Los presidentes de Estados Unidos y China van a reunirse dentro de unas horas en la Casa Blanca, en Washington D. C. Este será su segundo encuentro este año, después del que mantuvieron el pasado 14 de mayo en Pekín, y llega en un momento crítico para las dos mayores potencias del planeta. Hay mucho en juego, pero ante todo la negociación de hoy girará alrededor de las dependencias tecnológicas que sostienen a ambos países, y ambos pondrán sobre la mesa sus mejores cartas para ejercer presión sobre el otro. Donald Trump y Xi Jinping no necesitan resolver hoy todas sus diferencias de raíz; lo más urgente para ambos es evitar que su rivalidad vuelva a descontrolarse por completo. La mayor escalada de agresividad entre sus gobiernos se desató el 2 de abril de 2025: aquel día la administración estadounidense anunció un arancel adicional del 34 % sobre las importaciones procedentes de China, y a partir de entonces se desencadenó una espiral vertiginosa que terminó elevando los aranceles de Estados Unidos hasta el 145 % sobre productos chinos, mientras que China respondió con tarifas que alcanzaron el 125 % sobre mercancías estadounidenses. Repetir ese escenario tendría consecuencias económicas devastadoras para ambos lados y desencadenaría una incertidumbre geopolítica cuyas repercusiones serían difíciles de prever, por lo que evitarlo es el primer objetivo compartido, aunque todo lo demás siga en disputa. Hoy ambos líderes están obligados a rebajar la tensión y a buscar puntos de entendimiento en materias críticas que afectan no solo a sus naciones, sino al conjunto del planeta, y ya han acordado volver a encontrarse el próximo 18 de noviembre en Shenzhen, en China, durante la cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico, conocida como APEC.
Llegan a la mesa con fortalezas y debilidades muy distintas, y con una interdependencia que ninguno puede romper del todo sin asumir un coste enorme. Por parte de Estados Unidos, la principal herramienta de presión se ha ido construyendo a lo largo de casi cuatro años: desde el 7 de octubre de 2022, el gobierno ha puesto en marcha cuantas medidas ha tenido a su alcance para limitar el acceso de China a los semiconductores más avanzados fabricados por TSMC, Samsung, Intel y otros productores alineados con Occidente. No se trata de todos los componentes, sino de los más estratégicos: aquellos que permiten levantar y poner en marcha los grandes centros de datos de inteligencia artificial, como las unidades de procesamiento gráfico, los aceleradores especializados, los procesadores de alto rendimiento y sobre todo la memoria de gran ancho de banda, la HBM, sin la cual los chips más potentes apenas sirven para la IA. En este terreno, la carrera tecnológica se cruza directamente con la geopolítica: Estados Unidos busca preservar su liderazgo en los modelos de frontera, los más capaces y complejos, mientras que China avanza a paso acelerado por detrás y apuesta además por una vía diferente: desarrollar modelos más económicos, flexibles y ampliamente desplegados, de manera que pueda ganar presencia y ventaja desde el punto de vista comercial y de escala, debilitando la posición estadounidense por la base. Ambas posturas parecen por ahora difíciles de reconciliar, aunque hay ámbitos en los que la cooperación se considera indispensable para evitar riesgos mayores. Entre los temas que se tratarán están las medidas propuestas por grupos de asesores de ambas partes para establecer límites claros: fijar líneas rojas en torno a los sistemas nucleares de cada país, mantener siempre el control humano sobre cualquier ciberataque que pueda tener consecuencias graves y crear una línea de comunicación militar directa y permanente que permita reaccionar con rapidez ante cualquier incidente. Taiwán ocupará sin duda un lugar central en la conversación, y no solo por la cuestión de soberanía que enfrenta a ambos gobiernos: la isla es el corazón de la industria mundial de semiconductores, y en ella convergen al mismo tiempo tres conflictos en uno: el territorial, el militar y el tecnológico. Es probable que se trate también el suministro de armas que Estados Unidos envía a la isla, un asunto que enciende las alertas en Pekín. La paradoja de esta reunión es que, pese a todas las armas que cada uno ha acumulado para presionar al otro, ninguno puede desconectarse por completo sin dañarse gravemente a sí mismo.
