Política

“Pamplona Alta: que el fuego no apague la oportunidad de cambiarlo una realidad

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Un incendio de gran magnitud consumió más de 80 viviendas y dejó más de 300 familias damnificadas en la zona de Pamplona Alta, en San Juan de Miraflores. El siniestro, registrado la tarde del 11 de octubre, fue clasificado como de código 3 por el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú, que desplegó 20 unidades para controlar las llamas. La emergencia fue agravada por la cercanía de viviendas prefabricadas, la falta de agua, accesos reducidos y la presencia de talleres clandestinos de pirotecnia.

Lo sucedido no puede quedar solo como una noticia trágica más ni como un accidente fortuito. Debe ser un punto de quiebre para reflexionar y actuar sobre por qué, en un país con enormes recursos naturales y económicos, miles de peruanos siguen viviendo por décadas en condiciones precarias, vulnerables ante cualquier desastre.

La pobreza estructural y la ausencia de planificación urbana hacen que tragedias como esta se repitan una y otra vez. No es justo —ni corresponde a un país con las riquezas que tiene Perú— que tantas familias sigan condenadas a vivir sin acceso a servicios básicos, en zonas de riesgo, en casas que pueden desaparecer en minutos.

Hoy, más que lamentar, las autoridades deben convertir esta tragedia en una oportunidad real de transformación. La Municipalidad Metropolitana de Lima, la municipalidad distrital y el Gobierno central tienen la responsabilidad de articular esfuerzos y recursos para ofrecer a estas familias una alternativa de vivienda digna, moderna, económica y con financiamiento accesible.

Este debería ser un punto de inicio para un plan de reasentamiento urbano serio, que no se limite a levantar carpas temporales o promesas que se olvidan con el paso de los días. La reconstrucción debe implicar también seguridad jurídica, acceso a servicios, planificación y respeto a la dignidad humana.

La emergencia en Pamplona Alta muestra lo que muchos prefieren no ver: la desigualdad no solo es injusta, también es peligrosa y costosa para todos. Transformarla no es caridad: es una obligación del Estado y de la sociedad.

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