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El APRA ante su hora decisiva: recuperar su identidad o convertirse en un apéndice del fujimorismo

Las declaraciones de Enrique Valderrama, al tomar distancia de la reunión sostenida entre una delegación aprista y la presidenta electa, Keiko Fujimori, merecen ser analizadas con atención. No solo porque evidencian que no todos dentro del APRA comparten la misma estrategia política, sino porque expresan la visión de una nueva generación que busca rescatar al partido de una crisis que se ha prolongado por demasiados años.

Valderrama fue claro al señalar que desconocía la realización de ese encuentro y que, si bien lo considera un gesto democrático y protocolar, la prioridad del aprismo debe ser otra: recuperar su inscripción electoral y volver a conectar con la ciudadanía mediante una propuesta de cambio social.

Ese mensaje merece ser escuchado.

El APRA atraviesa probablemente el momento más difícil de sus más de cien años de historia. La pérdida de su inscripción electoral, la desaparición de su representación parlamentaria y el alejamiento de amplios sectores populares obligan al partido a realizar una profunda reflexión sobre su futuro.

En ese contexto, resulta inevitable observar con preocupación que algunos de sus dirigentes históricos parecen más interesados en acercarse al nuevo poder que en reconstruir la identidad del partido. Durante los últimos años, varios de ellos han mantenido posiciones políticas que, para buena parte de la opinión pública, los han acercado más al fujimorismo que al pensamiento histórico aprista.

Y allí surge una pregunta inevitable: ¿puede un partido reconstruirse si renuncia a su propia identidad?

El aprismo nació como un movimiento de transformación social, de justicia, de integración latinoamericana y de defensa de las mayorías nacionales. Esa fue la esencia del aprismo fundacional impulsado por Víctor Raúl Haya de la Torre. Más allá de los errores y aciertos de su larga trayectoria, nadie puede negar que fue un partido con pensamiento propio y con una propuesta política claramente diferenciada.

Hoy esa identidad parece haberse diluido.

Por ello, hace bien Enrique Valderrama en marcar distancia y recordar que el objetivo inmediato no es integrar gobiernos ni buscar espacios de poder, sino devolverle al APRA la confianza ciudadana.

Primero debe venir la reconstrucción institucional.

Después, la recuperación del liderazgo político.

Y solo entonces podrá aspirar nuevamente a gobernar el país.

Las nuevas generaciones apristas tienen hoy una enorme responsabilidad. No basta con reinscribir al partido; deben recuperar también sus principios, su doctrina y su vocación reformista. El Perú necesita partidos políticos con identidad propia, capaces de formular propuestas y ejercer una oposición o un respaldo al gobierno desde sus propias convicciones, no desde conveniencias circunstanciales.

Las viejas dirigencias también tienen un papel que cumplir, pero quizá el más importante sea entender que los tiempos han cambiado. La experiencia es valiosa, pero no puede convertirse en un obstáculo para el surgimiento de nuevos liderazgos.

Respetar a quienes hoy conducen el proceso de reorganización sería una demostración de auténtico compromiso con el partido.

El APRA necesita independencia política.

Necesita volver a pensar con cabeza propia.

Necesita dejar de ser percibido como un aliado automático de otras fuerzas políticas y recuperar la autonomía que caracterizó sus mejores momentos.

Si el partido quiere volver a ser protagonista de la vida nacional, deberá reencontrarse con las demandas de los trabajadores, de las clases medias, de los jóvenes y de los sectores populares que alguna vez encontraron en el aprismo una esperanza de transformación.

Ese es el verdadero desafío.

No se trata de decidir si se saluda o no a un gobierno democráticamente elegido. Los gestos institucionales forman parte de la convivencia democrática.

Lo realmente importante es que esos gestos no se confundan con subordinación política ni con la renuncia a una identidad construida durante más de un siglo.

El Perú necesita un APRA fuerte, moderno e independiente.

No un partido satélite de ningún gobierno.

Porque los grandes partidos no sobreviven adaptándose al poder de turno; sobreviven siendo fieles a sus principios, renovando sus liderazgos y manteniendo intacta su capacidad de representar a la sociedad.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja la posición asumida por Enrique Valderrama: que el futuro del aprismo no depende de cuánto se acerque al poder, sino de cuánto sea capaz de reencontrarse consigo mismo.

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