandilocuente y cargado de vocabulario preciso que ha empezado a caracterizar las respuestas de Claude Code. Quienes colaboran a diario con esta herramienta no solo han tenido que aprender a descifrar su estilo, sino que también han visto cómo ese modo de expresarse se les contagiaba paulatinamente al punto de conformar una suerte de idioma compartido entre humanos y máquina.
Se trata de un lenguaje al que en el entorno profesional han bautizado como «claudish», y que en español podemos llamar «claudés». Tal como recoge la publicación especializada UserMag, no se reduce simplemente al uso de términos menos habituales; la estructura misma de las oraciones, la cadencia y la manera de exponer las ideas quedan profundamente alteradas. De tal forma que incluso dominar el inglés con soltura no garantiza la comprensión total de lo que se expresa, pues su estilo ha sido comparado por el investigador Ethan Mollick con la lectura del inglés de la época shakesperiana: inteligible tras un esfuerzo de interpretación, pero alejado de la expresión cotidiana actual.
Si bien Claude ya poseía un tono distintivo, este fenómeno se ha acentuado notablemente tras la llegada del modelo Fable 5. Se ha vuelto habitual que, en lugar de indicar de forma sencilla que «los datos son correctos, pero su formato resulta difícil de leer», el modelo formule observaciones como: «La forma honesta es asimétrica: los datos son correctos, pero el formato resulta difícil de leer. Corrección lograda; la legibilidad no». El fenómeno ha trascendido el ámbito laboral hasta volverse viral en la red social X, donde abundan publicaciones, bromas e incluso se ha elaborado un diccionario y un traductor para pasar del inglés convencional al claudés y viceversa.
La influencia de la inteligencia artificial sobre el lenguaje no es nueva. Palabras como «delve» o «showcase» han visto multiplicarse su uso corriente a medida que los modelos de lenguaje se han extendido, y ciertos esquemas expresivos —como la contraposición «no es X, es Y»— han pasado a identificarse de inmediato como rasgos característicos del habla generada por IA. Sin embargo, el claudés supone un paso más allá: no se limita a vocablos o giros aislados, sino que configura una gramática y una retórica novedosas, ajustadas en mayor medida a la lógica y comprensión de los propios agentes que a la naturalidad del habla humana.
El dominio de este nuevo registro podría convertirse incluso en un criterio de selección profesional. La autora de UserMag recoge que un fundador de empresa emergente barajaba incluir una prueba en los procesos de contratación: entregar a cada candidato un párrafo redactado en claudés y pedir su traducción al lenguaje común. Quienes no logren comprenderlo revelarían, según este criterio, que no han trabajado lo suficiente junto a estas herramientas como para familiarizarse con su modo de expresión.
Aunque es posible solicitar a Claude Code que reformule sus respuestas con un lenguaje más llano, hacerlo en cada intercambio conlleva un coste en consumo de tokens que ralentiza y encarece el trabajo. Para quienes pasan horas conversando con estos agentes, termina resultando más eficiente aprender su lenguaje propio que exigir a la máquina que se adapte siempre al nuestro. Por el momento, la alternativa de OpenAI, Codex, mantiene un tono mucho más directo y transparente, pero el profesor Yuntian Deng, de la Universidad de Harvard, advierte que incluso esta podría ir aproximándose paulatinamente al estilo de Claude Code. Todo apunta a que asistimos al nacimiento de una variante lingüística optimizada para la comunicación entre seres humanos e inteligencia artificial, destinada a volverse cada vez más influyente.
