Hace apenas unos meses, Donald Trump y Narendra Modi parecían dispuestos a sellar una alianza que marcaría una nueva era en Asia. Mítines conjuntos en Houston, abrazos en el Despacho Oval y la promesa de un eje económico capaz de frenar el ascenso de Pekín en la región. Todo apuntaba a que India se convertiría en el socio estratégico clave de Washington para contener la influencia china.
La realidad, sin embargo, ha cambiado de golpe. El 30 de julio, Trump anunció un arancel del 25% sobre las importaciones indias y, poco después, lo elevó hasta el 50%, afectando a sectores estratégicos como el farmacéutico, textil y tecnológico. Este movimiento representa un golpe de más de 11.000 millones de dólares en exportaciones indias hacia Estados Unidos, según datos del U.S. Census Bureau.
Para rematar, Estados Unidos ha impuesto tarifas más bajas a Pakistán, el eterno rival de India. El gesto ha sido interpretado en Nueva Delhi como una doble bofetada diplomática. Y desde entonces, la relación entre los dos gigantes se ha deteriorado a pasos agigantados.
El argumento oficial de la Casa Blanca está bien claro. India compra grandes cantidades de petróleo ruso, más de dos millones de barriles al día, según la Agencia Internacional de Energía (AIE), y parte de ese crudo se refina en el país para luego vender combustibles a terceros mercados. Un movimiento que, según Trump, estaba alimentando la maquinaria de guerra del Kremlin en Ucrania.
Pero el trasfondo es mucho más complejo. India es el segundo mayor comprador de crudo ruso después de China, y más del 40% del petróleo que consume procede de Moscú. Frenar esas importaciones de golpe podría disparar los precios globales del petróleo, afectando directamente a economías interdependientes como la estadounidense. Además, alrededor del 30% de los medicamentos genéricos utilizados en Estados Unidos se producen en laboratorios indios, según la FDA, lo que añade más complejidad a las tensiones comerciales.
El movimiento, por tanto, ha desatado un terremoto estratégico. En India, los llamamientos al boicot de productos norteamericanos se multiplican y el gobierno ha reaccionado con señales muy claras: su asesor de seguridad nacional, Ajit Doval, viajó a Moscú y Modi anunció la primera visita oficial a China en siete años, prevista para noviembre.
Simultáneamente, Nueva Delhi ha congelado contratos de defensa con empresas estadounidenses como Boeing y Lockheed Martin, que representaban negocios por más de 15.000 millones de dólares en los últimos cinco años, según SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute).
La pregunta que muchos se hacen en las cancillerías es hasta qué punto esta crisis puede beneficiar a Pekín. Desde hace más de una década, Washington ha intentado tejer un entramado de alianzas en el Indo-Pacífico con un objetivo central: frenar la expansión china. Y la India jugaba un papel protagonista en ese tablero. Con una población de 1.400 millones de habitantes y una economía que crece a un ritmo del 7,8% anual, según el FMI, India era vista como el contrapeso natural a China. Ahora, esa estrategia está en entredicho.
